Bruno Dubner: Índice negro

Fotogalería del Teatro San Martín
Hasta el 29 de junio

Hace tiempo que vengo siguiendo el camino hacia la luz que está marcando Bruno Dubner. Su fotografía me interesó—me apasionó—desde el primer momento en que entré en contacto con ella.
Para Dubner no se trata de fotografiar las cosas, el mundo; por lo menos no en el sentido cotidiano. Lo que él intenta es fotografiar aquello que es un elemento sin el cual la fotografía no puede existir, que es su esencia: la luz. Esto casi como querer retratarse el alma, y ¿no esa una de las funciones del arte, captar el alma de las cosas? Por eso creo que Dubner es un artista en toda regla.
Su proyecto tiene algo del alto modernismo que culminó en el expresionismo abstracto, cuyos defensores siempre calificaban de espiritual. Según Clement Greenberg, las artes debían buscar su esencialidad, desechando todo lo que les viniese de fuera. Pero si por ese camino ya hemos llegado a donde había que llegar, no quiere decir que no podamos tomar lo aprendido en él y aprovecharlo hacia el futuro.
Dubner, sacando jugo de ese conocimiento, es el fotógrafo de una vida secreta, la de un elemento con el cual convivimos: la vida secreta de la luz. Su exploración no pregunta tanto por la esencia de la fotografía sino por la manera en que la fotografía es lo que es, una interrogación distinta, quizá más modesta, pero no carente de importancia. Es como si al captar momentos de la vida de la luz, Dubner, a la vez, arrojara también una luz sobre la manera—de nuevo la manera— en que el mundo es .
La presente exposición, bajo la curaduría de Juan Travnik, que conoce la obra de Dubner desde el principio, no sólo es interesante sino que también resulta útil. Incluye fotos más figurativas, fotos en las que se ve un elemento de la vida cotidiana—una ventana, los faros de un coche, una lámpara fluorescente, el resquicio de una puerta—y las fotos más abstractas, las de la luz en sí, que son el meollo de la exploración de Dubner. Lo figurativo pone en contexto lo abstracto y viceversa, de forma que la exposición se ayuda a si misma a explicarle al espectador lo que tiene delante de los ojos.
Yo sabía de esta exposición desde hace unas semanas. Acudí a la inauguración con cierto miedo—a salir defraudado—y con mucha curiosidad. La curiosidad fue satisfecha con creces y en absoluto me sentí defraudado. De hecho, tengo que volver: quiero seguir explorando esta exposición, y si soy capaz, escribir algo más sobre ella. No es muy a menudo que uno siente esa necesidad.