04/01/09
Carestía emblemática

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Primer amor.
El brazo roto de recuerdo que interrumpe
el trabajo de vivir
con su hueso de arrepentimiento
por lo dicho y no dicho
lo hecho y no hecho
que rompe músculo y piel y se muestra
blanco y sangriento
como la sonrisa después de un puñetazo.
Segundo amor.
Ese placer en el miedo
con que me levanto cada mañana
para mostrarme a quien quiera ver
y pedirle… ¿qué?
¿Algo así como el perdón?
¿Y luego arrepentirme de haberlo pedido?
¿Qué más queda por romper, dentro?
¿Qué otra gratitud?
La lucidez que me nubla el sentimiento
cuando con sólo saber que algo es así
lo cambia:
decir cualquier cosa
la desdice en el momento de decirla.
Ahora veo a un vendedor ambulante:
vende más por piedad
y por miedo a ser como él
que por lo que vende.
Y el precio, sí, eso importa poco.
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De vez en cuando alguien me pregunta para qué sirve la poesía. Normalmente la pregunta tiene que ver con el dinero, si la poesía sirve para ganarse la vida. Me resulta interesante, sin embargo, que desde que estoy en Buenos Aires he oído la pregunta mucho menos que cuando vivía en Valencia. Aquí no resulta raro, ni tan infrecuente, ver a alguien en el subte leyendo un libro de poemas.
De todas maneras intentaré responder a la pregunta para ver si soy capaz de sacar adelante una respuesta coherente y, por extraño que parezca, utilitaria. Aquí van algunos apuntes:
Todo lo que imaginamos es verdad. O afecta lo que somos, lo que hacemos y pensamos como si lo fuera. El derecho a expresar el mundo tal y como lo vemos o imaginamos es equivalente al derecho a construir la realidad. Las guerras culturales que han asolado la educación en EEUU, por ejemplo—creacionsimo vs. darwinismo—son luchas por la forma en la que se va a construir la realidad en la que se vive, por decidir la clase de mundo y de vida que queremos. Lo mismo con las luchas ideológicas de buena parte del siglo XX, y junto con ellas las vanguardias artísticas, que tomaron parte activa en las discusiones públicas o privadas, como en las guerras.
Esto lo saben muy bien los políticos y los militares que recurren a la violencia, la cárcel y el asesinato para acallar a sus críticos; y los que opinan en contra de esos jefes violentos también lo saben, por eso arriesgan el pellejo: saben que la batalla no es por las ideas, sino por la forma en el mundo se construye.
Un poema construye tanta realidad, si es leído en suficiente medida, como un cromosoma. Tenemos hijos—quienes los tienen—para no dejar de construir. El ADN es información y materia simultáneamente; y esa información funciona de manera poética, está llena de posibilidades que se combinan para crear una realidad que no será estática. Al dibujar su doble hebra, Watson y Crick podríamos decir que hicieron un croquis del alma.
Información y materia: la palabra encarnada, el espíritu hecho hombre de carne y hueso. Se sabe desde siempre que la palabra sirve para construir el mundo.
Heisenberg propuso, con su Principio de incetidumbre, que lo observado cambia irremediablemente en cuanto lo observamos. Y también cambia en cuanto lo decimos. ¿Cuántas veces no nos ha comentado algo alguien y luego nos pasamos días viendo por todas partes eso que nos comentó y que para nosotros, hasta aquel momento, era invisible? Con sus palabras esa persona nos ha creado otra realidad.
El arte, la literatura y especialmente la poesía tienen el poder de decir las cosas de esa manera. Y creo que ahí reside su valor… o para algunos, su peligro.
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El suicida miró el reloj de su teléfono móvil. Pensó que le quedaban pocos minutos. Luego pensó que le gustaban esos pantalones. No recordaba dónde los había comprado, o si eran un regalo de su mujer, hace años, cuando él era inteligente y guapo y dueño de un cierto éxito y casa y auto y joyas y dinero y arrogancia, ahora perdida, como el origen de sus pantalones.
Miró precipicio abajo, al mar que golpeaba contra las rocas alimentando percebes. No le gustaban los percebes. Tanto sabor a mar le provocaba un malestar que no era físico, algo así como una nostalgia de un lugar interior cuya exploración uno va dejando para después, para el año que viene, para las vacaciones, o cuando no haya tanto trabajo, cenas de negocios, ocupaciones de la paternidad, de la familia, de las necesidades de otros que uno consideraba como propias.
Le faltaba un botón de la bragueta y, de repente, eso le pareció insoportable. Esa dejadez. Falta de elegancia, incluso al borde de la muerte. Tenía el botón en el bolsillo, no hacía media hora que se le había caído. Pensó en volver al hotel, pedir aguja e hilo, pegar el botón en su sitio. Pensó que si iba a morir, debía hacerlo con cierta dignidad.
Sonó el móvil. La sorpresa, el susto; trastabilló, resbalo, cayó.
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Ahora que ha terminado la exposición de Félix González-Torres en el Malba, se me ocurre escribir algo sobre una de mis obras favoritas del arte conceptual de los últimos tiempos: Perfect Lovers. La simplicidad de la pieza resulta engañosa. Dos relojes de pared, idénticos, sincronizados de inicio en la misma hora, el mismo minuto y el mismo segundo; dos amantes perfectos, quizá ideales, que se encuentran en un mismo lugar a una cierta hora. Pero algo ocurre. Cada reloj lleva una batería, y es muy raro, casi imposible que dos baterías se gasten a exactamente el mismo ritmo. Así que poco a poco los dos relojes se irán desacompasando, uno irá más lento que el otro, perdiendo segundos, o minutos, hasta que las pilas se gasten por completo y los relojes dejen de funcionar. Ahí supongo que la relación se da por terminada.
La belleza del concepto, el poema del desgaste de las relaciones humanas, de las relaciones de amor, siempre me ha quitado el aliento. Hace años que vivo con una reproducción de esta obra, primero en un cartel que tenía colgado en mi casa, ahora con una foto más pequeña pegada en el cuaderno que siempre llevo conmigo. Mirándola, me acuerdo de momentos importantes, cruciales, de mi vida; mirándola, estoy con personas que en mi vida he querido y sigo queriendo con locura.
Por último, la pieza es un memento mori. Un recordatorio de la vanidad de las cosas y de la muerte que viene. Una admonición a vivir intensamente, espiritualmente, interiormente lo que sea que nos haya tocado en suerte.
Félix, además de uno de los grandes artistas de su generación, era un sabio. A él también, aunque nunca lo conocí en persona, siempre lo he querido y admirado. Y una de las razones principales a sido esta obra de unos amantes perfectos, nacidos el uno para el otro, pero enfrentados a la realidad cruel y la conciencia de que todo se acaba.
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No sé exactamente de dónde viene, pero el nomadismo está de moda. Muchos lo atribuyen, especialmente en el mundo anglosajón, a las tecnologías portátiles y la conectividad casi ubicua. Pero ya a finales de los 70 y principios de los 80, Deleuze y Guattari hablaban de nomadismo desde un punto de vista filosófico y poético.
También, ha habido algunos comentaristas que han descrito la posición de Walter Benjamin, entre el marxismo y el mesianismo judío, entre la revolución y la redención, como nómada. Hay muchos otros ejemplos; uno de los que más me gusta es el de Fernando Pessoa, con su nomadismo identitario.
Con todo, parece que hay que adoptar la etiqueta de nómada, contra la de sedentario, para estar a la moda, o tener razón en las discusiones públicas. Últimamente, me topé en el blog de Juan Freire con una cita de Paul Virilio en la que interpreto que “sedentario” es un insulto y “nómada” un elogio. Es la siguiente, que traduzco:
La naturaleza de ser sedentario y nómada ha cambiado […] Las personas sedentarias se sienten como en casa allá adonde van. Con sus teléfonos móviles y sus ordenadores portátiles, están tan cómodas en un ascensor o en un avión como en un tren de alta velocidad. Esta es la persona sedentaria. La nómada, por otro lado, no se siente como en casa nunca, en ninguna parte.
¿Y cuál es mi problema con esta afirmación-negación? Primero, que la tecnología no tiene nada que ver. Virilio, con su odio a la velocidad, que podríamos etiquetar como un odio a la actualidad (algo que Benjamin tenía mejor articulado en su posición contraria al progreso), quiere poner a los usuarios de la tecnología, sea ésta de comunicaciones o de transporte, en el bando de los que no se adaptan filosóficamente al mundo actual. Un nómada usará la tecnología que más le convenga. Y si ésta le ayuda a mantenerse en su tránsito permanente, mejor.
Lo de sentirse a disgusto en todas partes pertenece más bien a la categoría del exiliado, del sedentario que ha perdido su casa, su lugar en el mundo. Aquí, el sentimiento principal es el de la nostalgia, acompañada de una cierta medida de resentimiento. Es fácil confundir, hoy en día, nómada con exiliado o emigrante. Pero son dos maneras de afrontar la vida distintas.
Deleuze decía que el nómada, para ser lo que es, ni siquiera tenía por qué salir de casa. Uno puede formar su clan en sus lecturas, o en su identidad, como hizo Pessoa. La clave está en siempre encontrarse en tránsito hacia otro lugar, sea éste interior o exterior; en la diversificación rizomática de lo que uno “es”.
Pero también, en el nómada, y de manera simultánea, hay un punto de aceptación de lo dado: los territorios (de nuevo, interiores, exteriores) son lo que son, están ahí. Pueden ser montañosos o llanos, el clima puede ser favorable o no, puede haber otro tipo de impedimentos por el camino. El nómada debe sortearlos para hacerse con un territorio, que siempre será suyo de manera temporal, hasta que pase a otro.
La cita de Virilio—aunque sólo una cita y no he encontrado el texto completo del que proviene— apenas toca la punta del iceberg, que quién sabe lo que esconderá debajo del agua. Los icebergs, como todo el mundo sabe, son nómadas.
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Ese perro que ves ahí
¿llegará a olisquear el árbol de la paz?
La primavera se ha secado, pronto lo sabremos.
Después, todo sueño será el ensayo de un desastre.
De la querella que a lo lejos
muestra sus manos vacías
y deja que una hija de la ira
se envuelva en los pliegues del hielo
como si fuera tiempo, lugar vivido.
¿Cuánto falta?
Para que no haya nada más que decir.
O venga encapsulado, en pastillas discretas
aunque del mismo color
todo eso que tiene un aire a nosotros mismos.
A mí mismo.
Pero todo estará presente, dijiste.
Y claro, nadie levantó la mirada.
Ni siquiera para echar un vistazo al reloj;
como si todavía quedaran lágrimas de humo
para recoger del suelo—
cada una con su idea, reconcentrada en sal
de lo que el mundo fue, o es o hubiera sido.
El coleccionista de pañuelos
sabe que su día ahora empieza.
El banquero, su amigo
debajo del reloj y malcogido
espera financiar la próxima esperanza:
una pirámide helada, en blanco
triste pero brillante.
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Tengo sólo un par de zapatos. No son bonitos: de cuero negro, suelas de goma, pesados, fuertes, como para caminar contra el viento y bajo la lluvia de la realidad, la vida, el mundo—no importa, por ahora, la palabra. Pero están gastados; no compro otros porque no hay. Cada año cambian lo que venden las zapaterías, y yo no quiero otra cosa que estos zapatones para el lodo diario. Carezco de paciencia para buscar, para las novedades. Quiero usar un solo par de zapatos igual que quiero leer un solo libro y escribir un solo poema—ese que llevo escribiendo toda la vida, y que con cada estrofa doy por terminado, como el día, cuando me quito los zapatos antes de ir a dormir.
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He abierto un blog nuevo: Letrerista.
Aunque no tiene nada de nuevo, en realidad. Hay muchos blogs de letreros, carteles y anuncios. Lo bueno de este, simplemente, es que es mío.
Lo que me interesa con este blog es ir cargando fotos del lenguaje. Fotografiar la lengua, digamos. Llevo años haciéndolo en mis cuadernos, donde pego recortes de revistas y periódicos, volantes que me dan por la calle, envoltorios de los más diversos productos, lo que sea. Cuando voy por la calle a menudo encuentro ejemplos de lenguaje demasiado eficiente o demasiado poco… y saco el móvil para hacer una foto. Y eso es lo que irá apareciendo en este nuevo blog.
Por cierto, también lo tengo en el blogroll, aquí a la derecha, así que le pueden echar un vistazo cuando quieran.
(Con frecuencia pienso que debería meter todas mis actividades en un solo blog; éste, por ejemplo. Y así mostrar toda la dispersión y diversidad de mis intereses. Pero no logro unificar las cosas. Soy algo así como la dispersión en persona. Por si alguien se lo pregunta, tengo algo así como 15 blogs… aunque algunos los uso poco, otros son de acceso restringido y unos cuantos son de uso más frecuente.)
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