Solitario de agorafobia


Con la clase de permiso que hay que darse
cuando no sabe uno lo que quiere
¿sorprende si no hay lectores para un poema como aquel?
En realidad todos acaban acercando la mirada
al cruzar el puente, río seco por debajo
de las fotos de familia.
El desierto se extiende a cuatro bandas y asfalto.
Es así como se duda, no encriptando
una sonrisa con el brazo extendido
sin por fin sacarlo por el otro extremo de la manga—
la cabeza todavía perdida en el laberinto del suéter.
Yo por eso los uso con cremallera, me contaste.
Los libros también, el atlas abierto de piernas:
me encanta esa invitación, y más cuando la luna
se va colegiando, y se deja amaestrar, mintiendo
para decir lo que uno quiere que diga.
Pero aquel poema no era lo tuyo.
Su calibre ideológico, recién cocido
prolongaba un empate en las indicaciones.
Hay límites que ya se han terminado.

¿Cuánto queda?
No todo viaje dura la distancia entera
y eso no se verá sino más adelante:
cuando la mayoría hayamos quitado la mano de la imaginación
y la vista de la caja de bombones
o del horizonte.