Soneto averiado


Huída rima con caída
Concepto rima con precepto

Vida rima con suicida
Perfecto rima con abyecto

Lugar rima con amar y con faltar

Estría rima con avería y nuevo día


Jaicú de ayer al anochecer


Rojo de semáforo
en la lluvia—
lágrima de sangre hecha luz.

Incredulidad


perdida la música
había que estar ahí

la posibilidad de accidentes
lo que no se escucha
lo que se desanda
lo que se oculta

(¿qué autenticidad se requiere?)

un último instante
llegar
no estar

esa sincronía

(quebradiza)

hasta

secuencia nueva
un giro en el aire
una pirueta en el oído
estremece / no



Foco


promesas de
arena en su
reloj


{conquistadelaconquista}


un horror
en equilibrio

La moneda en llamas


Un bar en otra ciudad. Afuera, sirenas, algún grito: otra emergencia. Los personajes de este drama se han acostumbrado a las emergencias, al estado de emergencia. Dos, sentados a una mesa en el centro del salón, toman café. No se puede fumar. En el rincón, una jaula grande, blanca, con un loro. Estamos a media mañana. Un periódico yace encima de una silla, hace rato que nadie lo pide, ni lo mira.

Uno: Siento que la historia ocupa demasiado.

Loro: En el día de hoy
cautivo y desarmado
el ejército rojo
la guerra ha terminado

Otro: ¿Cuántas versiones bailan sobre la cabeza de un alfiler?

Tercero: (Se acerca a la mesa por la izquierda) ¿Pasó Nietzsche por aquí esta mañana?

Uno: Todavía no.

Otro: (Poniendo un dedo sobre el diario) Pero le hemos guardado el crucigrama.

El año, un lunes


Veníamos de uno largo y vivir del aire.
Tres helicópteros sobrevolaban.
(¿Sobrevolar significa volar de más?)

Mientras, un cigarrillo de vecino
se extinguía, la solidaridad acosaba—
era domingo por la calle y toda necesidad

se envolvía en su bandera, remitida
a futuros dueños, algunos idénticos.
Por eso tocaba escribir la carta

de felicitación, regla en mano, vista
nublada, sonrisa pegada con cinta a la pared.
“Todavía no han llegado las últimas lentejas.

Ni arroz, langostinos o bizcochos
para el mate”: mañana era martes.
Habría tijeras para calendarios, dijeron;

y silencio de oro para relojes. Hacía
buen tiempo—una nube en el cielo:
podíamos salir, dar la vuelta al sol

y respirar de nuevo.

Antiecuación


luz fría

[


FRICCIÓN-SUPERFICIE

]



masaje


[



FICCIÓN-NO-FICCIÓN

]



poema

Elogio del agua


Hay arena en el aire esta tarde, viento de oriente.
Uno lee y juzga siempre en ausencia.
Pronto lloverá.

Existe el idioma sin imágenes, que sólo
es voz y habla sin decir. Se intenta a menudo
y en todas las vidas—la voz que acaricia
y nos hace humanos, sin tener que descifrarla.
Hay que dejarla llorar. Eso es lo que quiero—
dejarla estar junto a mí.

Un arroyo de lluvia arrastra cachos de realidad;
hojas yertas, con la escritura diluida, papel lleno
de tinta y las formas indistinguibles de las palabras.

Las soledades


Habíamos quedado solos. Toda la gente había quedado sola. No había nadie que no hubiera quedado solo. Ni sola.
La soledad era el tema de moda en todos los medios, en todas las canciones, en todas las conversaciones, incluso entre extraños. Esas canciones: yo las cantaba a solas, en la ducha, entredientes de camino al trabajo; a veces una se me quedaba grabada en la mente y me desesperaba por sacármela de ahí, pero cualquier otra canción que intentara poner en su lugar tenía el mismo tema. Era lo mismo.
Estábamos, cada uno, tan solos que sólo cruzarse por la calle con cualquier desconocido, en medio de la multitud del centro de la ciudad, ya era algo. Ese día, gracias a ese evento minúsculo, uno ya tenía motivo para sentirse afortunado. Tampoco es que esa novedad fuera tan nueva, podía pasar en cualquier momento de cualquier día, pero aún así parecía una pequeña victoria contra el destino. Cruzarse con alguien, aunque cotidiano, ya era algo, como dije. Cruzar miradas era otra cosa, que otra persona reconociera la existencia de uno parecía algo más cercano al portento. En esas raras ocasiones, uno llegaba a casa y se miraba en el espejo, uno buscaba a alguien con quien celebrar aquel minúsculo milagro callejero. Uno incluso a veces quería gritar de alegría, pegar un grito que retumbara en las paredes del baño, que hiciera vibrar el espejo. Pero uno se limitaba a dar una especie de golpe al aire con el puño cerrado, en silencio, por no hacer ruido, nada que pudiera molestar a los vecinos. Nada que pudiera interrumpir su soledad.
Había que evitar cualquier cosa que pudiera sobresaltarlos. Todo el mundo quería, y esperaba vivir tranquilo. La soledad era la base, firme y reluciente, de la tranquilidad. Y había, ante todo, que respetarla. Así que causar la menor alarma, cualquier cosa que pudiera preocupar al vecino, y preocuparlo tanto que incluso se atreviera a llamar a la puerta de uno para preguntar si todo estaba bien, si todo estaba tranquilo: aquello era impermisible. Y lo impermisible, ¿no suele ser también imperdonable?
Pero ante todo, lo que había que evitar era que ese vecino llamara a la puerta, preocupado, e interrumpiera mi soledad.

La repetición del sueño


Soñé que leía un libro sobre la batalla de Okinawa (en la que murieron unas 250 mil personas). Tanques con lanzallamas avanzaban por un paisaje de lodo y rocas donde no quedaba un solo árbol, ni una casa, nada. Leía una frase en el libro. Leía la siguiente frase y era exactamente la misma. La siguiente, igual, y la siguiente y la siguiente y la siguiente. Y cada una completaba la anterior. Una frase idéntica a otra venía con un sentido que la anterior no tenía.
¿Sería por repetición? ¿Por confirmación?
Como si habiendo algo que no funcionó la primera vez, repetirlo y repetirlo nos pudiera llevar al resultado que buscamos.
Hubo cargas de infantería en Okinawa—contra las ametralladoras, los morteros y los cañones—bajas enormes en ambos bandos, miles y miles de civiles muertos. Los norteamericanos se lanzaban contra las posiciones japonesas y casi todos caían. Los mandos no tenían más ideas, como en la guerra de hacía 30 años. Hubo cargas suicidas por parte de los japoneses con todas las bajas posibles; se lanzaban al enemigo con la idea simplemente de matar y ser muerto, el territorio ya no tenía sentido, sólo había lugar para la muerte.
Soñé que leía el infierno. Pero no un libro sobre el infierno. Leía el mismísimo infierno. Y el infierno era esa repetición incesante, infinita.
Desperté.
Pensé: ¿Será eso el infierno, la repetición, vez tras vez, de lo que no funciona? ¿De lo que ya sabemos que no funciona?

Disculpe, ¿tiene hora?


The poetry is not in speaking to the dead but listening to the dead.

Charles Bernstein

Un futuro pedigüeño.
Otro número que viene vacío
anunciando un quinquenio más al desánimo.
El día en que sentí la espina dorsal
de los celos con el dorso azul de la mano.
Antes el agua;
luego el fuego.
¿De dónde venimos? Esa fantasía.
Adónde vamos. La foto en la esquina
del espejo, cartografía
exigente como la página en blanco—memoria
que poco a poco avanza desierto adentro.
Esa dificultad, ese cielo profundo infierno.
“Nuestra es la religión del instante.”
Ocupemos, por un momento, el instante
más débil. El presente
es nuestra droga sagrada.
Mañana cambiaremos de hotel. Siempre.
Una burbuja de aire en la uretra.
¿Qué hombría nos acoje hoy
sin bala interior de silencio?
Rauschenberg borró aquel DeKooning
y algo de permiso pidió.
Hasta aquí las felicidades obligatorias
y su correspondiente andamio de congoja.
La existencia delito.
El chorro de agua limpia que es cerrar los ojos.
La ventana helada que nutre y hace bailar
el ruido, lo que sobra de calle.
Lo que se instala en la respiración;
la sangre.

Derecho al turismo (versión 2)


Hoy no hay calles.
El jueves preferiría ser otro día.
Nubes de mosquitos alimentan rumores.
Lloverá y lo negamos.

Toda iluminación atraviesa
la misma envidia, la misma piel
translúcida, venciéndola
por un instante.

Luego sucumbe y regala su explosión—
su atardecer reflejado en los cristales:

¿Puede haber ventanas que den
a ventanas a ventanas a ventanas?
¿Voces sin voz, revelaciones
con el futuro blanco
dibujado en añicos de añicos?

¿Y no era que todo trabajo, cualquier
empleo del tiempo
en línea o círculo
consistía en averiguarlo?

Pregunto por si acaso—
aunque no sabría elegir.

Quizá sea el silencio de la gramática—
erigido contra toda la gama
de silencios: los accidentales
y los obligatorios, los que se pretenden
permanentes y los que vienen
de la próxima desilusión—
el siguiente futuro a eliminar.

Uno escucha y no entiende la noche.
Algo pasa o se detiene.
Voces. Nada otra vez.
Y de nuevo no duerme.

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