Lectura nómada


Hace tiempo escribía yo sobre la necesidad de una gran biblioteca virtual que se abriera cada vez más a las exigencias de la vida nómada.

Entiendo dos formas básicas de nomadismo, la interior y la exterior, aunque habitualmente se mezclen o resulte una imposible sin la otra. El nómada interior se entiende a sí mismo como nómada, aunque no se mueva físicamente de su sitio. Es nómada en el sentido de que cambia de un lugar espiritual, cultural, a otro y establece redes distribuidas de conocimiento con esos lugares por los que ha pasado como nodos. Lee un poema de Pessoa, otro de Ashbery y otro de Góngora y establece una red entre ellos, por la que se mueve y viaja. El nómada exterior cambia de sitio físicamente, ya sea en la ciudad o entre ciudades y países, y va creando sus redes fuera de sí. Ambos tipos de nomadismo se cruzan en la idea de las redes, porque una red distribuida no tiene por qué ser toda exterior o toda interior; de hecho, lo que siempre ocurre es una distribución de la red entre un ámbito y el otro: las redes distribuidas del cerebro se conectan con las redes distribuidas del exterior, virtuales o físicas. En ese sentido el nómada es una especie de cyborg.

El nómada, va quedando claro, no es el burgués sedentario del siglo XIX, exportado con tanto éxito comercial al siglo XX, y cuyos problemas de movilidad todavía sufrimos. Un ejemplo de esto sería la moralidad sexual. Todavía sufrimos los efectos del patriarcalismo tal y como se instaló en la sociedad hace unos 180 años. Es un modelo que insiste en la inmovilidad de las personas y en la limitación de las tendencias. Usted tiene que ser heterosexual, monógamo, sentar cabeza y tener familia, casa y trabajo. Todo estable, todo fijo. La idea tuvo tanto éxito en su momento que parece que las cosas siempre hubieran sido así, cuando la moral era muy distinta antes de la Era Industrial.

Pues bien, esa Era ha muerto. Ya no hay trabajos para toda la vida, y ni siquiera se entiende que la vida en pareja o en familia sean las mismas para siempre. Vamos viviendo una transformación social hacia el nomadismo, con las ciudades como nuevo territorio a recorrer. Y las ciudades, entre otras cosas, son redes distribuidas y, por tanto, modelos de conocimiento. Ahora llego al punto de este post: para sacarle todo el jugo posible a esta nueva vida en red que estamos construyendo hacen falta centrales del conocimiento adaptadas a las nuevas formas sociales y vitales: la biblioteca y la librería virtuales. La lectura portátil se impone como el futuro.

Ahora, podemos decir que la mayoría de los libros ya son portátiles. Y es verdad. Pero en cantidades reducidas. Nadie puede andar por la ciudad con 20, 30 o mil libros en la mochila. Yo leo cuatro o cinco a la vez pero tengo en cuenta muchos más; porque voy estableciendo redes entre una idea y otra, entre una imagen en una novela, un verso que me llamó la atención y el ensayo científico que voy leyendo en el metro. Así, sería de gran ayuda poder acceder a todos esos materiales de lectura con un par de clics. Donde sea que esté y sin necesidad de recurrir a una montaña de libros, por muy organizada que esté en estantes o mesas.

Y necesitamos no sólo esa biblioteca virtual total, sino los aparatos para acceder a ella con la mayor comodidad posible. Lo de la comodidad es importante: si tengo que leer algo, no quiero pasarme una hora batallando con el hardware, precisamente porque esa es la hora que tenía para leer.

Me dio por escribir sobre esto otra vez por haber leído los posts de Francisco Serradilla en Libro de Notas. Son estos: El futuro del libro y Dispositivos de lectura de libros.