Joaquín Ezequiel Linares


Museo de Artes Plásticas Eduardo Sívori
Hasta el 24 de enero

Después de casi tres años de vivir en Buenos Aires, hay una cosa de la que no me cabe la menor duda: ésta es una ciudad fronteriza. No importa que viva de espaldas al puerto y al Río de la Plata, en una época en la que el tráfico de mercancías se lleva a cabo en cajones cerrados y el de pasajeros ha prácticamente desaparecido de los mares y se ha pasado a las alturas, eso ya no preocupa. Buenos Aires es una ciudad fronteriza entre América Latina, Europa y Norteamérica. En muchos aspectos, es como si sólo hubiera que cruzar la aduana para estar del otro lado de la frontera, por lo menos en lo intelectual, en lo artístico y en lo moral. Eso le da a la ciudad una permeabilidad y una inestabilidad que a los buscadores de identidades fijas les cuesta mucho asimilar.
Joaquín Ezequiel Linares nació en esta frontera en 1927. Aquí fue donde tuvo sus primeras exposiciones, donde se hizo como pintor, donde André Malraux, estando de paso, celebró algunas de sus obras. A los 35 años, contratado por la Universidad de Tucumán, se traslado a San Miguel y ¡descubrió Latinoamérica!
Y no me cabe la menor duda de que fue así. Pasar de la frontera al interior siempre conlleva sorpresas de ese estilo, lo sé de primera mano. Es así como Linares pasó de ser un pintor fronterizo, atacado por los estilos internacionales, cosmopolitas, en los que siempre parece difícil tener algo nuevo que decir—por ese cansancio que siempre se apodera de las zonas fronterizas y que si uno no es consciente de él puede ser aniquilador—a una forma de contar la experiencia continental. Básicamente, cabe decir que Linares pasó de la indefinición (que por cierto es algo que a mí en lo artístico y en lo vital me seduce, porque también vengo de una frontera y siempre he ocupado lugares fronterizos) a la exploración de una identidad. No es lo mismo explorar una identidad que tenerla. Sólo el que se ha ido, aunque no salga de su propia casa, puede ser explorador.
Linares dedicó toda su vida, a partir de la mudanza a Tucumán, por medio de series pictóricas de una intensidad alucinante. La primera, la Serie del Virreinato del Río de la Plata, lo hace incorporando un barroquismo arruinado, como el de una iglesia del 18 perdida en la selva. En esos cuadros, el boato fantasmagórico, mortal, de una corte virreinal perdida en el tiempo, pero que perdura en los hábitos y las costumbres, de alguna forma en la memoria colectiva, arrastra al espectador a rebuscar en su propia experiencia lo que queda de ello en su manera de estar en esta parte del mundo… en el mundo. Hasta los perros llevan golilla en estas obras. La pincelada viene recargada, densa, pesada, como la memoria que exploran como un forense un cuerpo en una autopsia.
En la Serie de la Larga Noche Latinoamericana, los próceres, los dictadores, los militarotes, aparecen como lo que son: representantes de la muerte (en el sentido en que un pequeño comerciante se puede comprar la representación de una marca o gran empresa en su locadlidad). No hay piedad en el sarcasmo pictórico de Linares. Y no la hay porque no viene a cuento. Algunos de los personajes de esta serie parecen una mezcla de Hamm (Fin de Partida de Samuel Beckett) y Tirano Banderas (Valle-Inclán)… o a lo mejor no hace falta mezclarlos porque son lo mismo: un ciego inválido, impotente, entronizado, mandón, caprichoso, peligroso.
La serie del Novovirreinato, pasando del óleo al acrílico, más dúctil, menos pesado, combina las dos anteriores y convierte la corte fantasmal en un burdel emparentado con el panorama moral de la farandula televisiva y revistera de nuestros tiempos. La diferencia es que hoy ya no vale la pena escandalizarse, sólo hay que hacerse a un lado para no quedar cubierto de mierda.
La otra gran serie que se puede ver en esta exposición imperdible es la del Circo, que aborda temas parecidos pero con más colorido, más fiesta, esa del circo, que siempre, sin embargo, tiene algo triste, la sensación de que aquello fue bello en otro tiempo.
En algo se parece Linares a otro gran artista argentino, el escritor Andrés Rivera: ambos saben que la política, el espectáculo y el sexo, si no son la misma cosa, si que se atraviesan y se entrelazan como enredaderas de las cuales llega un momento en que uno ya no sabe a que planta pertenece tal o cual rama.

Es una lástima que el catálogo de la exposición no esté a la altura de ésta. Los textos no van muy lejos y las reproducciones son malas. Aún así, lo compré. Para mí, Linares, en mi arduo aprendizaje de la pintura argentina, ha sido un descubrimiento, y cuando levanten la exposición quiero tener alguna manera de volver a esos cuadros, a esas series, a esa exploración de lo latinoamericano.