Galería Ruth Benzacar
Hasta el 14 de junio
¿Será cuestión de la edad? ¿De los tiempos que nos ha tocado vivir? Miguel Rothschild (Buenos Aires, 1963) tiene un año más que yo, por eso lo digo. He visto su exposición y he reconocido algunas estrategias que en el pasado utilicé en el teatro. Principalmente la de tomar direcciones contrarias para hacer un mismo camino: tensión, lo que podríamos llamar una dialéctica de la experiencia.
No sé muy bien si se trata de expectativas agujereadas por la experiencia o viceversa, o una mezcla de ambas situaciones. Pondré un ejemplo: el humor cuando es serio, viene siempre de la amargura. ¿Debo añadir que la falta de seriedad en el humor, eso con lo que los medios intentan obligarnos a la alegría, no me interesa? Lo filtro siempre. El humor de Rothschild tiene esa seriedad que importa, que hace reír con conocimiento de que la risa no dura.

En esta exposición también encontré una suerte de comentario sobre las alegrías obligatorias a las nos resulta tan fácil acostumbrarnos. Lo mismo con las tristezas obligatorias. Lágrimas que caen al suelo con el peso del plomo. Decenas de siluetas de San Sebastián perforado por las flechas, los agujeros convertidos en confeti regado por el suelo: una fiesta. Lo que de este santo nadie recuerda es que no murió asaeteado, el golpe de gracia (con perdón) fue un mazazo. Quizá lo que nos ocurre es que celebramos que las desgracias no nos han finiquitado, ignorantes de que ahora viene el hombre del mazo (Ral Veroni, en sus alegorías le da un nombre: el tiempo.
Sólo es cuestión de esperar a que termine la fiesta. Mientrastanto, podemos acudir a las hileras de cotillón que, como contrapunto a las grandes representaciones de los espacios de la globalización de Andreas Gursky, aparecen como opción… y más baratas.
