Primer paseo de 2011


El del 2007 fue el último primero de año que pasé en España. Desde entonces incorporé a mi celebración el paseo del 1 de enero, o del 2, según se tercie la resaca.
Este año no hubo malestar el día uno por la mañana. La fiesta de la noche anterior fue en Tolosa, junto a La Plata, con mesas en la calle, amigos y desconocidos, mucha comida y luego baile. También fuimos a ver la quema de algunos de los muñecos del barri—una tradición platense sobre la que estoy escribiendo un artículo. Había alcohol, claro, pero no me apetecía una borrachera, así que bebí poco.
El primer día del año fue más de estar en casa, en la de mi chica, tranquilos. Almuerzo abundante, siesta. Por la tarde fuimos a casa de unos amigos en City Bell, y la conversación se alargó hasta las 12 de la noche.
Esta mañana, en pie temprano, eché un vistazo a los diarios (en internet, por supuesto), fui al chino a comprar comida para Miti, la gata que pone una cara de ahber sido ofendida en el alma cuando pide, exije, que le den de comer. Luego salí a dar ese paseo con el que me gusta inaugurar el año.
Saliendo de casa de Fabiana, en Meridiano Sur, La Plata, y atravesando la plaza Sarmiento, donde hay un busto muy feo del prócer, me encontré con una ofrenda pagana que me intrigó. En el suelo, en uno de los caminos de cemento que cruzan la plaza, había varias comidas, arregladas como para una mesa: arroz, papas. Habían sido puestas ahí con cuidado. No era que alguien las hubiera tirado, o que fueran los restos de una fiesta. Estaban intactas. No vi señales del alto personaje al que se le ofrecían. Hice una foto, pero luego, cuando volví a casa me di cuenta de que algo le pasa a mi teléfono, que no funciona. No sé si tendrá algo que ver.
Seguí por la calle 18 (en La Plata, las calles van numeradas), por un barrio tan tranquilo que las únicas personas que vi por la calle pertenecían al cuerpo de barrenderos de la ciudad. Eran pocos los coches que pasaban, todo estaba en silencio a las 10 de la mañana.
Pensando en mi artículo sobre los muñecos, pasando por las cenizas de unos cuantos, llegué al Centro Cultural Malvinas, en 19 y 51, que tiene una cafetería grande con wi-fi y espacio para fumadores. Conforme me acercaba al edificio, que que no había mesas afuera y temí que el café estuviera cerrado. Son importantes los cafés. Y también que estén abiertos cuando uno los necesita; son el mejor refugio para los caminantes de la ciudad. Por suerte, estaba abierto, y entré a tomar un café y unas notas para ese artículo que tengo entre manos.
Cuando volví a la calle, se había levantado un poco de viento que arrastraba nubes densas, cubriendo por momentos al sol. Me entraron ganas de que lloviera, de pasear bajo la lluvia este día de verano, pero el viento se volvió a llevar las nubes, el sol volvió a brillar.
Por 51 continué hasta Parque San Martín. El calor agobiaba, se iba mejor por la sombra. Estos son barrios de casas bajas, algunas muy bonitas. Me gusta mirarlas e imaginar la vida en ellas. Para mí lo más importante de viajar ha sido siempre saber o imaginar cómo se vive en los lugares por los que paso. Me interesa menos todo eso más vistoso que los turistas tienen la obligación de visitar. Cuando miro las casas, estas de La Plata, incluso las más modestas, siempre descubro algún detalle arquitectónico que me alegra el momento. Son esas pequeñas alegrías, o micro-alegrías, en realidad, las que me sirven de barómetro psíquico. Cuando las siento, sé que estoy bien, que tengo los ojos abiertos y soy capaz de mirar al mundo, a los pequeños detalles que todo lo cambian.
Por 23 y luego, pasando la diagonal 74, por 22, enfilé hacia casa de Fabiana. El paseo fue breve, pero me sirvió para lo que quería.