02/10/06
Un paseo para Pla
(Con motivo de la exposición “El pintor y el paseante”, de José Pla Mellado)

Caminar: ésa es mi droga. Kilómetros y kilómetros andando por la ciudad, así pertenezco a la ciudad, así pertenece a mi mapa mental de la realidad. En parte, es caminar para pensar, para echar a volar la imaginación, cometa sin hilos en tardes largas y tormentas junto al mar, nuestro mar de dudas.
Mi abuelo me enseñó a caminar kilómetros. Largas discusiones sobre aquel o este poema, sobre las guerras, sobre la ira y sobre la paz, son lo que recuerdo de ese hombre en el exilio—huido para salvarse y salvar a su familia.
En Valencia tres décadas después, sobre el puente de Calatrava un día, caminando solo, recordé una pregunta de examen de instituto. Caminar no sé si es bueno para la memoria, pero lo es para el recuerdo. Pregunta: ¿Cuál es el doble de 0° Centígrados? Multiplicar por dos no vale, sigue siendo cero. Pero ese cero no es un número absoluto, es relativo al punto de congelación del agua, conveniente como medida: somos agua en tres quintas partes. Hay que convertir a la escala de temperatura absoluta, a grados Kelvin. Lord Kelvin inventó el sistema que condujo a la refrigeración que aún hoy usamos, hace más de un siglo. Inventó mucho—mil patentes le ayudaron a hacerse rico—y fracasó en su problema favorito: calcular la edad de la Tierra. Convertido el cero a Kelvin, multiplicado por dos, convertido una vez más a Celsius, la respuesta es 273,25°, el doble de cero.
Cruzo el puente, llego al semáforo y me concentro en cruzar en rojo. Preferencia de los coches por encima de los peatones, los caminantes, la imaginación y los sueños, el recuerdo. Todo es un error en la velocidad de las calles—correr para no llegar a nada, a ninguna parte, para no llegar. En la Puerta del Mar busco más duplicaciones y dobles. Vivimos en la era de la duplicación acelerada. Primero la Revolución Industrial nos hizo ricos a base de objetos duplicados, duplicables a gran escala. Hoy, todo se duplica, a cualquier escala y a gran velocidad: la Revolución Digital. De estas revoluciones un efecto que algunos consideran pernicioso es la duplicación sin permiso (pero duplicación al fin y al cabo, que es el propio paradigma de lo Industrial y lo Digital) de ropa de marca, de relojes, bolsos, música, cine, todo. Todo se duplica, todo puede ser falso. Pero lo falso también existe, también es real, también es verdadero.

Empezamos también a duplicar personas—no, personas no—seres humanos. La persona, para serlo, necesita también de la experiencia, de cada instante vivido, de las circunstancias, y eso, por ahora, no se puede doblar. Igual que partes de esa experiencia—la educación, los amigos—se pueden escoger, el ADN también. Información física (química), el ADN es el generador de seres que está en el cruce entre la materia y la información, entre lo físico y lo simbólico, entre el cuerpo y el alma.
Queremos duplicarnos para salvarnos, aunque no sabemos si es sólo del miedo, del vértigo del existencia. O quizá de nuestra propia experiencia, de nuestras propias vidas, de nosotros mismos. Si somos alegría y sufrimiento hechos materia, ¿escoger nuestro ADN es querer escoger sólo la alegría, la felicidad, y eliminar el sufrimiento, el vértigo, la conciencia de la muerte? ¿No es la conciencia de la muerte lo que nos hace humanos, lo que informa nuestras vidas desde siempre, desde antes de nacer hasta después de nuestra muerte? ¿Desde el nacimiento de la humanidad? ¿No son alegría y sufrimiento lo que conduce a la condición y la evolución humanas?
He recorrido la calle Colón hasta Xátiva y la Estación del Norte. Aquí siempre pienso en coger un tren. Pero nunca sé adónde. Si fuera dos, si fuera yo y mi doble, podría coger el tren y seguir aquí. Es una tontería, lo sé. Pero es un sueño que he oído a muchos. Poderse ir, empezar de nuevo (aunque para eso habría en realidad que volver a nacer), conocer otros lugares, o simplemente subir al tren y mirar por la ventana—y así durante horas—para despertar en otro sitio, en otra vida. Todo eso al tiempo que permanezco aquí, en esta vida, en esta vida que amo. Camino por la ciudad y con frecuencia pienso que soy afortunado, que no cambiaría esta vida por nada. Por eso necesitaría un doble, para poder quedarme aquí mientras me voy.

O quizá, visto de otra manera, sí que somos dobles, por lo menos dobles (faltaría sumar o multiplicar nuestras distintas intensidades en combinación), cuneado en nuestras vidas somos felices e infelices a la vez. El sufrimiento y la alegría nos hunden y elevan y muchos nos asustamos de este caos de subidas y bajadas, de intensidades que se cruzan. La felicidad es difícil, la he conocido y sé que viene a borbotones y de repente se seca. La felicidad es la meta, ¿no? ¿No es su búsqueda lo que da sentido a la vida, al vértigo?
Por Guillem de Castro paso las torres de Quart hasta el río. Bajo al Turia, nuestro mejor parque, y sigo hasta el principio de este paseo, el puente de Calatrava. Sigo con los dobles. ¿Qué más quisiera duplicar? Hay días que valdría la pena vivir dos veces. ¿Cómo se consigue el doble de un día? ¿Del día perfecto? La duplicación forma parte ya de nuestra experiencia, de nuestros anhelos. Se nos aparece como un camino hacia la felicidad, hacia la perfección. Pero si lo perfecto es nuestra esencia, la perfección eso a lo que aspiramos, también es lo que nos destruye. No nos permite amar lo que somos, nos cierra el paso hacia la felicidad. El lugar para duplicar los días perfectos, es el paseo. No sé si caminar es bueno para la memoria, pero sí que lo es para el recuerdo.
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