Vértice


Dormiste. Me gusta esa sonrisa
como de niña y de lobo
de una infancia que nos queda imaginar
y nunca, o casi, al mismo tiempo.
Más tarde, besos, la búsqueda radiante
de un tesoro. En el patio había un río—
lo cruzamos hasta la puerta de doble hoja
y sólo abro una, esa leve confianza
que hay que tomarse a veces, a bolsillo vacío
y luego encender la luz para ver
quién ha venido a vernos, y viceversa.

Espero haber omitido algo
en esto que te cuento ahora. Mañana veremos.
Por hoy, no sé si seguir clavando agujas—
principalmente las que significan
otro día no sé donde—en la pared.
¿Servirán para engancharnos?
¿Es el amor otro vicio, como anuncian?
Y nos íbamos a reír, pero decidimos entrar.
Me quité la misma camisa frente a la ventana.
Las hortensias no están, pero pondremos
jazmines en el cantero de la izquierda.
¿Ves que la higuera va bien?

Si quieres, he puesto algo de fruta a enfriar.

Cielos de Buenos Aires 1


para fdl

Tristeza y fuga



Últimamente me he encontrado no un poco, sino bastante disperso. Como si hubiera perdido el norte, que en efecto perdí. Creo que la palabra operativa de los dos últimos meses ha sido tristeza. Que no es lo mismo que depresión. La diferencia está en que la persona deprimida no ve la salida por ningún sitio; yo sí la veo, pero todavía no llego a ella.

Se ha perdido esta figura emocional de la tristeza en la cultura actual, y sobre todo la de la tristeza que no está pidiendo consuelo. A muchos les conviene más decir que están deprimidos y así se piden la baja laboral, o sea que su tristeza viene con unas vacaciones pagadas. A los poderes también les interesa esta medicalización no tanto de la tristeza, sino del consuelo, ya que abre la puerta a las drogas que nos mantienen en el puesto de trabajo, en la rutina, en la productividad obligatoria, en el pago de impuestos, sean económicos o vitales. De hecho, esta medicalización implica una confusión entre la economía y la vida muy provechosa para el capital y sus gobiernos.

Pero no es mi caso. Yo no estoy deprimido, sino simplemente triste. Así, a la antigua, y sin pedir que venga alguien a acariciarme el cogote y decirme que no me preocupe, que todo estará bien, que no sirve para nada. A mí la tristeza no me paraliza, me dispersa. En términos nomádicos, deleuzianos, se puede decir que me lanza en busca de líneas de fuga. Una de las ventajas de las propuestas de Deleuze y Guattari es la resistencia a la psicologización institucionalizada de todo, a la medicalización de lo que sea. A cambio, ofrecen otro camino, el de la fuga, el de la desterritorialización.

(texto completo...)

Redirección temporal




Tengo problemas con la conexión donde vivo/trabajo. Significa que tendría que andar con el ordenador arriba y abajo, y la verdad es que no me apetece.
Lo que sí puedo hacer es ir posteando con el iPod en un blog auxiliar que abrí hace tiempo pero nunca usé. Ahora me viene bien. Es éste: PEX2.

(Lo bueno de Wordpress como editor de blogs es que tiene una aplicación para iPod Touch, que facilita la cuestión de escribir cuando uno anda errante, itinerante o, como es el caso conmigo en este momento, cabreado).

Volveré a este blog en cuanto se solucione el problema.

Diario de la crisis IV


Toda esa inspiración que teníamos
y no siempre como profesionales—
inspiración a secas, a veces andando por la calle
como ver el mundo recién renovado
una alegría como tirar piedras al agua del recuerdo inventado
esa tarde en la playa en que se nos astillaba todo:
la luz, las voces, la vida que nos prometíamos
las ganas de subir a la casa a comer algo
y si acaso mirarnos en el espejo más caro…

Un perro transparente comiendo entre basura
Iguazú en una camiseta
Queso de máquina x 300 grs = $7,40.
¿Donde está la panadería?, así pero en fino.
El Rincón del Taxista, con su bombilla única
y los hombres tristes a carcajadas y bromas
bebiendo café en vasitos de plástico
junto a un coche quemado.

Otro día, la gente se arremangará los pantalones
para cruzar la avenida. ¿Quién dijo que no seríamos amigos?
Que un abrazo entre amantes que ya se despidieron era imposible
y que la música del aire no duraría.
Tenía razón, pero ¿y qué?

Hay azul de la distancia entre nosotros;
varía de tono según la hora, el día
o la tristeza de ver llover en Buenos Aires
cuando la ciudad entra por los ojos de otra manera
más bella, mejor asentada en el mundo.
Nunca me gustó usar paraguas.
Tenías hipo y no estabas cuando llamé.
No estabas ya.

Sentimentalismo, ropa nueva, la mejor salsa
putanesca de la ciudad, un café a solas
entre viejas en la confitería buena del barrio.
Preguntaste qué tal mi día; yo te lo cuento.

Solitario de agorafobia


Con la clase de permiso que hay que darse
cuando no sabe uno lo que quiere
¿sorprende si no hay lectores para un poema como aquel?
En realidad todos acaban acercando la mirada
al cruzar el puente, río seco por debajo
de las fotos de familia.
El desierto se extiende a cuatro bandas y asfalto.
Es así como se duda, no encriptando
una sonrisa con el brazo extendido
sin por fin sacarlo por el otro extremo de la manga—
la cabeza todavía perdida en el laberinto del suéter.
Yo por eso los uso con cremallera, me contaste.
Los libros también, el atlas abierto de piernas:
me encanta esa invitación, y más cuando la luna
se va colegiando, y se deja amaestrar, mintiendo
para decir lo que uno quiere que diga.
Pero aquel poema no era lo tuyo.
Su calibre ideológico, recién cocido
prolongaba un empate en las indicaciones.
Hay límites que ya se han terminado.

¿Cuánto queda?
No todo viaje dura la distancia entera
y eso no se verá sino más adelante:
cuando la mayoría hayamos quitado la mano de la imaginación
y la vista de la caja de bombones
o del horizonte.

Joaquín Ezequiel Linares


Museo de Artes Plásticas Eduardo Sívori
Hasta el 24 de enero

Después de casi tres años de vivir en Buenos Aires, hay una cosa de la que no me cabe la menor duda: ésta es una ciudad fronteriza. No importa que viva de espaldas al puerto y al Río de la Plata, en una época en la que el tráfico de mercancías se lleva a cabo en cajones cerrados y el de pasajeros ha prácticamente desaparecido de los mares y se ha pasado a las alturas, eso ya no preocupa. Buenos Aires es una ciudad fronteriza entre América Latina, Europa y Norteamérica. En muchos aspectos, es como si sólo hubiera que cruzar la aduana para estar del otro lado de la frontera, por lo menos en lo intelectual, en lo artístico y en lo moral. Eso le da a la ciudad una permeabilidad y una inestabilidad que a los buscadores de identidades fijas les cuesta mucho asimilar.
Joaquín Ezequiel Linares nació en esta frontera en 1927. Aquí fue donde tuvo sus primeras exposiciones, donde se hizo como pintor, donde André Malraux, estando de paso, celebró algunas de sus obras. A los 35 años, contratado por la Universidad de Tucumán, se traslado a San Miguel y ¡descubrió Latinoamérica!
Y no me cabe la menor duda de que fue así. Pasar de la frontera al interior siempre conlleva sorpresas de ese estilo, lo sé de primera mano. Es así como Linares pasó de ser un pintor fronterizo, atacado por los estilos internacionales, cosmopolitas, en los que siempre parece difícil tener algo nuevo que decir—por ese cansancio que siempre se apodera de las zonas fronterizas y que si uno no es consciente de él puede ser aniquilador—a una forma de contar la experiencia continental. Básicamente, cabe decir que Linares pasó de la indefinición (que por cierto es algo que a mí en lo artístico y en lo vital me seduce, porque también vengo de una frontera y siempre he ocupado lugares fronterizos) a la exploración de una identidad. No es lo mismo explorar una identidad que tenerla. Sólo el que se ha ido, aunque no salga de su propia casa, puede ser explorador.
Linares dedicó toda su vida, a partir de la mudanza a Tucumán, por medio de series pictóricas de una intensidad alucinante. La primera, la Serie del Virreinato del Río de la Plata, lo hace incorporando un barroquismo arruinado, como el de una iglesia del 18 perdida en la selva. En esos cuadros, el boato fantasmagórico, mortal, de una corte virreinal perdida en el tiempo, pero que perdura en los hábitos y las costumbres, de alguna forma en la memoria colectiva, arrastra al espectador a rebuscar en su propia experiencia lo que queda de ello en su manera de estar en esta parte del mundo… en el mundo. Hasta los perros llevan golilla en estas obras. La pincelada viene recargada, densa, pesada, como la memoria que exploran como un forense un cuerpo en una autopsia.
En la Serie de la Larga Noche Latinoamericana, los próceres, los dictadores, los militarotes, aparecen como lo que son: representantes de la muerte (en el sentido en que un pequeño comerciante se puede comprar la representación de una marca o gran empresa en su locadlidad). No hay piedad en el sarcasmo pictórico de Linares. Y no la hay porque no viene a cuento. Algunos de los personajes de esta serie parecen una mezcla de Hamm (Fin de Partida de Samuel Beckett) y Tirano Banderas (Valle-Inclán)… o a lo mejor no hace falta mezclarlos porque son lo mismo: un ciego inválido, impotente, entronizado, mandón, caprichoso, peligroso.
La serie del Novovirreinato, pasando del óleo al acrílico, más dúctil, menos pesado, combina las dos anteriores y convierte la corte fantasmal en un burdel emparentado con el panorama moral de la farandula televisiva y revistera de nuestros tiempos. La diferencia es que hoy ya no vale la pena escandalizarse, sólo hay que hacerse a un lado para no quedar cubierto de mierda.
La otra gran serie que se puede ver en esta exposición imperdible es la del Circo, que aborda temas parecidos pero con más colorido, más fiesta, esa del circo, que siempre, sin embargo, tiene algo triste, la sensación de que aquello fue bello en otro tiempo.
En algo se parece Linares a otro gran artista argentino, el escritor Andrés Rivera: ambos saben que la política, el espectáculo y el sexo, si no son la misma cosa, si que se atraviesan y se entrelazan como enredaderas de las cuales llega un momento en que uno ya no sabe a que planta pertenece tal o cual rama.

Es una lástima que el catálogo de la exposición no esté a la altura de ésta. Los textos no van muy lejos y las reproducciones son malas. Aún así, lo compré. Para mí, Linares, en mi arduo aprendizaje de la pintura argentina, ha sido un descubrimiento, y cuando levanten la exposición quiero tener alguna manera de volver a esos cuadros, a esas series, a esa exploración de lo latinoamericano.

¡COSO!




Una de mis palabras favoritas (tengo muchas, y también palabras que detesto, como chancleta) es coso. En Galicia, uno de mis países favoritos (no voy a dar ejemplos de los que detesto) la palabra es de uso común, y en Buenos Aires, la ciudad con más gallegos del mundo, la he vuelto a encontrar. En español es una plaza de toros, o la calle principal de algún pueblo. En gallego significa lo mismo que cosa (que es cualquier cosa) pero de alguna manera resulta más indicativo, como algo abstracto y figurativo a la vez, con una flecha que apunta a lo que se quiere decir por el medio, sin terminar nunca de decirlo. Es como una ingógnita en miniatura. En Buenos Aires se usa, aunque se oye poco.

Y en efecto, no se escucha a menudo, Coso, pero cuando sí, créanme, se hacen oír. Son como un cúmulo de rabia a punto de diluviar. Decir punk en relación a ellos (y ella) tiene sentido, pero se queda corto, aunque está claro que pertencen al linaje de la violencia auditiva post-industrial, algo que con un poco de mala leche, sólo un poco, y cierta soltura cronológica, podríamos traducir al argentino como post-menemismo, música post-cataclísmica (a ver si alguien me sirve una ensalada de hostias por tirarlo por ahí).

Suelen tocar en espacios industriales, agostados por el signo de los tiempos, precisamente el de la especulación con los signos: una fábrica de amianto (ese cancerígeno de vivo recuerdo), la sede de la Federación Libertaria Argentina (lo que queda de los anarquistas que no se dieron al nomadismo) y en espacios como el del Fondo Nacional de las Artes (o lo que queda del anclaje del estado). A mí me gustaría verlos en el Teatro Colón, antiguamente un bastión de la lírica oligárquica, próximamente un shopping con teatro, por si a la gente que usa relojes caros le interesa hacerse un pogo (las señoras pueden dejar los abrigos de piel en el guardarropa, no vaya a ser que se manchen de más sangre).


Cabe hacer las presentaciones:

  • Leonello Zambón (bajo y artefactos), héroe y maquinador de intervenciones urbanas, afiches, proyecciones sobre edificios, como aquella de El condenado a muerte, de Bresson, sobre la fachada de la antigua cárcel de Caseros, otro espacio que hubo que abandonar; videoartista que se ha concentrado en la materialidad sonora de lo cotidiano; decidió meterse en esto de la música en busca de algo más performático y un encuentro más directo con el público.
  • Javier Areal Vélez (guitarra y otros artilugios), el intelectual del grupo; estudió composición contemporánea y claramente su aporte técnico y artístico indica que Coso no se anda con chiquitas. No hay nada trucho en esta banda que no para de pensar, de ensayar piezas que a menudo duran menos de un minuto.
  • Florencia Curci (batería y más artilugios), fotógrafa, bajista, se metió con la batería (ese espíritu punk del hágalo-usted-mismo) cuando empezó con Coso; mujer a la que le cuesta hablar de sí misma, como a tantas otras que he conocido en Buenos Aires, pero que derrocha rabia de esa que también sobreviene cuando a uno le llegan ganas de romper cosas, por ejemplo, esas que de tan produciditas o producidotas (algunas incluso pertenecientes al rubro “personas físicas”) dan… ¿qué?… ¿lástima?

Las influencias de Coso van de Hurra Torpedo a Anton Webern, o viceversa. No resulta difícil emparentarlos con el quilombo dadá de hace casi un siglo, su espíritu anarquista. Se les ocurren cosas como hacer covers de Stockhausen que no dejen de sonar a garage, o a sierra eléctrica, y quizá con eso, a película gore, a qué coño hago yo aquí si ya sé que me van a cortar la cabeza. Para mí son como un alivio, como por fin un dolor de cabeza en medio del consumo masivo de ibuprofeno, de todas esas drogas sociales y artísticas del bienestar.

Y no es que a mí me guste estar enfermo, lo que me toca los cojones es toda esa buena salud obligatoria, y más, toda esa necesidad apremiante de música de consolación. Toda esa gente que escucha canciones de amor con el MP3 en el colectivo para salvar su desolación, su maldito luto (bueno, por lo menos llevan auriculares). Y por lo menos, la música de Coso no admite auriculares, o no para mí: hay que comérselos en vivo, como a toda banda que se respete.

Coso es ingoogleable, pero sí que están en la red, así que con todos ustedes, señoras y señores: ¡Coso!

Camino de ser sincero


Si lees esto es que estoy lejos, probablemente en ayunas.
Puedo barrer algún sinsentido y no levantar demasiado polvo
pero así es más fácil, menos graso y firme: una vuelta que no termina.
Hay que arrastrar el verano un día para que saber lo que es bueno
parezca un vaso de agua en plena tundra, los lobos ya circulando.

Igual sobra gasolina para las decisiones. O mucha ilusión.
Como si cientos de magos practicaran el mismo número
en el mismo escenario al mismo tiempo delante del mismo público
y alguien cerca estuviera por pedirse un par de birras
más la parte diurna donde encierra sus verdades favoritas.

Cuando estén los remedios, pasado el domingo
—y mucho me queda por aprender hasta entonces—
nos lo anunciarán todo junto, para perder menos.
“El olvido es un instrumento de medición
que nadie se atreve a calibrar,” dijiste una vez, recuerdo.

Pero mientras, averigüemos si tanta irrigación quiere ser útil.
Si adornará mejor la ansiedad cabizbaja y brillante
que siempre he venido anhelando.
Hay que robarse una nueva idea del mundo:
la pintamos por encima y vemos qué nos dan por ella.

Entrevista: Lorena Fernández

Ernesto Catena Fotografía Contemporánea
Hasta el 4 de diciembre

La muestra de Lorena Fernández en Catena, titulada Bosquecito, me llamó la atención desde el primer momento. En cuantro entré supe que estaba en espacio diferente, de una diferencia palpable, como si hubiera entrado en un mundo paralelo. Y quizá sí vivimos, los hombres y las mujeres en mundos paralelos, que nunca llegan a coincidir del todo.
La narrativa amorosa de nuestra cultura (en novelas, poemas, canciones, películas) es desde su inicio (en la edad media) una de conflicto, de personas que sufren y batallan para encontrar un lugar común. Cuando se encuentra ese lugar, cuando el amor es feliz, la peli termina, o el poema, o la novela. En nuestra cultura, ese lugar ideal o no existe o es invisible. Por eso digo lo de los mundos paralelos.
La muestra consiste de dos habitaciones, y debería empezar por el espacio más público y luego pasar al más privado. Pero la disposición de la galería, en una vieja casa de Palermo, ha provocado que el espectador suela ver la exposición al revés. En ese espacio más público hay una mesa de comedor antigua cubierta por pilas de libros, tacitas de café y té, también antiguas, llenas de especias. Hay flores y otros objetos nimios, traídos de otra época y hoy coleccionables. En un rincón hay un mueble como de cocina, también con libros, flores, tazas y otros objetos. Contra una de las paredes hay tres sillas antiguas. Este espacio, naturalmente hace pensar en una posible cocina de Lorena, que no cocina y prefiere leer mientras lo hacen otros: podría ser su cocina ideal, una cocina de las ideas y de los objetos queridos. En las paredes están las fotos, que no es que completen el ambiente, la instalación, sino que son su razón de ser.
En la otra habitación hay una cama individual en un rincón. Y en el centro, un ficus en una gran maceta. Lorena me dijo que quería que fuera un rosal, pero que hubiera sido cruel ponerlo ahí, en un interior, sin la suficiente luz. Sobre las paredes, claro, hay fotografías, la mayoría sin marco, adheridas directamente a la pared.
En estos dos ambientes, entre las instalaciones y las fotos, se crea un clima femenino (¿se puede decir así?), un microclima de los espacios de una mujer. Se habla mucho de que estos espacios privados son femeninos, mientras que los públicos son masculinos, algo totalmente absurdo, claro. Lo que quizá sea más exacto es que mujeres y hombres ocupamos los espacios de manera distinta, casi siempre por imperativo social, lo cual no implica inmutabilidad. Pero sacar al público ese espacio privado ya lo convierte en otra cosa; al publicarlo lo invierte, o invierte los valores tradicionales sin quitarle sus valores intrínsecos: los de un lugar privado en el que se puede estar bien, vivir, un lugar que, debo decirlo, me produce una calma, una tranquilidad que me provocan las ganas de vivir en él, como si estuviera viendo cómo podría mi casa en otro universo. Así que noto una bonita afinidad con el trabajo de Lorena, quizá sea eso lo que me ha llevado a hacer esta entrevista.

(texto completo...)

Avances


… professional exiles like me…
John Ashbery

Uno siempre se siente joven.
Las puertas se van cerrando
las ventanas parecen más altas
y la vista desde cualquiera
más alegre de lo habitual:
un muro y su ceguera.
O quizá uno quiere ser más alto
y debe salir de compras:
algo de botox, un estiramiento
varios kilos de alegrías prematuras
y una caja de palabras felices
alentadoras, dichas como a grititos
para eliminar patas de gallo
nubes en el horizonte
o almuerzos largos pero sin vino.
Pruébelo, nos interesa su opinión.
A todos nos afecta ese resultadismo
cuando salimos de casa
y hace un frío pegajoso y sol.
Luego hay que prestar atención
durante las horas más intensas
a un escaparate lleno de polvo
y cadáveres de mosca.
Nunca se sabe. O tal vez
te hubiera gustado volver a nacer:
sin saber nada, cometer errores
otros o los mismos y escribir poemas
también otros o los mismos
como si llegar tarde a un restaurante
sin mesas libres para siempre
fuera lo más cercano a un reloj
en un vaso de agua.

Ex poema


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