El viaje inminente


Éste que hago a menudo, no es un viaje, sino el comienzo de uno, o su anuncio, o la inminencia de ese viaje que siempre estoy preparado para emprender. Vivo así, preparado para emprender el viaje, siempre en guardia, siempre con la maleta hecha. La maleta hecha mentalmente, psicológicamente.
El otro día, mientras preparaba la bolsa para ir a La Plata, paré un momento, sorprendido por la rapidez con la que lo estaba haciendo, con la que tomaba decisiones—esto sí, esto no—. Justo había mirado el reloj en el momento de ponerme con la bolsa. Eran las 17:23. Miré el reloj unos instantes después de este de mi sorpresa y ponía 17:27. La bolsa contenía el ordenador, cables, libros, libretas, ropa, un neceser de baño y otro con herramientas que utilizo para escribir y para trabajar en mis cuadernos: pegamento, tijeras, navaja, regla, lápiz, bolígrafo, tinta para las plumas, un pincel. Cuatro minutos de decisiones rápidas y no faltaba nada.
Y no es que siempre lleve lo mismo, o la misma mochila. Además, con el tiempo inestable que hemos tenido últimamente, tocaba decidir qué ropa llevar, adivinando el clima de los próximos días.
Esta rapidez al seleccionar lo que llevo me hizo pensar en la rapidez con la que siempre he decidido un viaje o un traslado. Siempre, la respuesta a si voy o no ha sido instantánea. Como si no necesitara pensarlo, como si ya, de alguna forma, lo supiera de antemano.
La decisión de quedarme en Buenos Aires fue así también. Más que una decisión, en realidad, es como si ya todo estuviera decidido. Y así ha sido también en todas las relaciones amorosas que han resultado duraderas e importantes en mi vida: no había que decidir; lo sabía, y desde el primer momento, con sólo ver a la mujer. A Fabiana la vi nada más entrar en una fiesta y sabía que algo iba a ocurrir con ella. No me cree cuando se lo digo, por supuesto, pero importa poco. No fue fácil convencerla de que entre nosotros podía haber algo importante; se lo dije desde el primer momento, pero desconfiaba, como es natural. Y sin embargo aquí estoy, iniciando casi cada semana este viaje hacia ella que no es un viaje, o que lo va siendo conforme aumenta el número de veces que hago el trayecto, tanto de ida como de vuelta.

Estar dispuesto al viaje no significa que se quiera viajar, o que se pueda o se deba. Precisamente lo que me pide este nomadismo, saco roto donde meto los tiempos y ritmos de mi vida, es que no me mueva. Vivo en la tensión de poseer dos pasaportes distintos en un tercer país al que no logro pertenecer. Una tensión positiva, que alienta lo creativo, y me gustaría pensar, cierta lucidez: la de ver el mundo desde otra parte. El viaje implica un cambio de punto de vista, si se lo aprovecha, y por el momento, me quedo a mirar desde aquí. Desde Buenos Aires, y algunos días, desde La Plata.