Mejor que el Whisky


Sentirse vivo era la consigna aquella temporada.
Muchos se reunirían para aprender a hablar
en las encuestas telefónicas.
Otros, la bandera planchada y plegada bajo el brazo
llegarían a tiempo de facilitar el banquete.
La posterior digestión
en los términos reconocidos del café copa y puro
correría a cargo de la empresa.
El blanqueo de la sangre que formase río por las calles
y la utilización de anticoagulantes para evitar sorpresas
venían prometidos, como viene mandado.
El tiempo sería en breve nuestro amigo.
En caso de que el viento llegase deslucido
y negara la rapidez del alma
para adaptarse a nuevas intensidades en el frío diurno
se abriría un espacio para decir las palabras favoritas:
Una heladería fina donde ducharse tras el dominó de trastienda.
Un vacío eterno donde permanecer secuestrados sin rescate.
Feliz el planetario para los pocos evadidos del oro y la sal
donde cada quien escribiera sus memorias
luciendo y aceptando estrellas, planetas ficticios
un sol de justicia y una luna en eclipse para los más íntimos.
Todo esto por un módico precio a pagar en tantos o tantos años.
Y claro, más adelante, y según la demanda
se resolverían las trabas legales que obligan a ir en coche;
se allanarían algunas montañas;
dejaríamos nuestras pertenencias
y los dientes de oro en la entrada;
abriríamos las cortinas por la mañana y ante nosotros
hallaríamos el esplendor más dulce de cada nuevo día.