Dispersión


Mañana tengo que entregar un artículo que aún no he empezado. Y no por que no me apetezca; en realidad, le tengo ganas al tema. Iba a empezar ayer, pero tenía más ganas de leer que de escribir, así que me puse con un par de textos sobre el mismo tema que debo tratar. En uno, encontré una idea que me sirve para una conferencia que doy en unas semanas, y lo anoté. Entonces me acordé de algo similar que había leído en otra parte, también relacionado con la conferencia, y fui a revisarlo. Me pasé toda la tarde en eso, tomando notas para lo otro, no para artículo que tengo que entregar ya. Luego, con la vista algo cansada de leer en pantalla, abrí por la primera página la novela que toca—siempre, aunque leo muchas cosas a la vez, tengo una sola novela entre manos, en este caso Ellos eran muchos caballos, del brasileño Luiz Ruffato. Había leído cuatro páginas cuando llegó mi chica a buscarme para ir a la inauguración de una muestra. Después, fuimos a cenar con amigos. No escribí lo que tenía que escribir.

Esta mañana me levanté con el firme propósito de hacer ese artículo. Abrí el ordenador, abrí el correo, contesté lo urgente, eché un vistazo a los diarios, abrí facebook para contestar a un comentario que me habían puesto en el muro, el chat estaba abierto, así que mi editor en la revista aprovechó para recordarme que esta tarde tengo que hacer dos entrevistas, le contesté, una persona querida también me envió un mensaje, chateamos unos minutos. Estaba totalmente concentrado en el trabajo, se ve. Decidí meterme en la ducha (tenía frío), me afeité, me vestí, me senté de nuevo delante del ordenador y entonces vi que no me quedaba tabaco. Imposible pensar sin tabaco. Si alguien pide prueba documental de lo que acabo de decir: en la serie británica de televisión, Sherlock, basada en los personajes de Conan Doyle, pero trasladada al presente, el personaje principal se pone varios parches de nicotina para pensar mejor. Salí a comprar tabaco. En el camino de vuelta recordé que tenía que hacer copias de un par de llaves; entré en la ferretería.

Volví a casa. Me senté delante del ordenador. Me di cuenta de que tenía que cortarme las uñas; soy un desastre para esas cosas, me corto las uñas cuando me molestan al dar con los dedos en el teclado, no hace falta que estén demasiado largas. No encontraba el cortauñas. Llamé a mi chica para preguntarle si ella lo había visto, me dijo que en el baño, donde yo ya había buscado y donde estaba. ¿Cómo no lo vi? Mientras me cortaba las uñas, se me ocurrió escribir este post, así que aquí estoy.

En cuanto lo termine, me pongo con el artículo…