La dispersión


Conocí a Amelia en El Agujero, un bar de Valencia donde ella trabajaba y al que yo solía ir a almorzar casi a diario. Mientras uno almorzaba y la otra trabajaba, fuimos entablando una conversación que ahora parece que se reanuda. No hace mucho, recibí en la página de contacto de Buenos Aires Ideal un correo de Amelia, que se decidió a dar señales de vida. De inmediato le contesté y, sabiendo que es una viajera empedernida, la invité a mi casa de Buenos Aires, o por lo menos a enseñarle la ciudad. Luego me extrañó que no me contestara, hasta esta mañana cuando he recibido un correo en el que me cuenta que ha estado en Rusia y que por ahora no tiene dinero para viajar pero que no olvidará la invitación. Espero que así sea.

Pero una pregunta que me hace tiene que ver con algo que estaba pensando el otro día: “Me ha divertido mucho el relato de tus múltiples cuadernos, ¿cómo te puedes aclarar con tantas libretas y tantas anotaciones?” El problema, si hay que precisar, es que ¡no me aclaro! Y no sólo uso un montón de cuadernos, mantengo varios blogs, lo que empeora de manera considerable la cosa.

Mi idea es que me resulta imposible tanto una visión unitaria de mí mismo como de mi entorno. No soy un Pessoa, que padeciendo un síndrome similar inventó sus heterónimos: encontró cierta, digamos con mucho cuidado, unidad en la escritura, por más inestable que fuera esa unidad. Yo mantengo los cuadernos y los blogs, más o menos para tener a mano todos mis intereses y trabajos. Nunca he logrado la unidad. Lo intenté con el teatro, que al ser un arte múltiple, me permitía desplegar mis maneras de hacer de una forma casi organizada (por lo menos el resultado final era organizado, excepto en la Internacional Melancólica); pero sentía que muchas cosas quedaban fuera, que la coherencia que el público le pide a una obra de teatro me obligaba a centrarme demasiado.

Cuando tenía 22 años, encontré una carta que mi maestra de tercero de primaria había enviado a mis padres cuando yo tenía 8. En ella decía que el problema conmigo era que me interesaba todo, que había que empezar a darme una dirección más concreta o siempre tendería a dispersar mis energías. Nadie lo hizo, y en realidad lo agradezco; mi curiosidad va en todas las direcciones y me gusta que así ocurra… aunque luego haya que sufrir por no tener dinero (la adquisición del cual exige una concentración de los intereses que le limita la curiosidad a mucha gente).

Luego están los poemas, donde no me preocupo demasiado de lo que digo, dejando lo que haya que decir salga solo. A veces, releyéndolos antes colgarlos en este blog, me doy cuenta de lo que me preocupaba cuando los escribí. Lo malo es que no suelo ponerles fecha, así que sé que algo me preocupaba en cierto momento y cierto lugar, pero no recuerdo cuáles. Sí, creo que es en los poemas donde encuentro esa concentración y unidad, aunque a menudo se me diga que éste o aquel son por completo distintos a los que escribo habitualmente. Es algo que casi (casi) me trae sin cuidado.

No sé si he respondido a la pregunta.

3 Comentarios para La dispersión

  1. gemma escribió:

    Hay una pregunta que nunca te hice y esta entrada, junto con la anterior y que viene referida en esta misma, me viene al pelo para plantearla: ¿cómo narices haces limpieza y consigues quedarte con dos cuadernos, de once, si en todos ellos hay cosas importantes y/o imperdibles?

    Y por cierto, de nuevo aprovecho la coyuntura, saludos a Amelia, desde que te fuiste a BsAs no he vuelto por el Agujero y por lo que cuentas parece que ya no trabaja allí, permíteme pues que aproveche tu espacio para mandarle un beso.

    Pues lo dicho, gracias a vos y un beso Amelia

    La chefesa melancólico-internacional

  2. Roger escribió:

    Pues, no hago limpieza. Los cuadernos no son para eso. Cuando uno está lleno, sigue encima de mi escritorio durante semanas, o unos pocos meses, hasta que las notas ya no me sirven, y lo pongo en la estantería junto con los demás, los antiguos. De vez en cuando vuelvo a alguno, o como he hecho en este blog, cuelgo páginas de esos antiguos, las que se sostienen sin explicación, principalmente collages. Si una nota no entró en un proyecto, normalmente la olvido. No vuelvo a leerlos nunca, como tampoco soy de leer poemas de hace años. Ni nada más que haya escrito. Soy presa de muchas nostalgias, pero no de esa.

    La bronca real está en cómo escoger 2 de once cualquier mañana cuando estoy por salir de casa. El más pesado no va: fácil. Lo demás depende de lo que piense hacer ese día. El viernes por ejemplo, salí con los 3 Meridiano, uno para escribir, otro es la agenda y el tercero es el de tomar notas en la calle. Los usé todos. También llevaba un moleskine que usé en una parada a tomar café para corregir un poema que tengo entre manos. Son 4 cuadernos. Luego llevaba dos libros (uno de Michel Butor y otro de Fraçois Emmanuel), el móvil, un lápiz y una pluma, y un rollo de cinta de pintor que uso para pegar cosas rápidamente para que no se me pierdan.

    Como ves, me encanta hablar de todas estas chorradas logísticas. Luego lo bueno es siempre escribir.

    Salud

  3. Amelia escribió:

    Es cierto que tu dispersión va enfocada, si puede decirse así, hacia la curiosidad. Desde hace algún tiempo estoy conociendo de cerca casos de personas que se dispersan en sus propios recuerdos y desordenan sus actos por senilidad, demencias que les hacen recordar sucesos de hace decenios y que no saben quienes son ahora. Me pregunto si la curiosidad,también movió a esas personas en un pasado, tal vez el hecho de conocer sólo les sirvió para sobrevivir. ¿Para qué queremos saber?, ¿Sabemos porque queremos?.
    En estos días de campaña electoral me dan ganas de taparme los oídos para no saber más, me duelen las orejas de oír tonterías, falacias, mentiras y sobre todo estupideces.