15/04/08
La importancia de un lugar en el que todo sueño es posible

A eso apuntábamos todos por aquella época, y a los premios perennes. Al premio incesante, obligatorio, por eso vivíamos donde vivíamos, separados en barrios cerrados, nuestra cárcel de oro y alegría, con piscina para siempre y algunas de esas lunas entornadas que nos miraban sin comentar, sin juicio. Nuestro premio interminable venía siempre sin juicio, no como los castigos para los demás que siempre quedaban, tarde o temprano, en nuestras manos limpias.
Yo me lavo las manos a menudo. Es mi trabajo y lo hago con gusto. Luego voy a donde me toque ese día y recibo mi premio. No podría vivir sin premios, sin ese pequeño incentivo que yo mismo me preparo cada mañana con el desayuno, y luego varias veces al día, hasta que llega la hora de dormir, que también es un premio, tras un día agotador de premios y manos limpias, de alegrías, de miradas que uno conserva en la memoria largos instantes, hasta que llega la hora del próximo regalo, premio, alegría, o de lavarse las manos una vez más.
Lo mejor de todo, lo que he aprendido en la vida, es a no quejarme. Cada vez que tengo una queja, me lavo las manos y alguien es castigado en mi lugar. Así se aprende el duro trabajo de ser feliz en el mundo. De renovar el día con agua perfumada y jabón de las delicias. Se aprende a respirar la belleza de la fortuna.
Archivado en: Improvisaciones Cuadernos

abr 16, 15:59
Leyendo el texto me quedé a medio camino entre el “tunk” y la sonrisa tierna. Al terminar me acordé de mirar la imagen…
¡Qué cabrón! :-)
abr 16, 16:53
Por eso la imagen va antes. Aunque estoy aprendiendo.