Dios y/o el Mercado

El 21 de diciembre de 2007, Paul Krugman escribía en el New York Times que Allan Greenspan primero, y Ben Bernanke después, sucesivos directores de la Reserva Federal norteamericana, se negaron a aplicar medidas de control en el mercado hipotecario, el mismo que en los últimos tiempos se ha venido abajo, por pura ideología. Ambos son defensores del mercado libre absoluto. Pero en lugar de ideología, creo que valdría la pena decir que no lo hicieron por razones religiosas. No se puede recortar el libre albedrío absoluto de Dios, que es todopoderoso, y hoy Dios es el mercado.

Esto se ha dicho muchas veces y no tiene nada de nuevo. Fue Calvino quien inventó aquel mito de la mano invisible, Adam Smith lo aplicó al mercado. La mano invisible original es la de Dios. Calvino era abogado y su reformulación del protestantismo de Lutero fue crucial para la religión y para la cultura occidental.

Tres formas básicas de entender la Eucaristía son la católica, donde la transubstanciación del cuerpo de Cristo es literal; la luterana, que admite que la hostia es sagrada, pero la aparta al terreno de lo simbólico; y la calvinista, que separa completamente signo de significante: la hostia no es el cuerpo de Cristo igual que una palabra no es su referente. La calvinista lleva al juego libre de signos que no se refieren más que a otros signos. Esto permite, más adelante, que el dinero sea un signo que se refiere a otro signo, no a una sustancia valiosa o al trabajo.

Y qué es el mercado sino signos en perpetuo movimiento. El capital se compone de impulsos electrónicos en fuga incesante. Podríamos decir, siguiendo la ideología corriente (la del Dios mercado), que Dios no es más que el eterno intercambio de signos.

Está claro que si el mercado es Dios, o viceversa, su omnipotencia no puede ser limitada por la raza humana. Sin embargo, el antiguo testamento trata del pacto hecho entre el pueblo elegido y Dios. ¿No quedó claro, tras el diluvio universal, que Dios no volvería a destruir a la raza humana, a cambio de que nosotros cumpliéramos su ley? Esto fue un límite impuesto a los poderes de Dios, ¿no?

Quizá valga la pena pensar en pactar con el mercado: encontrar límites, a cambio de nuestro respeto de sus leyes. ¿O hace falta otra revolución teológica, económica, social?

En otro post hablaba yo de la competencia entre los dioses, de un politeísmo en el que las distintas esquemas culturales compitieran entre sí. Pero esto resulta imposible si en última instancia sólo existe un dios, que hoy llamamos Mercado, una ortodoxia tan intransigente, guerrera e inquisitorial como la Católica de la Edad Media.