La condena


Soñé que había sido condenado a muerte… en España. Según el sueño, el gobierno español había aprobado una ley que condenaba a muerte a todo asesino, real o ficticio. A mí me habían encontrado haciendo el papel de un homicida en el teatro. Hace muchísimos años que no soy actor.

Me levantaba temprano. Estábamos en un hotel que era parte de una estación de trenes muy grande. Digo “estábamos” y es que en el sueño todavía estaba casado con Carmen. Me levantaba temprano, salía de la habitación sin hacer ruido y me dirigía al punto de encuentro donde los condenados debíamos entregarnos a la justicia.

Ahí había otros dos hombres. Uno condenado por haber matado a alguien de verdad, otro por haberlo hecho en una función de teatro, como yo. El lugar era una mezcla de estafeta de correos, comisaría, oficinas de la empresa ferroviaria; todo era de madera, muy como en el siglo XIX.

Esta era mi segunda condena. La primera había sido conmutada. Tenía la esperanza de que, habiendo sido ficticio el asesinato, el Estado no viera la necesidad de llevar mi sentencia hasta el fina. Era una de esas esperanzas que uno no se atreve, casi, a tener—al menos no de manera abierta, como si uno se escondiera de si mismo en esto—por superstición, o por acostumbrarse a aguantar lo que venga.

Carmen no sabía nada de esta segunda condena y supuse que pensaría que me había levantado tan temprano para ir a dar un paseo po la ciudad desierta. Se daba cuenta de lo que estaba pasando cuando entraba en una oficina—hablando por teléfono, con la atención puesta en otra cosa—y se sorprendía de verme ahí.

Al poco rato, llegaban los papeles del perdón para el otro actor y para mí. Pero no para el asesino real, que debía pasar por un simulacro de muerte y luego pasaría a la cárcel.

Todo era inútil y ceremonial. Una absoluta pérdida de tiempo, de energías, de dinero. Además de la tremenda presión emocional de no saber si la pena se llevará a cabo o no. En esta España paralela, la de Don Quijote pero ya llegada a nuestros tiempos, pasaban cosas así. Cosas increíbles. Cosas como muy clara y obviamente de mentira, que todo el mundo sabía que eran mentira, pero vueltas de verdad, una “verdad” en la que todo el mundo participaba como si fuera la verdad de verdad.