Plomo de soldadito


I
El bastón de mando muerto y enterrado
las facilidades de pago van desapareciendo.
Es una mueblería en el desierto.
Y los ríos, ya desviados
multiplican sus peces al morir.

II
Cada arritmia es ocasión de plenitud
y se incluye en el más barato de los almanaques.
¿Dije que yo también los leo?
Me gusta como huelen a calmo día de otoño:
a premio obligatorio
y regocijo en la felicidad de otros.

III
Objetos perdidos:
un zapato, unas llaves, un paraguas, una bala.
Señales por descifrar.
¿Vidas enteras en un solo objeto?
No, sólo señales con el sentido ya frío
que marcan un bulto sospechoso
bajo la piel de la ciudad.

IV
Llego al autobús con dos euros en la mano.
Al entrar en la ciudad registran a los ciegos.
Les dan perro nuevo y palmaditas en la espalda.
¿Soy yo quién para negárselo?
¿Es usted quien cree que soy?

V
Pero no.
Sólo hemos quedado a recoger envoltorios:
papeles tirados en la calle con otras vidas;
y a fundir soldados de plomo
para fabricar las balas que nos quedan.