Karina Peisajovich

Braga Menéndez Arte Contemporáneo
Inauguración, 25 de noviembre

Crecí en el desierto: algo sé del sol al amanecer y al fondo de paisajes largos, cielos limpios, amplios. Cuando entré en la sala pequeña de la Galería Braga Menéndez y vi la proyección ideada por Karina Peisajovich, lo primero en que pensé fue ese sol de mi infancia, ese sol en invierno.
Sin nostalgia, pero con algo que se había movido en mi memoria, como un pequeño derrumbe, me quedé parado delante de la proyección. Son tres círculos, dos grandes que se entretejen y uno pequeño que encaja entre los otros, todos van cambiando de color, de intensidad, de temperatura en un espacio de tiempo que no es corto.
Estamos acostumbrados al cine, a la proyección de luces en movimiento sobre un muro blanco, nuestra ya sabida caverna platónica. Lo que hace Karina, sin embargo, es otro tipo, digamos, de cine. Y por lo tanto, otro tipo de lugar. A mí me despertó la memoria en un sentido físico, casi como hacen los olores cuando nos encontramos con uno que nos lleva a un tiempo, un sitio, una persona, un evento en particular. No sé qué podrá despertar en otros. Hace varios días que asistí a esta exposición y llevo pensando en cómo contarla. Lo único que se me ocurrió fue describir mi reacción personal, mi reencuentro con un sol que creía perdido.
En otras dos paredes de la exposición hay unos rombos de luz y metal que parecen fragmentos ampliados de vitrales. Siempre la luz: la iluminación, la inteligencia como memoria, la idea como pasión. Y quizá sea ese el camino para acercarse a los trabajos de Karina Peisajovich, pensar, o mejor, sentir la luz como pensamiento.