Lena Szankay

Palais de Glace
Hasta el 20 de septiembre


Conozco un poco a Lena Szankay, y una cosa que puedo decir de ella es que no va por ahí mostrando sus emociones. En cambio, sus fotografías, a primera vista, son de una gran emoción, de tristeza, de ausencia, de presencia, de eso que está entremedio de la ausencia y la presencia, pero que no es lo fantasmático, como le gustaría a Hollywood.
En las fotos de Lena, que se pueden ver en el Palais de Glace hasta el domingo, siempre hay algo que surge pero no es un fantasma. Tiene más que ver con el misterio de la vida que con el de la muerte. Sin embargo, me parece que Lena tiene claro que no se puede hablar de un misterio sin aludir al otro.
Lena vivió muchos años en Berlín, y ahora que estoy volviendo a leer a W.G. Sebald, y volviendo a ver las fotos de Lena, creo que tienen algo en común: diría que comparten una visión del mundo basada en la ternura, pero con la suficiente fuerza como para no girar la cara ante el dolor, ni el propio ni el ajeno.
La obra de Lena tiene un gran contacto con lo cotidiano, pero la luz de las fotografías lo pone en otro lugar, un sitio casi fantástico pero bien anclado en lo real. Es como si hubiera una hermandad entre la prosa compleja de Sebald y la luz, no menos compleja, de Szankay. Un sillón vacío, un retrato colgado en la pared, un ramo de rosas que empiezan a marchitarse junto a una valla de madera gastada por los elementos, son noticias de la presencia humana, la presencia de amigos y familiares, gente cercana, pero que ya no está, o que en ese momento no está. Sin embargo, no noto nostalgia en estas fotografías, no es un dolor del pasado lo que hay ahí, sino una intensidad en la experiencia del presente que se puede manifestar, si uno en ese momento no tiene la fuerza para mirar, como un dolor del presente. En el siglo XIX, un verdadero artista era el que miraba aunque se sintiera débil, y la mirada de Lena, creo que va por ahí.
De las veces que he visto sus fotos, he salido del trance como fortalecido, aunque no reconfortado. No sé si Lena piensa igual que yo, que el consuelo es inútil, que hay que seguir viviendo y mirando y escribiendo y fotografiando incluso cuando uno se siente más desconsolado. Creo que hay una fe en la alegría que se oculta en lo más profundo del desconsuelo, y creo que Lena y yo compartimos esa fe.