27/08/09
Celeste Ledezma
Asociación Amigos Erik Adriaan van der Grijn
Hasta finales de septiembre

Celeste Ledezma es una rara. Lo digo con cariño y con la mejor intención. Y quiero decir raro no en el sentido de extraño sino de escaso. Escasean pintoras… y pintores como Celeste, artistas que pongan toda su vida en juego en sus obras, al menos por lo que voy viendo en las galerías de Buenos Aires.
Celeste pinta niñas: alegres, juguetonas… feroces. Las niñas juegan en el bosque, en ambientes que podrían perfectamente pertenecer a un libro infantil, pero sus juegos, que oscilan entre la inocencia y la más salvaje brutalidad, no podrían entrar en un libro de esos: hasta los que no somos padres huiríamos despavoridos.
Celeste me contó que esas niñas son sus amigas, lo dijo riéndose, y añadió que hay juegos que se pueden hacer y juegos que sólo se pueden pintar. La violencia de sus cuadros lo atestigua, y ella, que es pequeñita y tiene una cara inocente, dice que nunca dejó de ser niña.
En los cuadros le gusta poner un ambiente de cuento: “todo soñado y relindo”, me explicó con una voz cansina, detrás de la cual creo que se esconde alguna violencia sexual, o por lo menos una consciencia de ella, de la que muchas mujeres sufren a diario o esporádicamente. La frecuencia, es lo de menos, lo que importa es que eso está ahí flotando en el aire social que respiramos, y que Celeste, en sus cuadros, ha ido sublimando nada menos que una venganza.
Cuenta Celeste que jugando es como mejor estuvo siempre, hasta que no tuvo con quien jugar y se empezó a hacer daño a sí misma. Los cuadros le dan una salida, aunque a veces sienta que no le alcanza con ellos. Siempre, dice, soñó con ser una princesa y tener su mundo. En los cuadros, las niñas hacen lo que quieren.
En una serie, las niñas, en un claro del bosque, invitan a jugar al lobo. Poco sospecha éste, que una de ellas lleva unas tijeras que lo castrarán. La serie no está completa en la exposición actual en la que se pueden ver algunas de estas obras. Al final, el lobo termina siendo loba y uniéndose a las niñas.
Otra pareja de cuadros alude al mito de Prometeo, pero feminizado en una Prometea que juega, quizá se masturba, mientras el águila que en el mito le comería el hígado al héroe, viene aterrizando con una enorme verga bien visible. En el segundo cuadro, aparecen el águila muerta, castrada, y la Prometea toda manchada de sangre.
Noté que el público de estas obras, durante la inauguración, se dividía claramente en dos. Los hombres se arremolinaban, hablaban entre sí, algunos miraban para otro lado. Las mujeres se demoraban en cada cuadro, claramente interesadas en lo que veían. Yo, como observador, estaba sentado cerca, observando. Y no es que no me sintiera afectado, o que no me diera por aludido, sí, pero también me dejaba llevar por una especie de complicidad con Celeste, que en sus obras dice cosas que hay que decir y que es necesario escuchar.
Por último, creo que vale la pena notar una semejanza, un aire de familia entre el trabajo de Celeste Ledezma y el de Marcelo Bordese. Sé que son buenos amigos y que esto no es cuestión tanto de influencia mutua como de mutua conversación y de una larga complicidad. Celeste y Marcelo hace años que exploran estas violencias sexuales y espirituales con gran intensidad, cada uno desde su punto de vista. Y quizá sean los únicos, en el mundillo artístico argentino, que se atrevan a llegar tan lejos con tanta honestidad.
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