Marat/Sade


Cuando nos damos cuenta de que hemos perdido una oportunidad de hacer algo, aunque sólo sea algo trivial, nos embarga una especie de arrepentimiento, nos enojamos con nosotros mismos, podemos llegar a darnos de cabeza contra la pared, cuanto más dura (la pared) mejor. Pero cuando vemos que alguien más ha desperdiciado una oportunidad y con ello la posibilidad de que otros hagan algo (trivial o importante) en el mismo terreno, entonces hay que decirlo, hay que enojarse en serio.
Y enojado es como salí el jueves pasado del Teatro San Martín tras la representación de Marat/Sade, de Peter Weiss. Tras noches como esa uno se queda pensando si no habrá una conspiración—conservadora o estúpida—para tomar el buen teatro político y desarticularlo, quitarle las uñas, para que nadie más lo pueda usar. El planteamiento de Villanueva Cosse, el director, ciertamente me hace pensar que es así.
Marat/Sade fue pensada originalmente como teatro en redondo, y por una razón que debe estar clara para cualquiera que lea la obra, o la escuche, una sola vez: no hay acción, no hay argumento dramático en el sentido convencional; la acción y el argumento tienen lugar en las discusiones filosóficas y políticas entre el revolucionario Marat y el filósofo extremo Sade, y con los locos, que piden libertad y/o mejores condiciones, como todo el mundo. Eso quiere decir que hay que prestar atención, si uno está entre el público, mucha atención, porque las discusiones no son moco de pavo. Y si uno está en el escenario, también debe prestar atención, pero a los matices, a las pequeñas y grandes ironías, a la violencia sutil o gruesa que recorren esas discusiones. Esta obra se hace en redondo para que la cercanía entre actores y público permita escuchar ese juego de sutilezas y burradas.
Pero Cosse, ¿qué ha hecho? ¡Ha puesto la obra en un teatro enorme y a la italiana! En otras palabras, ha hecho todo lo posible porque los argumentos filosóficos y políticos de la obra queden lo más lejos posible. Si los actores tienen que declamar, y hasta gritar, para que se les oiga en aquel galpón, ¿cómo van a emprender la difícil tarea de argumentar eficazmente su papel?
Una cuestión fundamental que se discute en la obra es la de la violencia política. ¿Es legítimo guillotinar a la nobleza, esa nobleza que vive a todo tren y es culpable del hambre del pueblo? Hoy, claro, el pueblo ya no existe; en su lugar existen las masas. Y la nobleza, en Argentina, por ejemplo, lleva otro nombre: la oligarquía, la alta burguesía. Muchos de los problemas de 1789 siguen existiendo en 2009. El año pasado, un líder sindical salió en los medios y dijo que le gustaría matar a todos los “blancos” de Barrio Norte, una actitud demasiado parecida a la de los revolucionarios franceses de hace dos siglos. Por lo tanto, esa ira debe ser objeto de discusión en los foros públicos que tenemos, en los pocos que tenemos, entre ellos: evidentemente, el teatro.
No quiero decir que haya que recurrir a la violencia, pero para no hacerlo hace falta que las cosas se hablen, que haya la mayor claridad posible. La violencia sólo conduce a más violencia, y los mayores perjudicados siempre son los más débiles, los que menos voz tienen y más la necesitan. La reacción siempre es peor, más dura y más salvaje que la violencia inicial. Pero, repito, estas cosas tienen que hablarse, y creo que ese es el principal mensaje de Marat/Sade.
Otra cosa que se pierde es precisamente lo mismo que ha hecho el director de la obra: el director del manicomio hace lo posible para frenar los argumentos, para que ciertas cosas no se digan, y cuando se dicen, pide disculpas y trata de arreglarlo como mejor puede. Es el funcionario. El que siempre quiere quedar bien con el poder para no perder su empleo. Pero la ironía de esto, o la burla, se pierde porque la misma puesta en escena ya le hace el trabajo sucio a ese funcionario. Ya, en sí misma, produce la censura y el silencio.
Cosse, con sus malas decisiones y con su nula capacidad para dirigir a los actores en esta obra, nos ha robado la posibilidad de debatirlo con alguna seriedad. Ha opinado, su puesta en escena lo demuestra, que no somos dignos de pensar por nosotros mismos. Se ha quedado en el espectaculito, en la nada, el vacío.
Sería en el 96 cuando vi una producción a sala llena de Luces de bohemia, de Valle Inclán, en Madrid. El contexto político del momento era la corrupción que se le atribuía al PSOE y que desencadenó su caída y la llegada al Gobierno del Partido Popular. Ahí sí se decían con claridad las cosas, y fue impresionante ver cómo reaccionaba el público. Había oleadas de aplausos, de comentarios en voz alta. Los actores tenían que parar durante unos segundos para que se les oyera. El público estaba completamente metido en la acción, en las palabras, en los argumentos. Aquello fue teatro para la comunidad. Se podía estar de acuerdo o no con lo se decía, tanto en el escenario como en la platea y luego en los cafés y en la prensa, pero ahí había comunidad. Todo lo contrario de lo que sucedió en el San Martín la otra noche, y lo que seguirá sucediendo mientras la obra siga ahí.
El trabajo coral, tan importante en Marat/Sade, es bueno, pero dadas las circunstancias, inútil. El actor que hace el papel de presentador está en todos lados, con una gestualidad repetitiva y aburrida, sin matización, sin ironía, nulificado por su director.
Y ahora se ha perdido la oportunidad de hacer esta obra para la comunidad. Pasarán 4 ó 5 años hasta que una compañía comodiosmanda pueda hacerla con alguna esperanza de que el público vaya a verla. Es alucinante, es encabronante, es ridículo que dejemos perder las oportunidades de una verdadera discusión en comunidad de esta manera.