Los fantasmas


Relief comes on strong, it pits
man against ghost, neighbor to neighbor,
falling down as the fur flies.
—John Ashbery

… il ne gardait aucun souvenir précis, juste celui d’un bonheur indéfini, brutal.
—Michel Houellebecq

Esta es una historia de fantasmas
de luces que se apagan y, no sé cómo
resplandecen aún, tenuemente, en el fondo
del agua (distinta según el cuerpo)
que llamamos vida.

¿Cómo me voy a abrir a ti, a cualquiera
y dejar que salgan de mí estos fantasmas?
No veo el momento de volver a mi habitación—
al lugar donde puedo estar con ellos
sin miedo, sin resentimiento, sin ira.
Me gusta vivir con mis fantasmas, muchos
de los cuales tienen licencia de demonios:
por lo menos en el silencio absoluto de mi habitación
o relativo, la mañana de un lunes de asueto
por las calles de Buenos Aires.

No es que los fantasmas sean una categoría de amigos—
cada año tengo menos amigos y menos fantasmas.
Ahora que somos más los vivos que los muertos
encuentro glaciares de risa ya inmovilizada, blanqueada
iluminada por un sol lejano, a menudo ausente
y elevado y reducido a soberano de un reino
que se entrega felizmente a su hundimiento en el mar.

Son lo que a veces resta de momentos de alegría—
los fantasmas felices que nos habitan tanto
como los tristes o los agudos en su ira:
los que ya con aparecer cortan el tiempo
y nos inducen a entrar en sus vidas transparentes
rompiendo las nuestras, cuyos añicos
luego es tan difícil barrer del suelo
todavía mojado por la lluvia de anoche.

(En otra época, si me dabas 20 minutos
me encontraba listo para comenzar cualquier viaje.
Ahora, salir de mi habitación ya es un viaje:
repetido, la repetición de todo lo que se ha ido
desmoronando, a veces, sólo a veces, a golpe de martillo
y otras, con la serenidad combustible
de estar siempre en camino.)

Algunos amaneceres llegan rasgados
por vientos que ya nadie reconoce
ni se atreve a nombrar. Por ejemplo, está el día
de hace 33 años, en que patinando en calcetines
por un pasillo largo de la casa, me di cuenta
de que tanto de lo que se esperaba de mí
no llegaría nunca. Y existen días que son enteros
como amaneceres, tan frágiles y de cielos
tan grandes, que parecen sólidos, permanentes, inventados.
Y los hay como silencios que extienden su mancha gris
y fantasmal sobre los demás días, hasta que no queda uno
—ni futuro ni pasado—que se asemeje a un amanecer.

Así, los días se van conformando en sí mismos
en fantasmas y sombras que asustan lo justo:
medio de reojo, escabulléndose de perfil
de la mirada, y enfriándose poco a poco en el desgaste
del uso que les damos y que nos dan.

Su caducidad se alarga con su sombra—
igual que su sombra—y la de todo lo demás:
alargándose al tiempo que se acerca mientras el día
crece. Pero es la noche lo que nos ocupa ahora, dijiste.
La noche de la sombra de las cosas y de cómo
les extendemos la vida, remendándolas
con el alambre fantasmal del paso del tiempo:
tan útil, tan caluroso como el abrazo de un amigo
en el centro firme, inagotable, de la multitud.

6 Comentarios para Los fantasmas

  1. Tati escribió:

    Me encanta, Roger. Me dice mucho. Al hilo se me ocurre un epitafio: hubo un tiempo en que había un tiempo.
    Besos.

  2. Roger escribió:

    Me alegro de que te guste, Tati. En cuanto al epitafio, nada podría ser más cierto, incluso si sólo fuera un epígrafe.
    Besos

  3. Alfredo Ferreiro escribió:

    Inspirador texto, Roger. Fantasmas que ven fantasmas, y apenas entrevista alguna fantástica certeza.

  4. Roger escribió:

    Bueno, uno trata de eludir lo barroco, pero no siempre es posible. O probable, que creo que es el caso aquí…

  5. Mar escribió:

    he visto tu texto en al face de tati, y me he encantado, si.

    Un abrazo, mar

  6. Roger escribió:

    Gracias, Mar!