ANTES EL PAISAJE



The imperfect is our paradise.
—Wallace Stevens



Revisa su vida y tras la encuesta
ve que es otro.
Quiere romper ventanas
y el gálibo impuesto por su nombre, Narciso
lo obliga a reír
encendiendo la tele para ver la guerra.
Todo queda tan cerca que dice Narciso riendo:
Lejanos los espejos y la necesidad de ríos—
televidente yo
seco los aires de mi casa
con los restos de mi voz y la arena de mis manos
mi canto, mi descenso en la alegría feroz del agua.

La guerra televisada es suya y de bolsillo:
para llevar de viaje o picnic
para perderla en el metro
para que se la quiten con navaja
en la calle oscura
con gusto de no atreverse a reportar el robo.

Nada más queda empezar.
Días de guerra, nublados
transcurren como novedades entre cielo y tierra
se arrojan al fuego
y salen canciones.

A veces oigo cómo se funde la voz al mediodía:
desde los umbrales hacia otro que imagino ser
hablo si hace mucho no canto con hambre y sed
donde la luz siempre duele.
Pienso que un día
abierto el horizonte de casas bajas y calor
pueda vencer
con la mano que sostiene amputado el dedo de apuntar
un instante del desgaste que tensa los rincones
la memoria, la tela metálica de las horas.

Mataron al meteorólogo.
La fina arena gris de las lenguas muertas
se levanta, se une al vendaval
y a la turba de papeles y vidas
que durante los minutos justos de milagro y polvareda
nos anuncian la llegada de la lluvia.

Sintió ganas de romper las ventanas y su canto
a la piel translúcida y quieta del río
fueron ganas de ensanchar el círculo de su acción
hoy quebradizo para volverse tantos
tantos y retahíla de reflejos.

Así huyeron de guerra en guerra
y de campos de concentración
para encontrar sus causas irreconocibles
como la ausencia en el cuerpo
de un mutilado.
Así huyeron los míos.
Así gastaron sus zapatos y sus ropas
deteniéndose alguna tarde a hablar
y decir que estaban bien
o mejor, sanos y salvos.

Algo tuvo que romperse para que pudiera decir “los míos”.
Sus ferocidades se habían vuelto lentas
y las sentían como un invierno raspando los desagües
o como una sonrisa de los anuncios
que regaban la intemperie entre sus noches.
Sus ganas de romper ventanas
o pintarlas del amarillo de siempre
filtrando, dorando con su cálida quietud
sus voces roncas
mismas que se confundieron con la extensión, la luz
del desierto que rodea la ciudad.

Narciso
frente a la mudez de la pantalla
cuando la piel del agua
—acuchillada en jirones canalizados
para que no se vuelva tantas
y retahíla de reflejos—
le cubre los ojos
empieza a cantar y se ríe;
canta y se ríe mirando su mirada
reflejada en la pantalla.
Canta y se ríe atando y desatando
el nudo de su tiempo inmóvil
nada más para no ver que nadie queda abierto
ni demuestra si vive
al menos como aves oídas en la niebla.

Esta es la calle silenciosa, ni viento inmóvil.
Nadie viene a pedir árboles
aunque lleguen nulos del invierno
ni sus hojas que ya no existieron
rotas las estaciones.

El aire deslumbra:
en la agitación de destinos
pañuelos en despedida
cuelgan luces encendidas de día
temblorosas al calor del pavimento.
¿Qué motivo hay
para que todavía se aferren con uñas blancas
dos millones de habitantes
a este lugar sin árboles, o calle
desaparecidos de tanto mirar?

Todo es afuera.
No acaba de aparecer la ciudad.
Se desconoce el comienzo de la guerra
y la exactitud tiene la dimensión del prejuicio.
Ya estaban las barricadas
ya estábamos armados
las cámaras habían llegado.
Alguien saltó 10 ó 12 metros de la mina al aire
y cayó sin piernas
gritando un nombre entre los borbotones
que hacían resbaladizo el pavimento.

No había monedas para él.

Vuela en filigranas de viento
la ira petrificada que se va erosionando.
Se convierte por las calles solas
en noticia de la guerra
escrita y borrada a la vez
como los ecos de sombras lentamente inalcanzables
en el sueño de una voz
que se desprende como piel quemada
en el interior:
en el hueco interno del pensamiento.

Contra la superficie, no miro todavía.
Mi debilidad es citadina
roja como los nogales al atardecer
que lejos del álveo se resisten a morir y mueren siempre.
Los exteriores piden sangre.
Canibalismo de un día a cambio de oscuridades tersas
y luz en la ferocidad.
“Hogueras contra el limo nocturno,” llegué a decir
pensando “en pugna las almas” de mi andar
¿ya cuándo?
por calles que se van abriendo en el miedo seco
áspero y quebradizo
cada vez más un osario abierto
al jabonoso viento de las mañanas.

El ángel de la ciudad
yace, esternón arponeado en la luz de su piel;
la aridez, larva, vació el tiempo de su fuerza
en la paciencia infinita del desierto.

¿Pero es ahora necesario el recuento de los pasos
en los bailes de cajón
videoclips, danzas de la muerte?
¿Para qué apuntar a descalabrar
agitar, deshacer terrones en el agua?
Ira y deseo marcan la memoria
como el temblor de labios en el rostro amado
la despedida y todo silencio posterior.

Pero uno en eso no piensa.
Más bien delata su vida
en desequilibrar la insumisión de los párpados:
en ver las palabras
como caricias en aprendizaje afianzadas
con rápido amparo entre placas de placer—
hervor, seísmos cortos y contínuos
que crucen rompiendo la mudez del río.

Todo es afuera:
la infancia ya vendida
¿qué se iba a esperar?
remota como los ideogramas
que tanto gustan y no entiendo—
se me aparece desde ahí una pregunta
o la respuesta convalesciente;
una finta de diálogo remanente
parecido a una mano dormida
a ese peso inerme, plomo interior
en el pecho
en el estómago, la garganta
y por esa metástasis, inextirpable.

Hay quien dice el quiebro engañoso del infinito
y descerraja su sonrisa
para no dejar más que vidrios rotos
por donde caminaremos descalzos.
Aplaude el público su dolor a los fakires
para esconder la edad del decorado:
un cielo azul mentira
entrega esterilidad al horizonte;
un sol, mientras coagula, parece pintado por niños
en tonos de recargada canícula
y vocerío hinchado.
En algún momento de su vida
cuenta Narciso:
los míos fijaron la mirada
ataron su atención al grosor del aire
aislante como una trampa de cal
que los ausenta de la noche.
Así se negaron al sueño.
Engastaron su incredulidad en el tacto y la respiración
a puño abierto, cerrado
abierto, cerrándolo abierto al ritmo sin ritmo de sus pulmones—
querían restablecer el olor anterior a los incendios—
tarea movediza y fin de sus trabajos.

Calles destruidas por la noche
a la mañana siguiente
reaparecen más espesas y blancas.
Será el temblor de las horas diferentes
si a las calles alegría sale y abre:
todo quiere apertura, rasgadura
desvelo al gozo: miradas, caricias cruzadas;
y el aire irá de pulmón en pulmón
como el frescor frágil del silencio al despertar.

Ganará terreno el sol y
por las tardes sin lluvia se volverá
luz chapada, razón de la caída;
tardes cuando las voces arden
y el tiro en la nuca es perro flaco
apenas visto al doblar la esquina huyendo.
Las risas por la ciudad humeante
como cuchillos contra el cansancio más cansancio:
abriéndolo, panza del cielo colgada
y de la herida caen piedras calcinadas y preguntas
al suelo regado de ritos;
la alegría pierde su aquiescencia
para defender la sombra que el sol arrastra;
aunque manos clavadas a las paredes
respondan como única promesa electoral;
la llamarada donde las caricias se cruzan
extiende por los monumentos grises y verdes
pobladores del hastío de las avenidas
la ferocidad del gozo
a fin de cuentas, nuestra.

“Cicatriz,” río de recuerdos.
“Frontera,” olvido rápido.
Cruzarla, cortarla cada vez, abrirla
si con pedir clemencia al guardia… Invitarlo a casa, ¿una cervecita?
Encender la tele, distraerlo y correr
correr a cruzar la frontera, ya conquistada
(ribera iluminada, hoguera de simulacro en aurora y aviso)
saltando de un lado a otro
gritando los nombres del lugar sin cesar
los zapatos sin abrochar para ver dónde caemos— ahí, es ahí dónde asentarnos
sentar cátedra o cabeza y de una vez
arañando el suelo en busca del oro
decir la herida, el gozo en la caída.

En las jornadas de asueto durante la guerra
cuelga del aire una luna rapiña de lunas
y de su luz pulmonar
viene la respiración de la ciudad
su devolución al ritmo anterior a la bocanada de fuego.
Disuelta la distinción de la luz
el aire se vuelve suave y espeso
recién salido de un saco de cemento.
Cada noche indivisible, la luna distrae las palabras
con la purpurina de los bailes
cuando cobran velocidad.
Entonces, los amantes encuentran su vida
en abrir contra las desilusiones el ascua de una semilla
que irrigada por sus voces como nubes en la tormenta del tacto
se convierte en aliento
en fugaz y nocturna cosecha
contra el veneno de días emparedados.

Narciso sentado al borde de la acera
se dejó seducir por la tortura de las hormigas.
El sol, esa mañana desprendida
se enfrentaba al aire como un letrero de hojalata oxidada.

Vivía en una casa hasta hace poco azul.
El viento
(que hacía batir el letrero)
llegaba lavado de la noche
para arrancar las cosas de las manos.

A las hormigas
el Narciso les echaba palabras enceradas
para romper su sendero
rajar su multitud lineal, cantando
si quería en aquel momento
añadir a su fuerza el poder adivinatorio de la voz.

La sarna del pasado apareció en un círculo a ras de su piel.

El olor a silencio era inútil esa mañana:
si apunto, no desciendo sin mi alegría desnuda.
Para cada quien empieza el infinito a partir de su puerta.
Sonrío mis voces a otros imaginados en estas hormigas
que apenas elegidas mueren;
lo vi en otras calles, cerca de otros
que pasaban a mi lado y caían y me miraban.

El viento se quedó solo con la crecida del sol.
Narciso, entregado a su luz lejana
como una grieta en la oscuridad
dijo antes de irse:

Siempre encuentro en las casas bombardeadas
esquirlas del futuro:
gritos celebraciones oraciones.