Algunas ideas de Comolli

Recientemente estuvo en Buenos Aires Jean-Louis Comolli, director, crítico y teórico del documental. Lo que sigue son algunas notas que tomé durante su intervención en una mesa redonda sobre el estado del documental.

Dice Comolli que todos somos espectadores, y que el espectador se hace básicamente de imagen y sonido. Cada forma de espectáculo crea un tipo distinto de espectador; hoy estamos inmersos en una guerra para definir el tipo de espectador. Por ejemplo, la televisión crea un tipo de espectador distinto del espectador creado por el cine. Las formas de espectáculo son también formas de espectador. Pero hoy, el espectáculo dominante crea un tipo de espectador que no es reflexivo, sino apresurado, cansado, impaciente: es espectador-zapping. La guerra de las imágenes es también una guerra en el tiempo. En espectador vive una aceleración general por medio de estímulos audiovisuales acelerados.

Como espectadores proyectamos deseo, fantasmas, fantasías, sueños sobre el espectáculo que vemos. Pero al espectáculo dominante no le interesa esto, porque si somos nosotros quienes proyectamos, le resultamos imprevisibles, complicados, difíciles: lo abstracto es difícil. El espectáculo dominante nos prefiere pasivos para proyectarse sobre nosotros sin que nosotros proyectemos nada contra él. La televisión y el espectáculo dominante, sitios privilegiado del control social, combaten la subjetividad individual, una subjetividad que el documental suele defender.

El mercado reprime la subjetividad porque los medios se conformaron con la mercancía. La aceleración es una forma de conquista que permite la exhibición de la mercancía. La producción audiovisual se alineó con la publicidad con el fin de transformar al espectador en consumidor, en un ser programable. Las fábricas de cine siempre han soñado con poder programar, o sea disciplinar al espectador; el cinéfilo siempre fue indisciplinado.

El documental filma la relación entre lo filmado y aquello que lo filma, entre la persona y la máquina. El cine es un arte del tiempo, en el que el tiempo que pasa es el trabajo de la muerte. Pero el cine de ficción rechaza la muerte, escondiendo esa exterioridad. El documental filma la relación entre lo filmado y aquello que lo filma, entre la persona y la máquina; con esto acepta la muerte. En otras palabras, lo que significa ser humano.

El documental, que afirma lo subjetivo, es una forma de resistencia de lo visible en relación con el mercado. En realidad no existe una guerra entre el cine documental y el cine de ficción. Ambos construyen relatos. El conflicto reside en la diferencia entre el mundo del cine y el de la información. En el cine se acepta la dosificación de la información, que se va distribuyendo lúdicamente a lo largo de la película. En la información, la idea es no ocultar nada. Si el periodista está obligado a decir lo que sabe, el cineasta no: el espectador debe encontrar la información que necesita de manera activa.

En la guerra por el control de las imágenes, y por tanto por el control de la sociedad, los que hacen documentales son una especie de piratas, o corsarios, que intentan hundir el Titánic del espectáculo.