26/04/08
Mauro Giaconi
Hace un año que vivo en Buenos Aires; al poco tiempo de llegar le comenté a alguien que aquí se vive como en España en el 2000. Cuando me mudé a España en el 92, se me ocurrió que aquello era como Estados Unidos, de donde venía, en el ochenta y pico. Tiene que ver con el acceso al conocimiento. La internet ha mejorado mucho las cosas, pero no se ha logrado superar del todo la barrera socioeconómica que separa a muchas personas del conocimiento, de la información y de las herramientas de interpretación que hacen falta para salir adelante en el mundo contemporáneo. Hacía tiempo que no pensaba en esto—hasta que pasé hace unos días por Zavaleta Lab y vi la exposición de Mauro Giaconi.
En la pared, lo que seguramente es un libro entero de anatomía ha sido separado, hoja por hoja, pegado, las hojas distribuidas en una especie de rombo horizontal. Dibujada con una precisión sobre las hojas, hay una valla de alambre, trampantojo que se viene a la vista con toda la fuerza del hiperrrealismo: el espectador queda con la incomodidad de sentirse excluido del conocimiento reflejado en el libro abierto sobre la pared. En el muro de enfrente, lo mismo, pero las hojas pertenecen a revistas culturales y partituras de música. Más al fondo por la galería, y ya en obras enmarcados, la alambrada se extiende por papeles científicos.
El tema y juego de la exlusión se abre por toda la galería: una tienda de campaña con el acceso cerrado por un muro de ladrillos; un colchón colgado sobre la pared a gran altura y pintado con un cielo y sus nubes, pero con una reja de hierro forjado que lo aleja aún más del espectador; un suelo que podría ser de madera, por el dibujo de los nudos de la madera, pero que en realidad es de vidrio: ¡no pisar! Unos dibujos enmarcados pero cuyo vidrio protector viene esmerilado, de manera que a penas se puede atisbar el dibujo que hay detrás. En cada una de estas obras nos quedamos fuera.
Al desconcierto inicial por la exclusión, se une una especie de certeza fatal: no hay remedio, siempre quedaremos fuera, ¿quienes soy yo para exigir que se me permita la entrada a la tienda de campaña, el poder caminar sobre un suelo que no es mío, el poder llegar al final del día y soñar, o por lo menos dormir; alcanzar el conocimiento ofrecido en las paredes.
Hubo una exposición, en 1996, en el CGAC, de Félix González-Torres. Recuerdo en una de las salas una pequeña montaña de libritos, tamaño pasaporte, en cada una de cuyas páginas se veía un cielo, las nubes, algún pájaro. El espectador podía llevarse los que quisiera: eran una invitación a salir, a viajar, a soñar. Lo que veo de Giaconi en Zavaleta me parece lo opuesto: una constatación de que esa invitación no existe más. Y si existe, no es para mí. El mundo, está claro, ha cambiado bastante en los últimos doce años.
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