13/09/07
Carta de un exiliado
Querido amigo,
Las nuevas calles permiten pocos hábitos antiguos:
paseamos en silencio
con la esperanza de que la mudez también explique
—más despacio—lo que fuimos, lo que nos queda por ser.
Volver es imposible, le dije a Carmen hace días.
Ella, sin contestar, abrió la puerta y entramos.
En aquel momento, poco después de llegar
el mundo y sus accidentes parecían infinitos.
Como en un ejercicio de amnesia
mucho nos queda por nombrar.
Poco a poco aprendemos la utilidad de objetos nuevos
pero la belleza de su novedad se va ajando con los días.
Una farola, una frase, una bandera, el ademán de un extraño
esperan a que los notes para conocer sus propios límites:
la frontera que los encaja en el mundo.
Lo mismo ocurre con la temperatura del aire.
Difícil conocer el frío y recordarlo con exactitud.
La luz influye.
Más allá del puerto, hay cielo gris y mar blanco;
el horizonte cerrado nos recuerda que estamos lejos.
No implica esto que dejemos de andar por la calle
y de admirar sus neones.
Como en todas las épocas y lugares
vemos cantantes y profetas apedreados—
nosotros, en el secreto de los demás
pasamos junto a ellos guardando humo
esquivando miradas
hilando con la voz, para quedar bien
un muestrario nuevo de opiniones.
Paseando también
encontramos el juguete roto de nuestra anterior existencia.
Al verlo, comentamos sus colores
casi borrados por el óxido
y recordamos el ruido de su mecanismo.
¡No quiero que me acuses de nostalgia!
Estaba atrapado en una alcantarilla
entre hojas muertas y otra suciedad.
No lo recogimos; llovía otra vez
y Carmen abrió el paraguas para volver a casa.
Afincados ya, lo supimos:
quienes llegan a pasar hambre tienen vedado el paso.
Y algunos que han sido felices
vuelven a casa, borrachos de palabra
vacía la bolsa de la compra.
Pienso a veces que reír está mal visto entre ellos;
y calcular las distancias que van del propio tejado
a la expansión del universo parece estar prohibido.
Aunque también es cierto que no pueden saberlo
la ignorancia de esas dimensiones
hace de nuestro mundo un sitio más pequeño:
más acogedor, más alegre, más triste.
No sé qué más contarte.
Permanezco siempre tu amigo,
RC
Archivado en: Viajero-con-souvenir Poemas

sep 16, 11:09
Ostras, qué cosas se encuentran en la web!
Este texto es una joya ilustrativa de los mecanismos que describe Luis Bonino.
No es un gran papel el que le atribuyes a Carmen en esta historia: ni le escribes directamente, ni le preguntas lo que ella quiere; ni siquiera le dices directamente lo que tú deseas (pero supones su disponibilidad).
Dirás que es ficción, claro. Si existiera una Carmen de carne y hueso, aún sería más grave ese ningunéo.
El estilo es menos importante, comprendo que no se puede ser perfeccionista en una carta tan apresurada. Pero, aún así, ese ‘no sé qué más contarte’ no te queda muy glamuroso.
No sé qué más contarte.
Rossy
sep 16, 21:06
Me conmueve la mezcla de melancolía y asunción de la realidad presente, todo ello medido o revuelto con la vara de lo insondable. Si Carmen existiese sería la encarnación de la vida y sus contingencias. Si “tan sólo” es el poema mismo, como su nombre indica, recoje en su pasividad toda la actividad del universo. En todo caso el valor del pasado, el respeto en la distancia, en el silencio, el peso de lo que fue como un tesoro que lastra.
Por otro lado, las interpretaciones de primero de Psicología como la precedente tienen su interés, como algunos poemas de vanguardia postadolescente que en su día escribimos, para estimar si el talento existe. Pero más allá de esto, fácil es descubrir como la inmadurez consiste en algunos casos en ver en los demás aquello que nuestro interior proyecta. La audacia es la supérflua genialidad de nuestro tiempo.
sep 17, 15:15
Siempre he pensado que encajar un nombre propio en el poema es un acto de valentía y honestidad. Hacerlo con éxito prueba el valor de un poeta. Un valor que no está, por suerte o por desgracia, al alcance de todos los lectores.
sep 18, 06:34
Exactamente: La Mujer como imagen de ‘la vida y sus contingencias’ (qué total!): La que nos sostiene en nuestras idas y venidas. La que nos ‘abre el paraguas’. La que adivina y ejecuta por y para nosotros. La que, ella misma, no existe.