10/09/06
A la sombra del árbol
¿Recuerdas cuando nos escondíamos junto a él
y nos reíamos de las piernas que iban y venían
rompiéndose al pasar?
Los niños gritaban, ¡Mira, mamá
cómo se me rompe la pierna!
Y las mamás miraban a otro lado con orgullo—
su línea de flotación más alegre que nunca.
Por aquel entonces, deseo y recuerdo se unían
y siempre se despejaba el día difícil
—monedero en mano—
a la hora en que la arena más peligraba.
Yo trataba de esconder mis palabras mejor que tú
aunque el árbol te favorecía más y de lejos.
Este año tendremos la mejor cosecha, decías.

oct 1, 06:49
Cada vez que leo un nuevo poema tuyo, con la sensación de que fue escrito al menos varios días después, si no semanas, que el anterior, el dinero aparece presente en el poema; o quizás es el propio poema el que busca un lugar entre lo más perverso.
oct 1, 14:06
¿El dinero es perverso? El dinero es como la escritura, sirve para lo bueno y para lo malo. Lo que sí es, es lo más común, lo que todos usamos, y tan a menudo, la precondición para que podamos hacer algo, lo que sea, incluso aquello que nos dará un día, un momento, de felicidad. ¿No?
(En el caso de este poema, el monedero me parece que desdramatiza, baja las cosas al suelo; se me ocurre ahora que lo leo.)
oct 1, 21:18
Sí, pero es cierto que corrompe el orden de las cosas. Hay un antes y un después del dinero como hay un antes y un después de casi todo. Aún no hemos conseguido que el después sea considerado como algo positivo en sí, tan sólo la esperanza de que lo peor puede algún día volver a ser mejor. Decir que el dinero desdramatiza un desfile de piernas rotas no me parece… diría más bien que lo deshumaniza, tal vez lo descarga de emotividad pero sigue pareciéndome duro.
En cuanto a la felicidad, sin dejar de ser un tópico, no creo que pueda darla el dinero; tal vez momentos de satisfacción, pero son estados distintos por intensa que esta pueda ser.
Salud y amor, hermano!
oct 1, 21:21
Si hay un guante lo recojo:
Recuerdo tus piernas temblorosas en medio del parque
buscando un árbol de raíces lo suficientemente altas para cobijarnos
de la lluvia de hojas de tus espasmos
Siempre era temprano pero en los días lluviosos las mamás se quedan en casa
y aprovechan para enseñar a sus hijos a contar
las monedas de curso legal.
-Si me das dos billetes de cinco te daré uno de diez, de los rojos.
-¿Y al final me dará también los dos de diez? Pensaba yo por aquel entonces
La arena desaparecía bajo un mar de hojas.
Desde tu silencio renegabas de mis predicciones.