Poesía: código abierto


El concepto de propiedad intelectual que hoy la realidad discute y niega cada vez más nace en el siglo XVIII y proviene de una idea del individuo como creador en solitario: Dios es único y, a su imagen y semejanza, el creador humano debe serlo también.
Hoy, sin embargo, sabemos—aunque no guste a muchos—que la creatividad no es individual. Se puede dividir, fragmentar y atribuir en muchas direcciones, como si le hubiera caído una granada a los pies. Y esa granada es la conciencia de que no estamos solos, vivimos en red, en muchas redes, y dependemos de ellas y de muchas otras instituciones centralizadas.
El poeta reciente que ustedes quieran aprendió a leer y escribir en la escuela. Ahí hay ya un gran esfuerzo comunitario que crea instituciones, forma maestros, da validez socioeconómica a la cultura escrita. Esa cultura se remonta en la historia de Occidente a las ciudades mercado de Mesopotamia, miles de años en el pasado. Ahora está ahí, parece lo normal, es de todos, de quien la quiera o necesite.
El poeta aprende a leer y escribir poesía porque hay un corpus literario que también es un bien común, y cuando empieza a escribir sus propios poemas, en la adolescencia, parece que lo hace en solitario, pero en realidad está haciendo prácticas para insertarse en una tradición, para formar parte activa de su comunidad y su cultura. Más tarde, cuando empieza a tener lectores, éstos también cambian, niegan, alientan su escritura con sus comentarios y reacciones. Ahí el poeta ya no está escribiendo solo; aunque nunca lo estuvo, siempre tenía delante la tradición, los poetas, muertos o vivos, que lo inspiraron a poner pluma sobre papel.
Después vienen los lectores profesionales, los editores, los impresores, los críticos y los lectores comunes. También sus reacciones afectarán el resultado, los nuevos poemas que vayan surgiendo. Además, ningún poeta pone nada en público sin pasar por sus lectores íntimos , de confianza, aquellos en los que depende como cualquiera depende de un espejo al arreglarse para salir.
Todas esas personas, cercanas o lejanas, participan en la creación del poema. En ese sentido el poema les pertenece a todas. El nombre del autor sirve principalmente como elemento clasificador, para el archivo, situando el poema dentro de la tradición.
Lo chocante cuando dos tipos le toman el pelo a un crítico, inventándose un poeta y sus poemas, no es tanto que esos poemas sean falsos, que no lo son, sino que se niega la idea dieciochesca de autoría individual, y se hace visible de repente todo el sistema sumergido de autoría comunitaria, todo ese código abierto se contrapone al código propietario que parece “normal”, por habitual en la superficie.
Este reconocimiento del código abierto se da más fácilmente en el arte contemporáneo que en la literatura. En el arte, muchas obras dependen claramente de la presencia del espectador para empezar a cobrar sentido. Cildo Meireles, el artista brasileño, tiene distintas versiones de sus obras conceptuales según el país, la situación económica y política en las que se muestren. Bourdieu ha escrito cantidades de páginas en las que describe cómo la comunidad artística confiere valor a las obras que se le presentan. Y ha quedado claro, en los últimos tiempos, que es la comunidad (en este caso, la artística) la que decide qué tiene significado y qué no.
También existen lugares comunes, come decir que un poema no es tal hasta que alguien, al leer, lo completa. Pero eso es pensar en el poema más como carta que como poema. La carta que no llega a su destinatario carece de sentido (o cobra otros distintos, ajenos a su intención). El poema tiene como destinatario su comunidad, primero, luego la tradición y todas las personas que acudan a ella en busca de sentido para su vida y su circunstancia.
Lo que quiero decir es que la escritura es un código abierto, comunitario, social, cultural. Y funciona como un programa, creado por uno o por muchos, que se cuelga in internet para que todo el que quiera lo use, lo analice, lo aproveche entero o por partes.
En este contexto, la idea de propiedad intelectual empieza a perder sentido intrínseco y se puede empezar a entender como una apropiación indebida por unos cuantos en busca de recompensa económica y/o social. La ilegalidad de esta postura en otros contextos está clara: se llama corrupción, desfalco, esas cosas.