Icebergs


No sé exactamente de dónde viene, pero el nomadismo está de moda. Muchos lo atribuyen, especialmente en el mundo anglosajón, a las tecnologías portátiles y la conectividad casi ubicua. Pero ya a finales de los 70 y principios de los 80, Deleuze y Guattari hablaban de nomadismo desde un punto de vista filosófico y poético.
También, ha habido algunos comentaristas que han descrito la posición de Walter Benjamin, entre el marxismo y el mesianismo judío, entre la revolución y la redención, como nómada. Hay muchos otros ejemplos; uno de los que más me gusta es el de Fernando Pessoa, con su nomadismo identitario.
Con todo, parece que hay que adoptar la etiqueta de nómada, contra la de sedentario, para estar a la moda, o tener razón en las discusiones públicas. Últimamente, me topé en el blog de Juan Freire con una cita de Paul Virilio en la que interpreto que “sedentario” es un insulto y “nómada” un elogio. Es la siguiente, que traduzco:

La naturaleza de ser sedentario y nómada ha cambiado […] Las personas sedentarias se sienten como en casa allá adonde van. Con sus teléfonos móviles y sus ordenadores portátiles, están tan cómodas en un ascensor o en un avión como en un tren de alta velocidad. Esta es la persona sedentaria. La nómada, por otro lado, no se siente como en casa nunca, en ninguna parte.

¿Y cuál es mi problema con esta afirmación-negación? Primero, que la tecnología no tiene nada que ver. Virilio, con su odio a la velocidad, que podríamos etiquetar como un odio a la actualidad (algo que Benjamin tenía mejor articulado en su posición contraria al progreso), quiere poner a los usuarios de la tecnología, sea ésta de comunicaciones o de transporte, en el bando de los que no se adaptan filosóficamente al mundo actual. Un nómada usará la tecnología que más le convenga. Y si ésta le ayuda a mantenerse en su tránsito permanente, mejor.
Lo de sentirse a disgusto en todas partes pertenece más bien a la categoría del exiliado, del sedentario que ha perdido su casa, su lugar en el mundo. Aquí, el sentimiento principal es el de la nostalgia, acompañada de una cierta medida de resentimiento. Es fácil confundir, hoy en día, nómada con exiliado o emigrante. Pero son dos maneras de afrontar la vida distintas.
Deleuze decía que el nómada, para ser lo que es, ni siquiera tenía por qué salir de casa. Uno puede formar su clan en sus lecturas, o en su identidad, como hizo Pessoa. La clave está en siempre encontrarse en tránsito hacia otro lugar, sea éste interior o exterior; en la diversificación rizomática de lo que uno “es”.
Pero también, en el nómada, y de manera simultánea, hay un punto de aceptación de lo dado: los territorios (de nuevo, interiores, exteriores) son lo que son, están ahí. Pueden ser montañosos o llanos, el clima puede ser favorable o no, puede haber otro tipo de impedimentos por el camino. El nómada debe sortearlos para hacerse con un territorio, que siempre será suyo de manera temporal, hasta que pase a otro.
La cita de Virilio—aunque sólo una cita y no he encontrado el texto completo del que proviene— apenas toca la punta del iceberg, que quién sabe lo que esconderá debajo del agua. Los icebergs, como todo el mundo sabe, son nómadas.