El problema con las palabras, y esto lo sabe cualquier poeta, es que significan. Aún peor: todos esperamos ese significado, lo pedimos, nos importa. He trabajado muchos años en el teatro; no soy muy aficionado a la danza contemporánea, pero he asistido a unos cuantos espectáculos. En ellos siempre me ha llamado la atención que en cuanto se dice algo, o se muestra por escrito, el público levanta la cabeza: ¡por fin algo comprensible! Ese es el problema de las palabras: el significado. No el sentido, que marca una dirección, varias, y nos pide que las sigamos a cierta velocidad. Los que siguen a Deleuze dicen que son líneas de fuga, y la velocidad se traduce en intensidad. Más o menos, no es tan sencillo.
Los dadaístas lo sabían bien y se decidieron por el poema sonoro. El problema no reside en las palabras en sí. También lo sabe Alberto Méndez, que expone sus poemas visuales en la Barraca Vorticista hasta el 10 de mayo. Lo que sabe es que de alguna forma hay que ralentizar la velocidad que se toma cuando cierto sentido, cierta línea de fuga, va en busca de su materialización (o petrificación) en un significado. Hay que ir más lento, a la busca de la intensidad. Y la lentitud, una mínima paciencia para descifrar las letras, puestas todas juntas, desemboca habitualmente con el trabajo de Alberto en el humor, que muy a menudo viene de la amargura. O del dolor: de los sueños vendidos.

No sé ustedes, pero yo tengo la costumbre de revisar mi vida de vez en cuando para ver qué sueños he vendido, cuáles he perdido, cuáles sigo persiguiendo. Si es un sueño de verdad, creo que nunca se cumple. Pero en momentos en que he hallado que algún sueño se me escapaba, he corrido tras él. Sí, esto parece salido de alguna canción oída por la radio, cursi como ella sola. Pero no niego que así vivo. Por eso me gustó tanto el poema que da título a la colección de Alberto: No vendo mis sueños porque duermo poco. Buen antídoto contra la radio y las cosas que uno no sabe muy bien cómo explicar y acaba recurriendo a los lugares comunes, a lo cursi.
No estoy de acuerdo con todos los poemas que Alberto Méndez ha colgado en las paredes de la Barraca, pero sí con la experiencia que la exposición en conjunto me ha dejado. Vale la pena darse una vuelta. Y mientras tanto (y sin permiso) he colgado un par aquí, como anticipo.