Vagabundo


El grado de elaboración no es la medida de la verdad. — WG Sebald

Quiero deambular sin necesidad—
sin añadir nada al camino
por el que el tiempo decide mañana
la idea de futuro, y la desdice.

Cuando hablo solo, es siempre en plural.
La máscara de tantas caras que no sé sacarme.
La ceguera que me invade en los sueños.
La máscara me protege. Duermo en la calle.

Lo hace para deslumbrar—el tiempo—
y darnos algo para anotar la temperatura
ambiente y la de nuestra experiencia
día con día. Nada más.

[Veo a menudo esa idea en objetos rotos y descartados, en la calle: juguetes, fotografías, papeles, ropa, basura—como si todos y todo lo que somos quisiéramos mudarnos a otra cosa, otro lugar, otra manera.]

[Ahora que lo que íbamos a ser se ha roto y perdido—se ha vuelto indescifrable como la nota en una agenda hallada en la calle y escrita en una letra desconocida.]

[Hay una presunción, aquí, de mi parte, que viene de ver cómo hay tanta gente que se rompe en las ciudades, las construcciones mentales cada vez más complejas en las que nos vamos adentrando. La presunción está en representarlo. Soy de ciudad y siento el tirón de esa entropía cada vez más atractiva, a la que cualquier pequeño fallo en el sistema, cualquier error en el código (incluso uno hecho a consciencia y lanzado al azar) nos puede llevar. Hace falta un esfuerzo constante, y cada vez más tiempo, para no abrirse por completo a la disolución, para no hacer esa última concesión psíquica, no permitir ese último desprendimiento.]

[La diferencia entre un vagabundo y yo, es que no he hecho, todavía, esa concesión.]

Clínica y crisis


Me ha llamado la atención que varios de los artistas que se han interesado por la Clínica de arte contemporáneo (arranca el 7 de abril) comentaran que se encuentran en un impasse; algunos incluso han utilizado la palabra “crisis”.
Confío en poder ayudarles: nada me atrae más que esta clase de problemas: el proceso creativo sus accidentes, azares, hallazgos y epifanías. El primer día asignaré la lectura de un panfleto contra el idealismo y, digamos, a favor de la realidad, del mundo en sí (en COZA nos consideramos fans de lo real).
Richard Prince, artista neoyorkino que trabaja con fotografía, dijo algo así como que “lo normal es el nuevo efecto especial”. Puede que esto esté un poco pasado de moda (como si las modas nos importasen tanto), pero es un punto de entrada al proceso en crisis—una forma de encuentro apasionado con lo real.
¿Y no estamos, a trancas y barrancas inventando un nuevo real? ¿No sentimos en nuestras vidas cotidianas el desorden de un mundo del que ha desaparecido la autoridad? ¿No es nuestro trabajo como artistas adentrarnos en esa selva, ese desierto, ese mar y explorarlo, ver qué y cómo se puede construir ahí?
Desde mi trabajo me hago estas preguntas cada día, y evidentemente las examinaremos, como grupo, en la Clínica. Luego, a nivel individual, las abordaremosdesde la obra o el proyecto de cada artista. Este trabajo, más detallado, de uno a uno, es lo que termina por redondear el sentido de la Clínica—las intensidades intelectuales, emocionales y técnicas que quiero provocar.

Los días borrados



Del LIBRO DE LA NUEVA LECTURA

El libro esencial


Siempre me ha fascinado la idea de un libro favorito, un libro para siempre llevar conmigo, EL libro. Estaba leyendo “Las lecturas del Gaviero”, de Álvaro Mutis, que cuenta que el Gaviero siempre llevaba consigo un tomo de las memorias del Cardenal de Retz, de Chateaubriand o del Príncipe de Ligne. En El paciente inglés, dicho paciente llevaba la Historia de Herodoto en un sólo volumen. Hay gente que lleva la Biblia. Yo podría llevar Mil mesetas, de Deleuze y Guattari, si hubiera una edición de bolsillo.

Mi novia se ríe de mí porque siempre tengo que salir de casa con un libro en la mano. Lo llama mi “objeto transicional”.

El caso es que ahora, con un teléfono inteligente, puedo llevar un montón de libros, y me cabe perfectamente en el bolsillo del pantalón. Pero ésto sólo tiene que ver con el aspecto físico de los libros, o los textos. Aún queda ese otro, más intenso, el de tener un sólo libro al que volver siempre, con el que salir siempre, un libro que lo diga todo, o que lo ponga todo en perspectiva, una perspectiva potente, que a uno lo lance siempre por el camino por el que tiene que ir.

Muchas veces, ese camino ni siquiera existe, o está tan borrado que lo buscamos en cientos de libros, y me ocurre como hoy, que estoy a punto de salir y no sé cuál agarrar.

Dos instantes del Inconsciente Mural


REGISTRO en La Fabriquera



En un rincón de la muestra de la Biblioteca Popular Ambulante, durante octubre de 2013, había un estante con cuatro carpetas que contienen mis apuntes y esbozos, restos del proceso de trabajo en la BiPA. Pensé que a alguien le podría interesar este aspecto de la obra y lo titulé REGISTRO.
Para mi sorpresa, muchas personas se quedaban un buen rato repasando las carpetas, preguntando acerca de cosas que encontraban ahí, copiando algo que les llamaba la atención. También hubo quien se quejó de no tener tiempo para repasarlas con más cuidado. Algunos amigos, incluso, me las han pedido prestadas. El caso es que REGISTRO sigue generando interés y por eso vuelvo a mostrarlo.
Hablando de vermús en La Fabriquera, pensé que REGISTRO podría ser una buena excusa para el primer vermú del año. Así que ya lo saben: Estará visible en LA FABRIQUERA el jueves 27 de febrero de 18 a 22 hrs. Habrá vermú en distintas combinaciones a precios cuidados y cosillas para picar.

Cambios a un poema


He hecho cambios a un poema antes titulado “A la sombra del árbol” y ahora “A la sombra”:http://paseantextranjero.com/article/10/a-la-sombra-del-arbol. Sin pensarlo entré en este blog y lo cambié. Y ahora me queda la duda de si lo mejor hubiera sido dejar el antiguo como estaba y colgar el nuevo como poema nuevo. Y es que los cambios son sustanciales. Aunque no cambian, o no sé si cambian, la sustancia del poema.

No puedo dejar de sentir cierto, mínimo, remordimiento por esto.

Dejo aquí el primero. El más reciente, queda ocupando su lugar en el blog.

¿Recuerdas cuando nos escondíamos junto a él
y nos reíamos de las piernas que iban y venían
rompiéndose al pasar?
Los niños gritaban, ¡Mira, mamá
cómo se me rompe la pierna!
Y las mamás miraban a otro lado con orgullo—
su línea de flotación más alegre que nunca.

Por aquel entonces, deseo y recuerdo se unían
y siempre se despejaba el día difícil
—monedero en mano—
a la hora en que la arena más peligraba.
Yo trataba de esconder mis palabras mejor que tú
aunque el árbol te favorecía más y de lejos.

Este año tendremos la mejor cosecha, decías.

interior/exterior


Reescribir poemas


Estoy reconstruyendo poemas del pasado para enviarlos al editor; perece que será un libro. Me he preguntado, sin embargo, si debería cambiar, o “corregir”, esos poemas de otro tiempo. La conclusión a la que llegué es que si los hubiera publicado en papel, y no sólo en el blog, tendría que mantenerlos y defenderlos como están. Pero no salieron en papel en su momento, cuando los di por terminados, o cuando me di por vencido ante ellos, y si quiero publicarlos ahora, debo hacerlo desde el punto de vista de hoy, de lo que me satisface más, o me avergüenza menos, hoy.
Así que los estoy cambiando, reescribiendo, aunque en la mayoría de los casos, los cambios son mínimos. Puedo decir, sin embargo, que en algunos de estos poemas los cambios son importantes, tanto en la estructura del poema como en los ritmos y hasta en el sentido general.
De lo que me doy cuenta física y no sólo intelectualmente, y esto me alegra, es de que un poema nunca está terminado. Publicarlos, mostrarlos, en el blog me ha permitido darles algo de aire. Ahora vuelvo a ellos desde otra perspectiva.
Para Pasolini, la obra se termina cuando el autor muere. Todavía sigo aquí.

San Nicolás


Cada vez que leo la marca de ese inodoro
pienso que está escrita al verre, como tantas cosas
y tanta muda, muerte accidental o caída en un sitio
por donde nunca pasa nadie.

Han caído el sol y la bolsa. Uno camina por aquí
sin ver la luz, oscuridad en la oscuridad de pleno día
en calle estrecha bajo edificios altos y un silencio
que ha sido silenciado: como cuando un regalo recibido
se hace tan tuyo que no piensas ya en quien te lo hizo.

Andando por estas calles, ¿se trata de tocarlo todo
por lo menos una vez en la vida? Y mientras, ¿dejaremos
de esconder nuestras pobrezas? Oí que habían matado
a una mujer por aquí, pero fue en otro lugar
con el mismo nombre. Me quedé en ese instante
de conquista cuando uno logra no pensar nada
y luego el resto del tiempo se queda pensando
en no pensar, en cómo sería eso.

Uno siempre imagina, al oír estas cosas, a los amigos
que han muerto por violencia y quisiera
rescatarlos, traerlos un día a casa a tomar una birra
bajo la higuera: conversaciones que nunca ocurrirán
y siempre vuelven. Fantasmas. Y quizá
los fantasmas que mejor nos acechan
sean los de conversaciones pasadas, amistades
que se han disipado con el tiempo, los cambios
de ciudad—siempre otra un poco, un mucho, más allá.

Anoche en la terraza y esta última ola de calor
hablábamos tú y yo del fin de un mundo
y comienzo de otro. Se levantó un viento leve
que venía fresco del Río y nos callamos. No recuerdo
si volvió el calor o quedó fresco el aire.
Me gusta ese silencio.

Mataderos


Los domingos uno se preocupa sin demasiada exactitud.
Le duele una muela. Caminar hasta la parada
refresca un poco, luego el viaje no tiene nada que ver.
Llegando, uno saludará a los gauchos y pensará
que todo ahora le interesa un poco menos
aunque con la misma credulidad de siempre
y querrá encajar un día más en la vida, un día cuchillo.
Eso: abrir la vida en canal con él, dejarla desangrarse
y sacarle los órganos uno por uno, pesarlos
como un dios egipcio, con esa certeza.

Otro domingo, uno se pregunta si los pintores de nubes
volverán algún día. Se les echa de menos, sobre todo
en este momento, al preparar ese primer café
de la resaca, ibuprofeno para todos. Y todas.

Las ideas, los logos, se van abriendo camino
en el dolor de cabeza, la muela de la semana pasada.
Se vuelven rostros para uno, para nosotros, y nos miran
un instante al despedirse. Así se va uno
quedando solo este otro domingo, un poco triste—
subiendo antes de tiempo, ya, la cuesta del lunes
sabiendo—y se sabe—que arriba no hay nada más
que abajo.

¿Te apetece venir conmigo? Voy a preguntar si alguien
tiene hora, o algo.

Retiro

para Leo Zambón

El otro día hablábamos del arte:
qué puede ser y no ser, y después
caminando a casa, la heladería
iluminada, calle oscura, ciclista
borracho que cantaba, aquel viento
frío que llegaba desde el río, pensaba
que todo el arte que me envuelve me hace
lo mismo que masturbar por detrás
a una mujer.

No sabía adónde ir:
la casa estaba sólo a veinte pasos.
Vivimos, me decía una vez tras otra
y dejaba que me hablara en pensamientos
esa voz que siempre me habla en plural.
Y esos veinte pasos parecían selva
de la nada, podrida en ese olor
de los muertos, pero sacar la llave
y entrar en casa para perderme más
no parecía posible.

Me miraba el de la heladería.
Me veía ahí parado, escuchando
mi voz en plural (aunque él no sabía
qué hacía yo) y me saludó con la mano
desde su mostrador. ¿Quién vendrá
a esta hora a inventar ese filtro
que nos ilumina al menos un rato?
Eso decía mi voz de muchos. Me había
perdido y a sólo veinte metros de mi casa
estaba lejos, en otro país, otro desierto
con el cielo enorme de la noche
empezando a clarear.

El alba no envidia el saberse afuera.

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