ENDECASÍLABO


Para Felipe Sáez Riquelme

Nosotros hablamos en octosílabos.



La función del poeta


Todos buscamos certeza. Que todo esté claro. Que no vaya a pasar nada. En Buenos Aires, la gente se queja de la “inseguridad”. Sí, hay crimen en las calles de la ciudad, y en el Conurbano es bastante peor, pero por la ciudad, lo normal es poder caminar sin que pase nada. Yo apuesto que esa “inseguridad” no tiene que ver sólo con el crimen, por eso la pongo entre comillas. Yo diría que es algo mucho más amplio. Que tiene que ver con la economía, con la justicia, con los alquileres, y también con los cambios sociales de las últimas décadas; tiene que ver con el cambio. Los hombres ya no nos sentimos seguros en nuestro lugar en la sociedad por ejemplo. La sociedad cambia bastante rápido, pero a muchos individuos les cuesta adaptarse. Hay poca inversión, nacional o extranjera, porque los inventores no se sienten seguros en la economía argentina. Cambia demasiado rápido, y a menudo en la dirección contraria a lo que nos gustaría.

(texto completo...)

El día que murió John Ashbery


A menudo aspirando a otra cosa
uno sale en busca de un rostro
de una desnudez sin rostro
de un rostro con el cuerpo
de otra manera, los dientes
y el pelo, la lata
de cerveza en la mano.

Y todo el tiempo camina
por la ciudad como si estuviera
sentado en el auto esperando
a que el camarero traiga el café
con sabor a otra cosa, frambuesa
licor de naranja, la hierbabuena
de un instante de hace cuarenta años.

Luego alguien inventa su marca
para que todo permanezca igual
y lo envidiamos. Un ruido
acelera hacia un silencio.
Sabemos que el silencio no existe
y lo añoramos como a un error
amado por todos, tan admirado
que los años lo han ido lavando
hasta conseguir un acierto—
el mejor de nuestros orígenes—
un taxi preferido, la bici
prestada para siempre.

Ciclismo espiritual

O por qué no hay que leer a Beckett

Beckett siempre está ahí, pero nunca está de moda. Parece que lo va a estar, luego se cae. Creo que entiendo por qué.

Todo aquello que hacemos para vivir, para vivir bien, para vivir como vivimos, todas nuestras expectativas, la familia, la casa, el auto, los hijos, el bienestar que podamos conseguir, los viajes, el consumo, todo, todo esto, es para nada. De alguna manera, lo sabemos, lo intuimos, y aún así seguimos adelante. Y no lo hacemos sólo por vivir bien, o tranquilos, es que parece que vivir bien es precisamente la mejor forma de sobrevivir. El consumo, todo lo que trabajamos y gastamos, es puro instinto de supervivencia. Ese enorme esfuerzo que hacemos—no para vivir como reyes, sino simplemente para seguir adelante—para Beckett, es una forma de indigencia: todos somos indigentes. No existe nada real a qué agarrarse. Hagamos lo que hagamos, estamos perdidos, y no queda otra que seguir haciéndolo, o perderse aún más.

Beckett es una especie de calvinista/puritano/ultraprotestante ultramoderno; una especie de profeta del Antiguo testamento para nuestro tiempo. Y nadie quiere leerlo/escucharlo/verlo porque es peligroso. Si te lo crees y no vas con cuidado, puedes caerte de la bici. Todo es para nada, y se sigue en ese trajín de la nada: un conocimiento espiritual sumamente peligroso. Si lo absorbemos a medias, como solemos absorber este tipo de conocimiento, corremos el peligro de caer en la desesperación, en el nihilismo, caernos del sistema, de la bicicleta que no hay que dejar de pedalear para que siga en pie, circulando en un velódromo, pista sin salida y sin vistas en la que no hacemos más que dar vueltas.

Beckett es un escritor mítico, admirado, pero al que preferimos no leer. Criticamos al gobierno de turno y sus bicicletas, pero nosotros montamos bicis de la misma marca en carreras circulares versión micro de lo mismo. Y no leemos a Beckett porque nos lo tira a la cara como si fuera una toalla sudada por quien sabe quién.

Siempre pensé que había que montar Los días felices en un teatro importante y con una gran actriz nacional. (El de Winnie es uno de los grandes, grandes papeles femeninos del teatro del siglo XX). Pensaba que esa era la única manera de lograr que las señoras de clase media, esas grandes ciclistas, fueran a ver la obra, como si así se abrieran a recibir lo que en realidad se merecen. Ahora me doy cuenta de que eso, de mi parte, es pura crueldad. Totalmente innecesario. Crueldad mía, como director, y quizá crueldad de Beckett por haber escrito la obra. Porque la obra dice esas cosas que no queremos oír, que nos ponen en peligro de indigencia social, económica, física y espiritual. La verdad es que indigentes espirituales ya somos, pero o no nos damos cuenta, y seguimos pedaleando sin cesar, o lo sabemos y nos lo ocultamos por pura disciplina de deportistas socioeconómicos.

Beckett nos pone en el lugar de saber, de no ocultárnoslo a nosotros mismos, y eso es de una crueldad terrible. Porque es un conocimiento, para la mayoría (y me incluyo) insoportable. Es una crueldad más del Antiguo testamento que del Nuevo; por eso antes dije que Beckett es un ultraprotestante—Pesso dice que los protestantes son más parecidos a judíos que a cristianos por el énfasis que ponen en el Antiguo testamento.

Entonces, por puro instinto de supervivencia en el velódromo que habitamos (o la caverna platónica resignificada en gimnasio, si ustedes quieren), a Beckett no hay que leerlo. No hay que montar sus obras ni ir a verlas. Si lo hacemos es por pura crueldad autoinfligida y hacia los demás.

Y aún así, hay que prestarle atención. Es mucho más difícil y jodido pedalear con los ojos bien abiertos, sabiendo que no vamos a ninguna parte, y aún así no bajarnos de la bici. No abandonar. ¿No es ese el gran mensaje de Beckett? “No puedo continuar; continúo.”

Por un lado, hay que sobrevivir en donde estamos. Seguimos en el velódromo que tenemos. Podemos intentar cambiar las bicis, pero seguirá siendo un velódromo. Y seguimos ahí, viviendo ahí con los ojos abiertos, sabiendo lo que hay y lo que es. Se lo podemos contar a los demás, pero eso es pura crueldad. Somos nosotros los que tenemos que saber, no los demás. Nosotros somos los artistas.

A los artistas no nos queda otra que laburar en el velódromo, incluso pedalear cuando toca. Y en esa pista de ciclismo infinito (o hasta que todo se derrumbe), podemos trabajar de decoradores, relaciones públicas y vendedores de limonada, o podemos ser los que vemos y sabemos que más allá de las gradas no hay nada, los que sabemos que no se puede seguir así y seguimos. Por pura y mera supervivencia. Ese es nuestro desafío espiritual, físico, económico y social.

Manual de fotografía


Lleno poemas—
voy blanqueando opiniones a cero
luego, el nudo en la ira
el silencio.

¿Qué diferencia guardo
entre opinión y emoción?
En términos prácticos
en su efecto sobre

  • la realidad
  • su encuentro
  • su manipulación
  • su otro
(Y el pequeño comercio
en su tormento
su parálisis
su fijación—quedarse
sin cambio).

Además, ¿quién se entrega
a mirar por la ventana
a esta hora?
¿Qué se deduce en esa entrega?
¿Qué se captura?

¿Una buena foto?

Soneto averiado


Huída rima con caída
Concepto rima con precepto

Vida rima con suicida
Perfecto rima con abyecto

Lugar rima con amar y con faltar

Estría rima con avería y nuevo día


Jaicú de ayer al anochecer


Rojo de semáforo
en la lluvia—
lágrima de sangre hecha luz.

Incredulidad


perdida la música
había que estar ahí

la posibilidad de accidentes
lo que no se escucha
lo que se desanda
lo que se oculta

(¿qué autenticidad se requiere?)

un último instante
llegar
no estar

esa sincronía

(quebradiza)

hasta

secuencia nueva
un giro en el aire
una pirueta en el oído
estremece / no



Foco


promesas de
arena en su
reloj


{conquistadelaconquista}


un horror
en equilibrio

La moneda en llamas


Un bar en otra ciudad. Afuera, sirenas, algún grito: otra emergencia. Los personajes de este drama se han acostumbrado a las emergencias, al estado de emergencia. Dos, sentados a una mesa en el centro del salón, toman café. No se puede fumar. En el rincón, una jaula grande, blanca, con un loro. Estamos a media mañana. Un periódico yace encima de una silla, hace rato que nadie lo pide, ni lo mira.

Uno: Siento que la historia ocupa demasiado.

Loro: En el día de hoy
cautivo y desarmado
el ejército rojo
la guerra ha terminado

Otro: ¿Cuántas versiones bailan sobre la cabeza de un alfiler?

Tercero: (Se acerca a la mesa por la izquierda) ¿Pasó Nietzsche por aquí esta mañana?

Uno: Todavía no.

Otro: (Poniendo un dedo sobre el diario) Pero le hemos guardado el crucigrama.

El año, un lunes


Veníamos de uno largo y vivir del aire.
Tres helicópteros sobrevolaban.
(¿Sobrevolar significa volar de más?)

Mientras, un cigarrillo de vecino
se extinguía, la solidaridad acosaba—
era domingo por la calle y toda necesidad

se envolvía en su bandera, remitida
a futuros dueños, algunos idénticos.
Por eso tocaba escribir la carta

de felicitación, regla en mano, vista
nublada, sonrisa pegada con cinta a la pared.
“Todavía no han llegado las últimas lentejas.

Ni arroz, langostinos o bizcochos
para el mate”: mañana era martes.
Habría tijeras para calendarios, dijeron;

y silencio de oro para relojes. Hacía
buen tiempo—una nube en el cielo:
podíamos salir, dar la vuelta al sol

y respirar de nuevo.

Antiecuación


luz fría

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FRICCIÓN-SUPERFICIE

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masaje


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FICCIÓN-NO-FICCIÓN

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poema

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