¿Libre?


Anoche fui a la inauguración de una exposición. Se trataba de objetos transformados, lo que les cambiaba la función, la manera de entenderlos, todo muy Duchampiano. Una frase me vino a la cabeza mientras me daba una vuelta: Hay que saber transformar los objetos. Luego me fui al Federal, mi bar favorito de la zona y con una cerveza y un cigarro escribí lo siguiente en mi cuaderno de bolsillo:

Hay que saber transformar los objetos para poderlos volver a ver; y al renovar la mirada sobre el objeto, limpiarla y abrirla de nuevo sobre el mundo. ¿No es ese un lugar común, ya? ¿Por qué sigue siendo tan efectivo? ¿Tan necesario? ¿No nos hemos convertido en adictos a la renovación de nuestra mirada?
El mundo nos cansa. Se nos ha vuelto repetitivo a base de la incesante presentación de novedades y el interminable desfile de las cosas de ayer que pasan por delante de nosotros portando el rótulo: “¡Esto es HOY!”
Nuestras economías espirituales—y las otras—dependen de este desfile. Tras verlo pasar podemos volver a casa tranquilos; hoy hemos sido testigos de lo último, se lo podremos contar a nuestros nietos, si logramos rescatarlo de la montaña de basura nueva que hemos ido, vamos y seguiremos acumulando en el patio de nuestra experiencia.
¿Qué hacer? Hay algo que me está funcionando. He llegado a un punto en el que cada vez me preocupa menos la novedad de un objeto, de una idea, y más su validez y su utilidad (para mí, ya que no me considero apto para legislar la vida de los demás).
Es en este sentido que me he vuelto utilitario. ¿Qué objeto, qué idea, qué obra de arte, qué poema me sirve para vivir mejor? En los meses que llevo en Buenos Aires, aunque he conocido a mucha gente, he vivido bastante aislado, ajeno a la presión social, personal, que se ejerce por medio de la novedad. Me he vuelto más austero y más sibarita simultáneamente. He aprendido a escoger con mayor discernimiento—a discriminar, debería decir sin no estuviera prohibido.
Puedo añadir, como tal discriminador y más o menos en broma, que me he convertido en un nacionalista, y que mi nación soy yo. Pero no quiero que se confunda esto con un egoísmo, un egocentrismo y menos (espero) con un narcisismo. Sigo estando abierto a probar cosas. La diferencia reside en que me he quitado de encima la presión de adoptarlas simplemente porque llevan el sambenito de la novedad. Esto, según voy experimentando, es más que una forma de autonomía. Es la independencia. Y la libertad.