Conversaciones: Javier Olivera

En una de esas tardes en que el calor parece un baño de agua caliente cuando uno tiene fiebre, estuve tomando un café y varias aguas minerales con Javier Olivera. La conversación versó más que nada sobre cine, y en particular el cine documental.

Dice Javier que el documental ha explotado. Si antes se le atribuía una función educativa (y yo añado: ideológica), que distribuía el conocimiento desde una voz en off que lo sabe todo, ahora y quizá gracias a la crisis (o el fin) de la objetividad, el documental resurge con nuevos temas y nuevas formas de contarlos. Lo que interesa de verdad, alega Javier, es el punto de vista.

Se ha debatido mucho sobre cómo la cámara afecta a quienes son filmados; está claro que cambian su comportamiento, escondiendo algunas cosas y mostrando otras con mayor claridad. Es algo que se sabe en las ciencias desde hace bastante: la observación afecta y cambia lo observado. Y si es así, si incluso el paradigma de la observación objetiva se ha venido abajo en las ciencias, ¿para qué romperse las vestiduras artísticas? Eso lo decía yo.

Javier respondió que si en esas andamos, entonces la labor del documentalista es poner la cámara (y ya la situación de la cámara y el tipo de lente que se utiliza, al ser opciones, son subjetivas) y mostrar la realidad contando las historias que uno quiere contar. Ahí el guión es fundamental: el documental cuenta historias y debe contarlas de manera efectiva. Javier argumenta que su experiencia en el cine de ficción le ha ayudado mucho en ese sentido.

Eso nos llevó a una larga conversación sobre estructuras narrativas. Javier insiste en que aportar dramatismo a lo que se cuenta, incluso en el documental, es de máxima importancia. Yo estoy de acuerdo con él, con la salvedad de que no me atrevo a admitir que haya que falsear algo, en el documental, para que se dé ese drama. Es un terreno espinoso. Creo que es importante que el espectador “vea” la estructura narrativa y pueda discernir entre el drama como artificio y el drama real de lo que se está contando. Aquí debo añadir algo que siempre recuerdo a los actores con los que trabajo en el teatro: a veces para decir la verdad, hay que mentir.

Entre esas le pregunté a Javier sobre sus proyectos en el cine documental. Me contó que está preparando una serie de 13 capítulos sobre escuelas técnicas en diversas partes de Argentina, para Canal Encuentro. Esto junto con Marcel Cluzet, con quien ha colaborado ya en numerosos proyectos.

Sin embargo, me llamó muchísimo la atención, un proyecto personal que Javier me contó y que dice que lleva años con él y que tardará bastante tiempo en terminar. Se trata de un documental sobre la casa familiar. Ahora esa casa está deshabitada, y Javier la ha filmado vacía, sin presencia humana. Después tiene películas familiares en súper 8 y en video que muestran lo que fue la vida en esa casa desde que se construyó. Es una especie de historia familiar de los Olivera a través del prisma de la casa que construyeron y habitaron durante años.

Una conversación entre un teatrero y un cineasta no podía omitir el paso por asuntos técnicos, o mejor, de método creativo. Javier viene de la pintura y defiende que el dibujo es la mejor herramienta para aprender a ver. En eso está de acuerdo con John Ruskin, que alegaba lo mismo a mediados del siglo XIX, ya inventada la fotografía. Yo no estoy en desacuerdo, pero creo que hay más. He estado leyendo las Cartas sobre Cézanne estos días y en ellas Rilke dice que para aprender a mirar no sólo ha necesitado de la pintura, sino también de sus conversaciones con artistas. (Debo admitir que digo esto para consuelo mío, ya que no sé dibujar, pero sí conversar y escribir, creo, y mi ego me avisa de que mi manera de mirar no es del todo incapaz.) Luego estuvimos de acuerdo en que las limitaciones ayudan al proceso artístico. Javier dice que en ese sentido no cree en la libertad. O por lo menos no cree en salir a rodar indiscriminadamente con la idea de que la historia se conformará sola en la isla de edición. Pero eso sí: hay que estar abiertos a los accidentes y los azares del rodaje. En eso, como poeta y teatrero no podría estar yo más de acuerdo.