La ciudad que no termina

En sueños, se me mezclan las ciudades. El aeropuerto de una se convierte en el puerto de otra, con los aviones aparcados en las dársenas. Todo en estas ciudades mezcladas, en esta única ciudad que sueño últimamente, acaba siendo un lugar de paso, como si no hubiera un punto de llegada, como si el viaje no pudiera terminar. Por este camino sin fin y siempre urbano que he estado soñando varias noches seguidas, me encuentro con amigos y conocidos, hasta con gente que me conoce sin que yo la conozca y luego me encuentro en la realidad despierta: charlamos, tomamos algo en algún café, esperamos juntos mi próximo transporte.
Le conté uno de estos sueños a unos amigos porque aparecían en él. Se rieron, diciendo que mi vida trashumante ahora también se da en el subconsciente.
Siempre he estado más cómodo en lo que Marc Augé llamó los no-lugares, en el anonimato, aunque me quejara y despotricara por sentirme solo, lejos. Pero en los sueños no estoy solo ni lejos. Sólo tengo que llamar a un amigo que esté cerca del lugar en que me encuentro; luego tomo el tren o el autobús o el metro, el avión o el barco, y llegar a otra zona de la ciudad interminable. Ahí me encontraré con alguien más, con otra persona querida.
Voy ligero de equipaje en estos sueños. Muchos de los lugares que visito me son familiares o bien conocidos, pero siempre distintos, como suele ocurrir en los sueños. Los recorro y en ellos me sorprenden los cambios: ninguno es como lo recordaba, pero tampoco resulta irreconocible.
Hace poco, el conductor de un autobús se reía de mí. Habían supromido la parada en la que tenía que baja. Todo cambia, me decía, tienes que venir más a menudo.