Negros y blancos


El 6 de abril Mario Vargas Llosa escribió un artículo en El País sobre algunas de sus recientes experiencias en la Argentina. Sus amigos lo llevaron a visitar la Biblioteca Miguel Cané de la calle Carlos Calvo, donde trabajó Borges de 1938 a 1946 , uno de los lugares de peregrinación de los tours literarios de Buenos Aires. Después, supongo que dando un paseo por Carlos Calvo, sus amigos lo llevaron a comer al Café Margot, antiguo Trianón, donde se inventó el sandwich de pavita (en escabeche o blanco) en algún momento de la década de 1940, y del que se cuenta que la gente hacía cola para probar. Se dice que hasta Perón acudió, pero se duda de que haya tenido que esperar. Entre esos dos lugares del barrio de Boedo, Buenos Aires sur, Vargas Llosa imagina un Buenos Aires mítico, europeo, culto, la imagen de la ciudad que tanto la oligarquía terrateniente, con sus palacios afrancesados, como el Grupo Florida, al que Borges perteneció, intentaron proyectar al mundo. Esa es la imagen que Buenos Aires norte sigue persiguiendo.
Vargas Llosa no cuenta que su excursión fue por el sur: tanto la biblioteca como el café donde comió están en el barrio de Boedo, que dio nombre al grupo literario opositor del de la calle Florida. Boedo: escritores comprometidos, periodistas, poetas de la calle, del tango, lunfardos. Florida: escritores estetizantes, europeizantes, alejados de cualquier compromiso social; unos cuantos, como Bioy-Casares y Girondo, pertenecientes a la clase alta. Borges, hijo de una familia de abolengo pero sin dinero, aspiraba de cierta forma a pertenecer a esa clase, pero debía trabajar y trabajó en Boedo. En alguna ocasión se le ocurrió decir que, puesto que pasaba tanto tiempo en esa zona, él también pertenecía al grupo del sur. Las risas lo hicieron volver a los cafés de Florida. En los últimos tiempos se ha empezado a recuperar a algunos escritores del grupo Boedo— César Tiempo, Álvaro Yunque, Armando Discépolo— que nunca tuvieron tan buena prensa o apoyo institucional y financiero como sus opositores.
Frente al Café Margot, cruzando la avenida, hay un viejo cine, hoy iglesia evangelista. El evangelismo ha entrado en América Latina aprovechando los estragos que la violencia física, moral y económica (de los que escribieron los integrantes de Boedo) ha hecho en el continente; ha venido a ofrecer consuelo a la desesperación y el miedo de la gente. No es de extrañar que haya más centros evangelistas en el sur de la ciudad que en el norte. A Vargas Llosa, en su breve paseo por esta zona del sur, no le llamó la atención.
En la segunda parte del artículo, Vargas Llosa cuenta una aventura que tuvo en la ciudad de Rosario. El autobús en el que viajaba junto con otros intelectuales, sus amigos, y periodistas fue atacado por una turba de piqueteros. Lo que sí le la llamó la atención al Sr. Vargas-Llosa durante el ataque, aparte de la violencia, es que los piqueteros se celebran como “negros” en contra de los “blancos”. De hecho, un líder piquetero D’Elía salió en la radio diciendo que mataría a todos los blancos de Barrio Norte (los barrios de Retiro y Recoleta, entre los más exclusivos de la ciudad). Le llamó la atención que los “negros” no eran negros sino blancos; pero no preguntó por eso, y si lo hubiera hecho, incluso a cualquier estudiante de secundaria hubiera obtenido una respuesta que hubiera dejado muchas cosas claras. En la Argentina, la discriminación de los negros por los blancos, aunque tiene tintes racistas, lo es más en términos socio-económicos. Negros son los pobres, los horteras, los villeros, los latinoamericanos que no se han europeizado: los que visten de cierta manera, tienen ciertas actitudes, escuchan cierta música. Una “negrada” es simplemente, para un “blanco” un acto de mal gusto, pero lleva sin duda una carga de odio bastante profunda. Durante años esta fue una forma de exclusión social bastante natural en la Argentina. Hoy los “negros” se han apoderado de su identidad (señalada e impuesta por los “blancos” como burla y discriminación) y la están llevando a extremos que los “blancos” no sospecharon jamás. Que un “negro” diga que quiere matar a los “blancos” de Barrio Norte (nótese la especificación geográfica) se traduce en un pobre diciendo que quiere matar a los ricos.

Y es que el hambre es una amenaza real en Argentina, incluso con su enorme producción agropecuaria. Lo es igual que en muchos otros países en desarrollo en los que en el último año los precios de la comida se han disparado, provocando hambre y disturbios en las calles. El contexto del ataque del autobús en el que viajaba el Sr. Vargas-Llosa es ese: uno de peligro de hambre. Porque si de repente los argentinos tuvieran que pagar por la comida los precios que se manejan en los mercados mundiales, una parte importante de la población pasaría hambre, la clase media perdería buena parte de los privilegios adquiridos con su trabajo y se echaría a la calle, la violencia sería extrema. De hecho, no cuesta nada decir que el gobierno, con sus enormes impuestos sobre las exportaciones de productos agrícolas y ganaderos, en realidad está protegiendo a la oligarquía, que no duraría mucho en manos de una revuelta real. Claro, siempre se puede recurrir al ejército y a la policía para reprimir esa violencia… pero ¿cómo explicarle a un soldado, a un policía, que la gente a la que está protegiendo es la que se lleva las ganancias de la comida que ni él puede pagar para alimentar a su familia?

Los piqueteros, que claramente son grupos de choque del partido peronista, salieron con su violencia a la calle no sólo a defender las posiciones del gobierno, sino a defender las propias en su guerra contra la miseria. No vale quejarse de la desaparición de la gran Argentina europea de la revista Sur y lamentar lo “negro” que se está poniendo todo sin querer entender el contexto. Además, esa Argentina mítica que el Sr. Vargas-Llosa evoca jamás existió, excepto en las grandes mansiones del norte de la ciudad y en los cafés y confiterías a los que acudía todas las tardes el grupo Florida. También cabe recordar que, desde la Semana Trágica de 1919 hasta los recientes cacerolazos y la contramanifestación piquetera, los disturbios en las calles y la violencia institucional han formado parte de la vida de este país de manera intermitente. Está muy bien comer en el Margot (sobre todo si uno viene con euros o libras esterlinas), lo que ya no está tan bien es no salir a darse una vuelta por los alrededores y ver cómo vive la gente.

Por cierto, me han dicho que en los hoteles de lujo de Buenos Aires se pueden contratar tours de las villas miseria. Al parecer son bastante seguros y no hay que temer ataques de ninguna clase.