Diario de la crisis II


La invitación a jugar viene completa
pero sin la otra historia:
esa hecha de huesos al sol
que parece otra persiana de lamentos
y más batalla por la sonrisa
que el plomo en cualquier novedad.

O aquella del país casi desierto
pero animado y poco dúctil
que íbamos a ocupar tranquilos
ayunando con una mano, y con otra
leyendo el mapa de algunas promesas.

Para declararnos útiles
obtendríamos el carnet más magro
—nos asegurábamos a diario—
hasta que en la punta de la lengua
nos quedó un mal de ojo
cuya mirada siempre engañará.

También íbamos a pedir una ronda más
de extrañamiento y luz.
Su misión consistiría en dar de baja
nuestro camino al despido
como si fuera sólo tiempo.

Y como si el tiempo fuera nuestro
aquí al lado, ahora mismo
un perro gruñe en sueños.
La verdad que amábamos se desliza
y pierde por el agua limpia
siempre más que otros comienzos.

El agua, sí:
limpia como un orgullo en soledad.
Como una distancia.