Los sin-lugar


En los 90, nos dio por traducir homeless como sin-hogar, así que no veo problema en traducir otro neologismo anglosajón, placeless, como sin-lugar. Los sin-lugar somos aquellos de origen múltiple, ya sea geográfico, racial o cultural; los que no hemos crecido ni vivido después en un único sitio, adaptándonos a y adoptando muchas de las costumbres de varios lugares; los que vivimos en varios lugares casi simultáneamente.

Hace poco, Anand Giridharadas, publicó en su columna del New York Times un artículo sobre los sin-lugar. Pero el artículo pasa de ser descriptivo a ponerse moralista: al parecer, los sin-lugar siempre sienten una especie de nostalgia por el lugar, un lugar, un origen, una forma de vida tranquila, sin dudas, sin ambigüedades, bien anclada en sus costumbres, su idioma, su acento, su comida, su geografía. Lo que yo me pregunto es, si lo que dice Gridharas es verdad, ¿por qué son cada vez más los sin-lugar?

Está claro que la globalización juega un papel importante en esto, pero no creo que se deba sólo a las condiciones externas de un mundo cada vez más conectado y fluido. Por un lado, según Gridharas, están los sin-lugar obligados por esas circunstancias a viajar a otros lugares en busca de trabajo, la pura supervivencia. Estos a menudo sufren ataques por parte de los gobiernos de los territorios a los que emigran, o de grupos armados que se empeñan en defender la “esencia” de su lugar, o de las burocracias que no están preparadas para este tipo de flujos de personas. Luego están los sin-lugar privilegiados, los que pueden escoger dónde viven, los que pueden vivir en varios sitios durante el año, los que siempre están de viaje. Estos lo tienen más fácil para defenderse de los ataques, para moverse de un sitio a otro, para encontrar o crearse un trabajo.

Pero creo que Gridharas se equivoca. Confunde los flujos migratorios de supervivencia, en su mayoría masivos, con los flujos individuales que tienen más que ver con la cultura, la educación, la tecnología y sí, el dinero (o su propia fluidez). No hay que confundir al emigrante con el nómada, sea su nomadismo interior (en cuanto a identidad) o exterior (en cuanto a geografía). Según Gridharas, todos están buscando poner raíces en algún lado, y eso no es cierto.

Porque si lo fuera, los sin-lugar privilegiados, como los llama él, estos que yo llamo nómadas, lo harían. El emigrante viaja porque su otra opción es el hambre… o la muerte. El nómada se mueve de un sitio a otro por interés, por placer, porque algo en su interior lo sigue llevando de un sitio a otro. Son dos circunstancias muy distintas que no hay que confundir, a riesgo de ser injusto con ambas.

Yo pertenezco al segundo grupo, al de los sin-lugar privilegiados, los nómadas, los que nos movemos porque queremos, no por salvar la vida. En ningún momento me atrevería a compararme con un emigrante económico ni con un refugiado político, aunque el origen de mi nomadismo sea precisamente la necesidad de asilo político de mi familia. Ellos no son nómadas, yo sí; ellos se asentaron en el lugar al que emigraron, yo no pude, o no quise, no lo hice.

Normalmente, el emigrante, cuando le preguntan de dónde es, lo sabe y lo dice, aunque con el tiempo esto se le vuelva más bien ambiguo; y si es así, él también se convierte en un sin-lugar del otro tipo. El nómada tiene que vérselas constantemente con la cuestión de la identidad. Gridharas describe esta situación perfectamente:

Para la persona sin-lugar privilegiada, esto puede no ser peor que luchar con la pregunta “¿De dónde eres?” Te preguntas cada vez: ¿Quieren la respuesta de cinco segundos, la de escoger una identidad, o la biografía-geografía de 30 segundos o la historia de cinco minutos?

En Buenos Aires, donde vivo por ahora, una ciudad donde el barrio y la familia son de suma importancia en la identidad de sus habitantes, siempre me preguntan de dónde soy. Y siempre me pregunto qué tamaño de respuesta hace falta, que a menudo depende del grado de desconfianza que note en mi interlocutor. Para algunas personas, esta sin-lugaridad tiene cierto glamour o exotismo; otras la sienten como una amenaza. Para mí es lo diario, lo normal, lo cotidiano.

Luego está la cuestión de la identidad, de las raíces, del asentamiento. Gridharas dice que esto es un problema y que los sin-lugar siempre buscan asentarse, echar raíces, establecer una identidad definida. A veces es cierto. Yo lo intenté y fracasé, principalmente porque no era capaz de imaginarme que me quedaría en un solo lugar para siempre.

No hace mucho le contaba a Fabiana di Luca que soy un viajero muy lento, era una forma de hablar de esta sin-lugaridad, o nomadismo. Lo que me gusta es ver cómo se vive en un sitio, y para eso hace falta tiempo, meses, años. No me gusta el turismo, llegar a un sitio, ver lo que hay que ver y largarse de nuevo para casa: una superficialidad espiritual más que no deja de escandalizarme. Cuando voy a cualquier lugar, me olvido de lo que hay que ver, suele interesarme poco; lo que hago es recorrer las calles, intentar imaginarme cómo se vive ahí, qué patrones se repiten, en comparación con otros lugares, y qué otros son distintos. Si puedo, hablo con la gente, eso sí, haciéndome pasar por turista, que es una manera de no provocar desconfianza.

Lo de la desconfianza es interesante. Recién llegado a Buenos Aires, si la persona con quien hablaba interpretaba que yo estaba aquí de turista, era muy amable. Pero en cuanto le decía que me quedaba, la actitud cambiaba por completo a una de desconfianza, o algo por el estilo, sobre todo si antes le había contado mi trayectoria como nómada. Por un lado la desconfianza viene del miedo a que el nómada ocupe un lugar al que el sedentario aspira (un empleo, un prestigio, etc.); por otro, está el miedo a crear un vínculo con el nómada y que éste luego se termine yendo. Igualmente, el mal rollo de los sedentarios hacia los nómadas ya está registrado en el el Génesis: ¿no es Caín el primer sedentario?

De vez en cuando, sin embargo, uno encuentra que lo reciben con los brazos abiertos, que el nomadismo no produce desconfianza ni miedo, sino que es un valor más que a uno se le atribuye. Es entonces que a uno le dan ganas de quedarse, incluso de abandonar los viajes, por lentos o rápidos que sean, y asentarse, echar raíces: experimentar eso tan antiguo como algo completamente nuevo. Y valioso.