Mapas de sueños



Vivir en ciudades implica estar inmersos en signos, señales, mensajes incesantes, letreros luminosos sin fin. Te vas a la cama y te suena el celular y es publicidad de algún tipo. Pero no sólo es una saturación publicitaria: las señales vienen de los demás, son de aprobación, negación, interés o exigencia de conformidad con alguno de los múltiples códigos que recorren la sociedad múltiple, la ciudad. No entremos en todas las formas más recientes de conectividad. El caso es que la señalización de la vida, su signación, no para nunca. Como el inconsciente.

Los lacanianos dirán que el inconsciente funciona como el lenguaje, los deleuze/guattarianos que el inconsciente es una máquina de producir deseo y va más allá del sujeto, a lo social: que el inconsciente es social y no para de producir deseo. Las obras de Alberto Méndez podrían ser radiografías, escaneos, de momentos o instantes de la producción de deseo en la ciudad. Es el título de la muestra, que da título a todas las obras, lo que me ha puesto sobre esta pista: “Olvidé que te amaba”, como si la inmersión absoluta, el dejarse llevar por la máquina deseante que es la ciudad, por esa corriente, trajera consigo no sólo el olvido de uno mismo, sino también el de la persona amada. Aunque no sabemos, siquiera, si el objeto de ese amor es una persona. En el inconsciente urbano, tampoco hace falta esa información. El título propone un enigma, pedimos su resolución, sí, pero me parece más rico no parar de resolverlo, estar siempre en ese camino.

Los dibujos, muchos de gran formato, de esta muestra se aparecen como aglomeraciones urbanas, sígnicas, ciudades hiperseñalizadas: tienen ese abigarramiento, como sueños de multitudes, de calles que se recorren a toda velocidad mientras uno se queda inmóvil o inmovilizado. Uno de los dibujos grandes, de 2011, incluye racimos de signos navideños, incluyendo la palabra “FELIZ” al revés, con el molde con el cual está escrita puesto al revés: la palabra puesta en una vidriera escrita para el exterior y los transeúntes, quizá, pero leída desde el interior.

Uno se siente saturado por el abigarramiento de los signos, del negro sobre blanco, como si muchas páginas hubiesen sido impresas sobre la misma hoja. La ciudad aparece como la superimposición de signos que en realidad es y habitualmente obviamos, ignorando o borrando, cegándonos nosotros mismos a todo aquello que no tiene que ver con nuestra meta del momento. O al revés, nos quedamos leyendo un cartel publicitario, estamos tan inmersos en algún intercambio de mensajes en el celular que nos pasamos de parada; o quién no se ha quedado dormido—cansado, saturado—volviendo a casa, y ha de caminar unas cuantas cuadras más en dirección contraria, todavía con lo soñado flotando entre las calles y la mente.

Una plaza con su monumento y su tráfico de personas, vehículos, animales: es un momento de ese tráfico el que es captado por el dibujo de Méndez, el mapa. Hablo de saturación, pero las obras de Méndez no saturan. Tienen una ligereza extraña, como si fueran huellas de sueños, mapas de lo que la ciudad sueña, residuos activos de lo que ese inconsciente urbano produce. La mayoría están repletas de signos, pero en algunas, esos signos entran en descomposición, comienzan a evanescer, como si volvieran al blanco, igual que un cuerpo vuelve a la tierra y abre nuevas posibilidades a la vida. Estos dibujos más blancos que negros, funcionan así (y creo que “funcionar” es el verbo correcto) como alfabetos experimentales, alfabetos de posibilidades.
“Olvidé que te amaba” presenta no el olvido si no huellas de sueños, de cómo la ciudad (que nos incluye y excluye a la vez) se sueña.