Estrellas (2007)


Julio Arrieta es una especie de productor de cine que vive y trabaja en la Villa 21 de Barracas y Estrellas es su historia. En ella Arrieta aparece como un ser ligeramente ridículo, con aspiraciones de clase media, trabajando con recursos limitadísimos para no llegar muy lejos. Los resultados lo ayudan a salir de la Villa de vez en cuando, pero no de manera definitiva.

Y ese es precisamente el valor social de un hombre como Arrieta; el valor documental y estético de una película como Estrellas. He dicho “ligeramente ridículo” y quiero aclarar: ridículo como se sienten muchos artistas cuando están trabajando con intensidad y no hay reconocimiento. Eso queda claro en el momento en que Arrieta sube al escenario a recibir un premio en nombre de Adrían Caetano. Mientras Arrieta habla, la cámara nos muestra a varias estrellas de televisión que hablan entre sí, ríen, no le prestan la más mínima atención.

Ridículo también en el sentido de hacer cine con las manos vacías. ¿Pero existe otra forma de hacer cine, de tener voz, para un villero? Estrellas nos muestra el rodaje de El nexo, una película de marcianos que atacan la Villa, hecha con mínimos recursos. ¿Y por qué no? Arrieta dice que los marcianos en las películas norteamericanas siempre atacan a los ricos, que incluso los extraterrestres tienen plata. No había oído mejor razón para hacer una película de marcianos. El arte ridículo, el que niegan los grandes agentes de la cultura, puede ser la mejor forma de expresión para quienes no tienen voz: naïfs.

En otro momento, aparece Caetano, director de Tumberos, hablando con gente del sindicato de actores. Éstos le dicen que es ridículo utilizar amateurs de la villa cuando hay tantos actores sin trabajo. Se olvidan de la gran tradición quizá no iniciada, pero sí establecida sólidamente por el neorrealismo italiano, que precisamente utilizaba esta clase de actores, con la certidumbre de que sólo ellos podían contar sus historias. Caetano lo dice claramente también: el busca una manera de hablar que los actores que ha visto no saben reproducir, una manera de caminar, de estar en un sitio que es propia de los personajes que busca representar.

He dicho también que las aspiraciones de Julio Arrieta son de clase media. No sólo tener una casa en un barrio bien, un auto, vacaciones en sitios aprobados por los vecinos, esas cosas. También hay que incluir el no pasar hambre, tener un seguro médico, vivir en condiciones más o menos higiénicas. Hasta hace unos años, la clase media vivía con poca incertidumbre económica; hoy parece que eso se acaba, gracias a la globalización. Así que no incluyo la falta de incertidumbre en mi lista.

Por momentos, en el caluroso Gaumont, que carece de aire acondicionado, el público nos reíamos de Arrieta, de sus ideas, de sus esfuerzos de hacer cine. Pero lo hacíamos, creo, sin malicia. Yo nunca sentí que me reía de este hombre, al contrario, creo que en la sala (lo digo también por los aplausos al final) había un ambiente de complicidad con él. Como si lo suyo fuera un ejemplo extremo de lo que significa ser artista, querer hacer cine, en el tercer mundo, bien lejos de Hollywood, Wall Street y sus millones.

Parece ridículo que se pueda hacer cine en la villa, pero se puede. Federico León y Marcos Martínez han hecho una película inteligente y sutil: la dureza de lo que cuentan se cuela en la conciencia sin aspavientos, sin lágrimas. Yo diría que esa es una de las mejores formas de contar la vida en la villa.

Al principio he dicho ridículo; y lo es, desde el punto de vista de los ganadores. Por eso el título: “Estrellas”. Pero Julio Arrieta, siendo un perdedor (vive en una villa, después de todo), tiene aún mucho que decir y hacer. Por eso los directores lo dejan hablar, por eso le dan tanta cuerda… no para que se cuelgue él solito, sino para que nos hable sobre su pasión: lo suyo es el cine, y el cine, aunque no lo parezca cuando echamos un vistazo a la cartelera, siempre tiene algo que decir.

Ficha técnica