Escribir en corto


Dice Sylvia Saítta, en El escritor en el bosque de ladrillos, su biografíá de Roberto Arlt que una diferencia importante entre Arlt y los escritores del grupo de Florida es que el primero era muy pero que muy consciente de que escribir era algo que uno hacía por dinero, mientras que los segundos provenían, la mayoría, de familias que los podían mantener. La violencia de la escritura de Arlt se debe en parte a ese resentimiento de clase. El gran escritor, Arlt, y el gran poeta, Oliverio Girondo, de los años veinte, proceden uno de cada categoría.
Escribir por dinero, freelance, es el trabajo más difícil que he tenido en mi vida, el más duro, el más torturador y el que más ha mejorado mi prosa. Escribir por vocación, placer, por necesidad interna—escribir poesía—es el segundo más difícil.
Lo interesante es que se cruzan, se entrelazan. Muchas de mis ideas para una forma de escritura se traspasan a la otra, al punto de que empiezo escribiendo una cosa y termino en la otra y a veces, incluso, vuelvo a la primera. Dudo saber, algún día, el porqué de esto.
Lo que está claro es que por mucho que yo intente separar mis formas de escritura, la tarea al final es fútil. De lo que escribo para mi blog sobre Buenos Aires me vienen ideas para mi blog de poesía o para mis textos sobre arte, o sobre cualquier cosa. Los términos en la lista que acabo de hacer se pueden mezclar: lo que dije de lo que escribo en un sentido se puede decir de todos los demás.
¿Quiere decir esto que por fin encuentro un camino de unidad para todo lo que escribo? No exactamente. En realidad sigue habiendo una división que no puedo salvar: la que hay entre lo que escribo por dinero y lo que escribo porque me apetece. Lo primero es más difícil que lo segundo sólo en términos de voluntad. Pero no en términos técnicos y ni siquiera, creo, de valor en cuanto a la expresión.
Extrañamente, he notado que escribir prosa por dinero (en general, artículos sobre arte) me exige lo mismo que escribir poesía: exactitud, o mejor, ser sucinto y claro con la mayor precisión posible. Quizá sea esa la mayor exigencia de la escritura. Borges, decía que no escribía novelas porque en los textos largos se pierde esa precisión.
Bueno, se pierde porque en la mayor parte de las novelas lo que importa no es tanto el lenguaje, sino el arco narrativo, la secuencia de eventos, la construcción de un interés por ver qué va a pasar ahora. En otros géneros, como la poesía, el teatro (escrito) y el ensayo, el lenguaje es lo más importante. Encontrar la palabra justa, el ritmo exacto, la sintaxis perfecta, son el trabajo principal de estos géneros más cortos.
Sin esas exactitudes no hay nada que hacer, la cosa no funciona, se desmorona el poema o el ensayo como un terrón en un puño que se aprieta.
El otro día, mi amiga Juli Highfill me decía que había estado leyendo algunos de mis artículos sobre arte argentino y que le había llamado la atención la claridad de mi prosa. Es claridad me cuesta mucho trabajo y mucho tiempo. Esos textos están escritos para ser leídos en pantalla y considero que deben ser diáfanos, con palabras abiertas como un campo hasta el horizonte, visto desde un autobús que no parará.