Viajero con souvenir



Enrique Vila-Matas: Soplaba la tramontana, y recordé que en mi juventud yo deseaba ser muchas personas y ser de muchos lugares al mismo tiempo, pues ser sólo una persona me parecía muy poco.

John Ashbery: One morning you appear at breakfast
Dressed, as for a journey, in your worst suit of clothes.
And over a pot of coffee, or, more accurately, rusted water
Announce your intention of leaving me alone in this cistern-like house.
In your own best interests I shall decide not to believe you.



Abro el ordenador y me encuentro con esto:
Parece que existe una rara maquinación
que produce para la venta vacaciones perdidas
lucha de recuerdos entre las dunas
destripamiento del equipaje sonoro de todo un mes
o la ausencia de vegetación donde menos la esperas.
Y claro, es todo mentira, o parte
del mismo complot que nadie esconde.
Que queda abierto como una vaca de consumo y exportación:
anoche vimos un costillar, todavía sangriento
en la calle, junto a la puerta de una cocina;
pero pasamos de largo, como ocurre a menudo
sin saber qué decir.

Nadie tiene la culpa si da con la respuesta por accidente
y resulta que es falsa.

El asunto es que algo buscábamos y eso era lo importante:
la imagen del mundo en un instante
o la señal nueva que apuntara a quien estuviera a tu lado
pero sin señalar, sin escoger
porque robamos tiempo como hijos de una madre que miente.
Y en efecto, ahí está la publicidad con su aviso de neón
reflejado rojo en un charco de noche:
Todo lo que se cancela vuelve
y todo lo que vuelve se cancela.

¿Recuerdas cuando abríamos la ira del viaje sobre la mesa
junto a los mapas, las tijeras
y la planta que alguien nos regaló?
Todavía era posible soñar con otra orilla:
una garantía de nubes reventadas
catálogos de un día anterior
y las horas de espera obligatorias como un bisturí
o la felicidad.
Pero bastaba la esperanza de lavar cualquier idea brillante
y su herida
para conocer el día, o por lo menos, el color de la hora.

Por esos días tuvimos una conversación prolongada:
las palabras se deslizaban por el frío de la piel
bajaban hasta las manos
que alcanzaban un hombro para acariciarlo un instante
dejándose llevar a la memoria del que pudiera persistir.
Hasta que no quedara nadie.

Hay algo ahí que tiene la muela de un traidor
que se mira al espejo
dejando el cortauñas sobre la repisa
como si hubiera cambiado de opinión.

Al abrir las ventanas a primera hora
decíamos que todo era frágil: el hierro
un día de sol en otoño, la noche anterior.
Y a la mañana siguiente, salíamos abiertos al miedo
pero sin las cadenas de lo que pensábamos en realidad
fueran de papel, o similar.
Salíamos sin esa especie de batalla perdida
que la tarde prefiere vigilar de cerca, como a un suicida:
uno mira, sin querer, a otro lado
pero igual se da de bruces
contra los que se entregan para devolver la esperanza
llenándose la risa de una agonía de azúcar hirviendo
como si molieran los cristales de su propia mortalidad.

A cambio, se dice, uno tiene siempre la posibilidad de viajar
y en la sala de embarque, durante la espera sin viento
observábamos cómo la sangre de los aviones
manchaba la terminal, sus muros
los ventanales que daban a la pista
y al asfalto de una promesa llena de baches.

Prometemos y prometemos, la mano
jugando con la cadenilla del reloj del abuelo
como si anduviéramos de noche por un camino de piedras
y cada promesa pudiera evitar los tropiezos
la rodilla ensangrentada
la aparición de nuevos profetas, cada uno en su estuche de lujo
y el ansia de otro mundo
tatuada en el brazo roto al caer.

Como si eso renovara semblanzas del mapa
—sutilmente recortado—
que nos invitó a salir.

Todavía era posible que el mapa indicase algún día
los accidentes del camino: precipicios, médanos de risa
la casa abandonada en un año como cualquier otro
excepto por el abandono y su silencio de bajo augurio;
lugares donde conviene detenerse ante el paisaje
sacar la foto
y deducir con ella un futuro más cercano
parecido a ese árbol que ves ahí, al final
y a cuya sombra decir lo que sea equivale a decirlo todo:
mientras se sea fiel a lo que sea, y a todo lo demás.

Pronto sabremos algo de nuestro vuelo, nos gustaba decir.
Escribir en la espera parecía la única idea de presente
mientras la corriente cerraba todas las puertas
con la idea de encajar una realidad con otra
y dejarlo todo más compacto:
una valija bien hecha, ya junto al ascensor
lista para el momento en que toda interrupción
se interrumpe.
Luego, todo era cuestión de tomar el taxi más lento.

Con lo prometido, vamos puliendo nuestras vidas
o dejando en ellas
la memoria fiel de una irritación en los ojos
en la mirada que podremos llegar a tener
cuando todo esté claro y dicho sin darnos cuenta.
Son actos tan pequeños
como tirar un papel por la ventanilla
de camino al aeropuerto.
En este caso no importa la lentitud del taxi;
ni el tiempo que nos daría para pensar
si el taxista se callara de una vez.
Tampoco importa la brisa que nos refresca el olvido
—si la ventanilla sigue abierta—
ni cómo nuestra mirada recae
sobre el vaivén de resaca y borrachera
en el que parece que siempre vive la ciudad.

Hay cosas que a veces llegan como un viento corto
que corta un silencio de noche en invierno.

Busco en los bolsillos
pero el mapa no aparece.
En la distancia se oye el mar y en lo alto un avión.
Cada uno llega hasta mí como esa idea inmejorable
de lo que debí decir en aquel momento—
cuando la promesa me salió de los labios
y la sorpresa de oírme
fue la invitación a seguir este camino
avanzado el atardecer
salida ya la luna de mis ambiciones:
cuarto menguante o creciente—
no recuerdo cuál.

Siempre se abre la sombra de una cancelación, claro
pero su raya viene roja
—quizá teñida a mano—
y su peligro, cada vez más apreciado
raspa los dientes
como un aparato de escribir que ha fallado.

Para el calígrafo todo espacio es tiempo
y toda voz, trazo.

En una extraña metástasis del silencio
los altavoces anunciaban que dejarían de anunciar.
Esto dejaba en la sala de embarque
un aire falso, como la opinión neutral
de la que tanto nos valimos antes
para dejar que los profetas se fueran.

También me devolvía a la memoria
los mails no enviados;
el desaliento de estar sin palabras al teléfono
lleno el cenicero de los nervios
a la espera de todo nuestro presente.
En momentos así
las voces que llegan a colarse de la calle
se meten debajo de las uñas
hasta que hay que cerrar la ventana
o lavarse las manos de lo que uno toma por cierto.

Así fuimos sabiendo que no volverían:
los profetas, las promesas vueltas a hervir
en agua de preguntas que al hacerlas se evaporan
dejando en la piel, en los mapas, la caligrafía y las tijeras
un olor a certeza y rito de paso—
al uniforme nuevo y siempre igual
de cada principio de año.

Siempre estoy por empezar el viaje.
Te miro y te digo:
¡Cuántos viajes hay por empezar!
Cuántas nubes extranjeras y huelgas
y caramelos en el aire.
Cuántas luces por el horizonte
a un lado y otro de la pista. Y casas y calles
que nos gustaría reconocer
mientras el avión se dispone a aterrizar.

¿Y las comidas?
Pronto charlaremos con el camarero en su idioma
y pagaremos la cuenta sin rechistar
hebrios de instantes inolvidables
que la agencia prometió
y guarda en una cajita de cartón azul
que nadie ha pensado en robar.

Hemos olvidado el aburrimiento
su fluir un tanto púrpura
por el pavimento cerrado en tiempo real.
La sala de embarque llega a vivir en nuestro interior.
Nos okupa, y nos mantiene ocupados.
No tiene adonde ir porque no quiere ir.
Sus perros nos ladran y les tiramos tiempo y vida
horas enteras tirando a moradas
para que se entretengan contra el cielo marrón
hacia el que huyen los aviones
alguno algún día, con nosotros dentro.

Hay retrasos que no se anuncian
pero se saben.
Las persianas a lo lejos ya no ocultan su mensaje
ni calabozo alguno de alegría.

El viaje parte de un rumor
entre las manos que se lo dicen todo
y la risa que no alcanzamos a comprender.
Luego se columpia a otro y otro rumor
encadenándolos
para renovar con cada uno la serie de recuerdos
que desde hace tiempo nos venimos comprando—
catalépticos recién despiertos
un día nos encontraremos
bajo dos metros de escasez artificial de sentido.

El día muestra su cara—
la foto de pasaporte que siempre hace reír.
Los árboles en la distancia cambian de sombra.
Resguardadas de algún contagio anónimo,
del rasguño mortal de algún error—
agotada cualquier amenidad, o ligereza del aire—
nuestras reacciones se vuelven lentas
se enfrían junto al café con leche que nadie ha querido.
Tras los ventanales, el mundo, el viento
unos cuantos empleados del aeropuerto que charlan;
todo parece luminoso y entero, y el cielo en fuga.

La luz que llega de fuera pule y ensancha los matices
para dejarlos caer de nuevo en manos parecidas
pero sucias como las de un niño.
Después quedarán abandonados y dispersos
—los matices—
por la alfombra de importancia sobre la que dejamos las cosas.
Si alguno rueda hasta los pies de un lector de revistas
lo hará como una aspiración desalentada.

La manera de reír que uno siempre encuentra lejos
y es la manera que tiene de estar con su amante;
de andar y desandar una calle
ablandándose las palabras para llegar a decirlas
camino de unos minutos más de abrazo
paralelo al tráfico mudo y triste de la madrugada:
quizá fuera eso lo que buscábamos—
lo que seguimos buscando
en el festival subvencionado cada noche
bajo la luna llena de nuestras compras.

Los días de semana se repiten como naranjas al sol.
Montañas de naranjas a la espera de los camiones que las lleven al mercado
que las traigan para el desayuno, para el pato
para la belleza en serie que se desprende
como el éxito de un aura cualquiera
y flota sobre las calles
para deleite de todos los que hablamos siempre
con alguna clase de acento extranjero.

Días que se repiten. Instantes idénticos.
El reencuentro con el perro abandonado hace dos vacaciones
como un buen poema, un poco más flaco
y yo diría que salido de una niebla tirando a muerta.
O del momento enterrado sobre cuya tumba
hemos visto sentarse a un amigo y descansar
la petaca de coñac abierta, casi vacía
en una mano que espera otra clase de reacción:
la del jefe de explosivos ante un edificio querido
minutos antes de abrir el baldío que la ciudad espera.

Me gustaría que el amigo llevara también aquella foto:
Varios de nosotros alrededor de un fuego paralizado
como queriendo retirar unas flores de las llamas
algunas secas y pronto perdidas, otras recién cortadas;
sin color en el blanco y negro de la foto
y quién sabe si ya en aquel momento sin los aromas
que después se confundirían con el aire de cera
que el tiempo obliga a respirar en su abismo blando—
entre el que he sido y el que seré:
una racha de perplejidad.

¿Qué nombre iba a tener yo en esa fuga
por del camino más divertido
entre los que van de horizonte a horizonte
por la tierra plana, seca, baldía y libre de todas las vidas?

Me pregunto a menudo para qué el poema;
por qué un verso así, aquí, pero no más tarde, igual
cuando con suerte sepamos algo más que lo que nos ocurre
a ti, a mí, juntos y por separado.
Uno se explica los accidentes vez tras vez encima de otra
y con plena conciencia de que mirar cambia lo mirado.
Las habitaciones de la memoria se van llenando en el descuido;
una forma densa del olvido atrae brotes de palabras
de cansancio recuperado
como si en el alma se condensaran y gotearan
gota y gota cada tantas horas
en la manera que tenemos de mirar
de oler el tiempo
de congelar el tacto para otro día
otro ejemplo de caballerosidad y cortesía
y la desesperación de otro lugar.

La noche oscura de cada mañana
iluminada por anuncios de neón, anticuados
faltos de una letra o dos
y desperdigados por la altura de lo que quisimos decir;
reflejados sobre la pared que hoy
mientras la sombra de la distancia a paso lento
por fin parece que desiste
o viene a contar que nunca hubo mejor amiga
ni mejor idea:
las ideas aparecen como muros y nos acompañan
pero a menudo no protegen de la lluvia.

Remolinos de aire y polvo, de sol
remolinos de luz contra los ojos cerrados.
Si hubieran sido fríos, de agua y más oscuros;
si hubieran sido en un río más que en el mar:
podría haber bajado al fondo.
Esa dicen que es la única manera de volver a subir
a respirar, al día y con suerte, lejos
a la tierra firme y su verdad petrificada
pulverizada por los remolinos que giran hacia adentro
y con tanta frecuencia deciden lo que somos.

Luego, sin que nadie nos vea, podremos cerrar los ojos
a los souvenirs de un viaje hace años
que durante una mudanza encontramos por sorpresa.
Podemos cerrarlos con la esperanza de hacerlo para siempre
o sólo durante un rato
y coleccionarlos, que también duele.