Conversaciones: Eduardo Orenstein


Estuve hace poco en casa del documentalista uruguayo Eduardo Orenstein. Nos hicimos fuertes en la terraza para disfrutar del fresco de la tarde, él con su mate, yo con un café. Como es nuestra costumbre cuando nos vemos, nos pusimos a hablar de todo, o por lo menos de todo lo que nos interesa, antes de meternos en la materia del momento: el cine documental.

Para Orenstein, la historia que uno cuenta es más importante que la técnica que se pueda utilizar para contarla. Esto parece evidente, pero no lo es tanto si nos hacemos un maratón de documentales cualquier tarde: con muchos a uno le quedará la sensación de que los realizadores no tenían demasiada idea de lo que querían contar, o que lo que iban a contar no resultó tan buena idea; luego eso queda enmascarado con la técnica, cuyo papel debería de ser secundario. También, la historia debe interesar profundamente al documentalista, eso está claro; pero quien hace un documental debería ser conciente de que algo que le interesa a él no tiene por qué interesar al resto de la sociedad. Que ese documental sea visto por muchos, entonces, depende más de una sincronía de intereses que de una cuestión de calidad técnica.

En ese punto de la conversación, Eduardo dijo algo que me sorprendió. De nuevo, es algo que yo daba por sentado, pero él tuvo la perspicacia de notar que las cosas no siempre son así. Lo que dijo es que, en el cine documental, resulta absolutamente fundamental ser honesto. Esto no ocurre en televisión, por ejemplo, donde lo que prima es una intención de espectáculo y se acaba forzando la historia para que encaje en ese prejuicio por la diversión. Muchos documentales (televisivos o no) tienen también una tesis que probar, así que manipulan el material filmado, el montaje, la narración, para que la tesis aparezca, casi por arte de magia, como verdadera.

Eduardo insiste en que hay que ser capaz de absorber el fenómeno que uno quiere contar, y hacerlo de la forma más pura posible. Si el público espera espectáculo, hay que darle algo interesante, sí, pero el interés debe residir en la verdad de lo que uno presenta.

Tipo inteligente, Orenstein sabe que la historia real, cuando es digna de ser filmada, es mejor que cualquier idea preconcebida (es inevitable acercarse al trabajo con una idea anterior, una especie de guión mental) con la que él pueda llegar a ella.

El documentalista debe tener claro que es una especie de ladrón. Es un observador, no un participante en los hechos que narra. Si va a contar algo, lo hará porque le interesa particularmente a él, no tanto a quienes están viviendo esa realidad. Nadie hace un documental para ayudar a otro; puede existir la filantropía, pero de manera secundaria, como un efecto colateral. Por eso es importante que el documentalista entienda su papel de ladrón. Debe entenderlo para dejar que le provoque un sentimiento de culpa. Y ese sentimiento debe a su vez producirle un gran respeto por su tema, por lo que cuenta y cómo lo hace. Si el documentalista pierde ese respeto, se vuelve soberbio y la honestidad de la que hablábamos antes desaparece.

Me gusta esta idea que tiene Orenstein de la honestidad. Me gusta más que los discursos que ocupan el eje objetividad-subjetividad. Para ser honesto, añade Eduardo al final de la conversación, un documentalista debe mantenerse fuera de la realidad que cuenta. Nadie niega que su trabajo siga siendo subjetivo, pero que lo sea desde fuera.