Anomalía

Una especie de relato

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Tras una relación por momentos turbulenta, un hombre y una mujer se separan. Ella vive en La Plata; él en Buenos Aires, a 60 kilómetros. Se ven—se veían—los findes: él tomaba el tren el viernes por la tarde y pasaba con ella sábado, domingo y, a menudo, lunes; ella rara vez iba a Buenos Aires. Su vida juntos ocurría en horarios y lugares de ella, en los que habían dejado establecer una rutina tranquila, placentera. Periódicamente, ella entraba en crisis y le decía a él que no lo quería, o que lo quería a medias. Esto a él le hacía mucho daño y es probable que este daño fuese lo que no le permitiera analizar o entender ese, en realidad, llamado, ese pedido de ayuda que ella le hacía: “Te quiero a medias, no quiero quererte sólo a medias”. No fue hasta un período de relativa calma, tras la ruptura, unas semanas de calma que trajeron con ellas un poco de lucidez, que él pudo pensar y entender aquel mensaje.

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No es sólo que vivamos—o entendamos, en esta época, que vivimos—en red, es que cada uno de nosotros ya es una red, una red de redes interconectadas. Y esas redes que soy, se conectan con muchísimas otras, en distintos planos: con la internet, con la ciudad, con la red de telecomunicaciones o de transportes, con la de los amigos y familiares, etc hasta casi el infinito (“casi el infinito” también sería el infinito, ¿no?).
Conecto mis redes a las de mi pareja. Redes neuronales, por ejemplo, en la conversación, en la negociación de la vida diaria; o las redes nerviosas, por medio de los sentidos, en el contacto de los cuerpos. Como pareja, así, formamos una red distribuida descentralizada, pero muy fuerte. Siempre hay un número de redes interconectándose: también redes culturales, familiares, laborales, urbanas… Me conecto a la red social de ella, red que tiene sus códigos y sus particularidades; sus expectativas, su funcionamiento y sus reglas. En esa red, cada nodo (no todos los nodos son personas: puede haber animales, lugares, organizaciones, máquinas) tiene una cierta intensidad o calor, un cierto prestigio, una cierta apertura, que lo hace más, o menos, conectable al resto de la red o a otras redes.

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Él era un forastero en la Argentina, y su red en Buenos Aires, tras tres años viviendo ahí, aunque extensa, era frágil. Ella había llegado 20 años atrás a La Plata, a estudiar, y se había quedado; su red social principal, su red más próxima era muy fuerte e irradiaba hacia otras redes con mayor o menor éxito, pero siempre desde el prestigio de esa red inicial. Él siempre ha vivido en los límites de las redes sociales, ni afuera ni adentro, lejos de los centros o los principales nodos; o en contacto con ellos, en conversación o negociación, constante o intermitente—pero siempre, al vivir entre redes, en los vacíos, las zonas grises, atraía una cierta sospecha, cierta desconfianza. Estos seres extrínsecos siempre quedan como una especie de anomalía en la vida diaria de las redes, que pueden o no poner en marcha sus anticuerpos. Como un forastero que viene a la aldea, habla con sus habitantes, incluso es amigo del jefe, pero se instala fuera de sus límites: ¿qué hará ahí afuera? ¿Quién es este tipo? ¿A qué se dedicará? ¿Por qué habla de esa manera? ¿Qué querrá de nosotros?

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Esas figuras anómalas, que viven entre redes, siempre atraen la sospecha—de contagio, de una violencia que llegue a disolver la red, de que roben algún secreto, alguna riqueza perteneciente a ella. Lo vemos todos los días, por eso existen las contraseñas, la criptografía. En cada red social se dan ciertos comportamientos que funcionan como contraseña: la manera de vestir, cierto porte en el cuerpo, cierto acento al hablar—podemos incluir el color de la piel, en ciertas redes, o la circuncisión, o un apellido que de noticia de la red familiar del que busca entrar. La contraseña puede ser una ideología política y ciertas palabras clave que le pertenecen y que hay que saber decir de cierta manera y en ciertos contextos. O puede ser simplemente una camiseta con el nombre de una banda de rock o de un equipo de fútbol. Puede ser casi cualquier cosa, pero esa cosa tiene que ser exacta, como si fuera una contraseña de 200 mil caracteres que debamos memorizar para entrar en nuestra cuenta de facebook: no puede fallar ni uno, o no entramos.

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El abuelo materno de él fue viajante de comercio—los viajantes son los clásicos entrerredianos—y utilizaba el humor para ganarse la entrada en las redes que debía penetrar. Los viajantes suelen ser buenos conversadores, contadores de chistes y anécdotas. También suelen tener mucha información para regalar. Este abuelo viajante conocía todos los restaurantes, cafés, bares y hoteles de los territorios que recorría, información muy apreciada en una época sin internet, casi sin tele, y en la que la gente viajaba casi siempre por obligación.
Su otro abuelo, un exiliado político, fue un hombre taciturno, gran lector, de pocos amigos. Y entre estos dos polos, estos dos abuelos, oscilaba la personalidad de él: un entrerrediano que sabía moverse, pero que se volvía silencioso, cerrado de manera impredecible, estropeando así cualquier ganancia obtenida con el buen humor. No sólo vivía en los límites de las redes, sino que tenía que ir con cuidado con sus propios límites.

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Ella siempre le reclamaba a él que no terminara de entrar en su red más cercana. Le recriminaba su cara seria, su actitud corporal, las señales negativas que enviaba, que los miembros de la red le decían a ella que él enviaba. Él se resistía a entrar por completo: los viajantes y los entrerredianos saben que siempre hay que mentir, de alguna manera, para penetrar en una red. A él le hacía gracia el intento de los miembros de la red de ella por fijarlo, por marcarlo, por averiguar qué o quién era: ¿de dónde venía? ¿A qué se dedicaba? ¿Por qué ese acento?
Ella hizo todo lo que pudo para abrirle su red a él, y sin embargo, algo en él no le dejaba terminar de penetrar: quizá el miedo de no poder volver a salir, o el de no querer volver a salir. Una especie de claustrofobia.

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Un día, durante uno de sus largos paseos por Buenos Aires, él se dio cuenta de una cosa, de aquello que no había entendido del mensaje de ella. “Te quiero a medias” significaba “te quiero, sí, pero no te puedo querer por completo si no eres aceptado en mi red; necesito el visto bueno de los míos, que son tan importantes para mí, que son lo que da valor a mi vida”. Él se dio cuenta de que no encajaba en las expectativas de ella, las que tenía interiorizadas inconscientemente, y que no habría forma de hacerlo sin abandonar su vida entre redes: su anomalía: sin dejar de ser lo que él era. Se dio cuenta de que aquello de entregarse a la persona amada era literal y, además, era entregarse a la red de ella.

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Pero era precisamente su anomalía lo que daba sentido a la vida de él, lo que lo hacía lo que era. No sabía si podía imaginar otra forma de ser, otro punto de vista, otra profesión, otra vocación. Y ese mismo día, durante ese largo paseo, supo que los anómalos están condenados a vivir entre la promiscuidad y la soledad, entre el on y el off, entre el cero y el uno, dentro y fuera a la vez sin llegar a estar jamás en un bando, en una certeza, en una red clara, en una aldea. El anómalo es siempre un deambulante.
Durante ese paseo, ese sábado por la mañana, sintió vértigo, algo así como el vértigo de su soledad. Y al mismo tiempo, una alegría (de ahí el vértigo quizá, de esa mezcla de alegría y desesperación), la de amar su destino, su anomalía, su vida entre las redes.

1 Comentarios para Anomalía

  1. ingrid escribió:

    Perdón por la uncursión, pero las “redes” son elásticas, deben seder de ambos lados
    Cariños
    Ingrid