15/08/08
Centro Cultural Recoleta

Los curadores se han convertido en los aduaneros del arte, o en los censores que ostentan el privilegio de otorgar el imprimatur en la obra de todo artista que quiera llegar a mostrarla donde hay que mostrarla. Es evidente que cualquier liberalización de las fronteras del arte los pondrá en pie de guerra. Una de sus mayores objeciones a la exposición de artistas madrugadores fue que si el CCR es una institución legitimadora del arte (y por extensión, del trabajo de los curadores), ésta no debería abrir sus puertas de esa manera, no debería abrirse al azar, al todo vale, porque lo legitima. Y de paso deslegitima a los curadores.
Pues bien, estoy de acuerdo, pero quiero más. El CCR es la única institución pública en Buenos Aires dedicada sistemáticamente al arte contemporáneo. Aquí no hay ningun centro comparable a los europeos: al Tate, al Reina Sofía, al CAC Málaga, al Palais de Tokio. Ese vacío lo debería llenar el CCR.
Quizá el CCR no tiene el espacio necesario para armar una colección importante y preservarla. Pero no importa. En realidad los centros de arte contemporáneo no deberían ser museos coleccionistas, sino espacios de despliegue de las posibilidades del arte del momento. En otras palabras, deben ser lugares de apertura, y eso por medio de exposiciones, conferencias y ediciones, dejando el coleccionismo para otras instituciones con miras más bien históricas.
El CCR no es ni una institución coleccionista ni propagadora de ideas. No es ni chicha ni limonada. En sus salas se expone arte de primera y arte primerizo, con criterios dudosos éste último provenientes más de los curadores que de la institución en sí. Y es que el CCR, al no tener definida su función, expone cualquier cosa. Como un centro cultural de barrio.
Lo que hace falta es un criterio institucional. Mientras tanto, los curadores no se deberían de preocupar del carácter legitimador del CCR: en realidad, carece de él.
Archivado en: Arte
