Cajón de sastre, vacío


El traje, hasta hoy, me quedaba como un informe de fiebre
sin temperatura; la corbata menos:
hay que darse unos días para ayunar en sueños
y decapitar cada accidente.
De otra forma, cuánta elegancia se fija en la niebla
y el mudar alegre de una camisa cancelada, convertida
brevemente, en el dije de nuestro saber de pago.
Ahora hay alteraciones que ondean su invisibilidad.
Varias nos han caducado en busca de algún lujo
y su discordia.

Lo que voy cambiando son los límites del entusiasmo
por invitaciones a vestir en fallos del futuro.
Cualquier cosa en lugar de evitar el descanso
y los espejos que me cierra la agenda.
Las horas, lejos de sus costuras más fieles
instan a pensar así, en eso tan serio de tiza
que cada mañana frente a la ciudad sin sombrero y soluble
pone de cara al abrigo que me ama.