Más cronistas, por favor


Hace unos días publique este artículo en Libro de Notas, donde sigo manteniendo una columna esporádica. Ahora lo cuelgo aquí, por si alguno de ustedes se lo perdió allá.

“Sólo las minucias de la vida son importantes.” Eso escribió Joseph Roth en un artículo titulado “Lo que he visto”, y publicado el 24 de mayo de 1921 en el Berliner Börsen-Courier. Roth fue uno de los más grandes cronistas urbanos que encontraron un sitio en los diarios de finales del siglo XIX y principios del XX. Roberto Arlt fue otro. No sé si Arlt leía alemán; no sé si se iba por el puerto en busca de periódicos atrasados traídos por los buques procedentes de Hamburgo, o si se daba una vuelta por algún club alemán o judío de Buenos Aires en donde se pudieran encontrar esos diarios ya en desuso. No sé si era lector de Roth.

Lo que sí sé es que igual que Roth fue uno de los grandes cronistas de Berlín, Arlt fue el mejor de Buenos Aires. Sus aguafuertes, no es que sigan llamando la atención, es que conquistan nuevos lectores cada día.

Esta es una carta de Roth enviada a su editor en 1926:

No es posible escribir crónicas con la mano izquierda, y uno no se debería permitir el escribirlas como algo secundario. Eso es un insulto al género en sí. La crónica es tan importante para un diario como la política, y para un lector resulta mucho más importante. El periódico moderno se compone de todo menos de política. El periódico moderno necesita reporteros más que editorialistas. Yo no soy una guarnición, ni un postre, soy el plato principal…. La razón por la que la gente coge un diario soy yo. No el artículo sobre el parlamento. No el titular. No la sección internacional. Y sin embargo en la redacción piensan que Roth es una especie de cotilla excéntrico al que pueden pagar porque el suyo es un periódico tan importante. Están muy equivocados. Yo no escribo “columnas divertidas”. Pinto el retrato de la época. Para eso están los grandes periódicos. Yo no soy un reportero, soy un periodista; no escribo editoriales, soy un poeta.

En Buenos Aires se dice, y se ha escrito infinidad de veces, que la única razón por la que la gente compraba El Mundo en los años veinte es que Arlt publicaba sus Aguafuertes ahí, todos los días. Y sí, el resto de la información es más o menos igual en todos los periódicos, sobre todo ahora que la mayoría dependen más de las agencias de noticias y de becarios que de redactores experimentados.

Mucho se habla hoy de cómo los periódicos están perdiendo lectores a mansalva, de cómo los jóvenes ya sólo leen por internet, que no les interesa el papel. Los periódicos pierden compradores y pierden publicidad, Pero en la red tienen más lectores que nunca. O sea que interés hay. Lo que no interesa es ir al kiosco a conseguir lo mismo que se ve más rápido en la pantalla: nada que requiera mucho tiempo de lectura, es echar un vistazo a los titulares y ya.

Los periódicos están perdiendo dinero porque se han empobrecido. Cuando yo vivía en España, sólo compraba El País en el verano, cuando traía más para leer. De hecho, en Buenos Aires, compro el diario que más da a leer, que más crónicas incluye, junto con otras cosas interesantes: el Página 12. Los demás (y éste también en las páginas de política) sólo se dedican a su pelea diaria por el poder. Y a la farándula.

La mayoría de los diarios pertenecen a grandes conglomerados que incluyen periódicos deportivos, revistas, emisoras de radio y televisión, editoriales. Se preocupan, a través de su negocio editorial, porque la gente joven, la adolescente y la pequeña se interese por la lectura. hacen campañas que cuestan un buen dinero, con debates en los medios audiovisuales y todo. Pero no se dan cuenta de que son ellos los responsables de que la gente no lea. Son ellos los que han dejado de publicar lo que la gente más apreciaba de sus periódicos: la crónica.

Ahora lo hacen como algo especial, una cosa de verano, o de fin de semana. Como si la gente no tuviera media hora, una hora, de transporte público cada mañana para llegar al trabajo y leer algo interesante; y luego el mismo tiempo para llegar a casa por la tarde. En el subte de Buenos Aires, que a menudo tengo que tomar a hora punta por la mañana, cuando iría más cómodo en una lata de sardinas, veo a mucha gente leer. Leen libros la mayoría, revistas algunos. Los estudiantes repasan apuntes. Pero nadie lee el periódico. No interesa.

Por la tarde, también a hora punta, veo personas que le echan un vistazo a alguno de los diarios gratuitos que se reparten en las bocas del subte. Luego lo doblan y sacan su libro. Está claro que si no hay un imán que atraiga el acero de la mirada del lector la cosa está perdida.

Los periódicos insisten en vaciar sus redacciones. Estoy de acuerdo en eso, pero no en cómo lo están haciendo. En lugar de despedir a la gente la deberían de echar a la calle para que contaran su ciudad. Hoy en día, con el correo electrónico, no hace ninguna falta pasarse por la redacción más que un par de ratos cada semana. El resto del tiempo, hay que pasarlo buscando algo que contar, y escribiéndolo.

Queda claro, ¿no? Hay que recuperar el cronista urbano.