Diario de mar


Llegamos a este mar con las velas apagadas
y algunas en jirones o rotas en el mástil.
Varió el tiempo, la luz, el sabor del aire.

Al hundirse, nuestro ánimo se acercó a nosotros
y le respondimos con alegría, en falso
quedando sin opinión, escondido el miedo.

Se abrió el viento como un nudo caliente;
y aunque entendíamos perfectamente su idea
la discutimos con el bombeo del agua, con ira.

Pronto los marineros se aliaban a los botes;
lanzaban bultos y vidas por la borda;
uno contaba monedas, buscando más días.

Otros miraban a la grieta del horizonte
agria del sol, que se pudría en la tormenta.
El capitán, mudo al timón, dejó de ser nuestro.