23/08/08
Los Sensuales
En El Camarín de las Musas, sábados a las 23:30
No voy al cine. Al teatro voy, pero sin expectativas. Fui a ver Los sensuales, de Alejandro Tantanian, porque un par de noches antes lo había oído hablar en la serie que lleva Cristina Civale en la librería Fedro, de San Telmo. Me interesó lo que contaba de su vida, lo que decía del teatro, y decidí poner a prueba sus palabras. Su última obra, Los Sensuales, no me defraudó.
Una de las quejas que he oído sobre este montaje es que los actores cantan mal. Yo creo que actuan bien y que por eso mismo cantan mal, como el resto de nosotros bajo la ducha, pero sin ducha. Aunque sí que los acompañaba un piano, quizá para resaltar ese canturreo sacado de la vida real. Y es extraño que se optara por esa suerte de realismo, dentro del convencionalismo de un teatro más bien expresionista y, por momentos, musical.
Digo que el montaje es expresionista (aunque de manera contemporánea, más que siguiendo las formas de hace un siglo), porque está lleno de desequilibrios, de excesos en el sentimiento, de lirismo truncado. Su contemporaneidad estriba en la ironía, muchas veces sin sonrisa, que recorre el espectáculo. O eso me parece a mí; sobre todo en vista del final, que no hay por donde agarrarlo, si no es por ahí. Y no pienso contar el final, aunque tampoco hace falta que me lo calle.
Del teatro de nuestro tiempo no se puede esperar mucho más que ese tipo de ironía. Ha perdido el liderazgo en la mitificación del mundo ante otros medios. También lo ha perdido en la crítica de la realidad porque lo que se toma por crítica no es más que otra sarta de lugares comunes, sin la posibilidad ya de presentar alternativas; y la mayoría no estamos para monsergas ni sermones, unos porque ya los conocemos, otros porque no les resuelven nada (y ni siquiera ofrecen consuelo) y los demás porque prefieren ir a divertirse, que es lo propio suyo.
La obra dura casi dos horas, mucho para el público actual, si bien a mí se me pasó bastante rápido el tiempo. Vale la pena hacer una reserva e ir. Yo me encontré con el teatro lleno, cosa que siempre ayuda, y al final aplaudimos bien, aunque sin excedernos. Esa ironía de la que hablaba antes interesa, pero no da para tanto.
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