Elogio del agua


Hay arena en el aire esta tarde, viento de oriente.
Uno lee y juzga siempre en ausencia.
Pronto lloverá.

Existe el idioma sin imágenes, que sólo
es voz y habla sin decir. Se intenta a menudo
y en todas las vidas—la voz que acaricia
y nos hace humanos, sin tener que descifrarla.
Hay que dejarla llorar. Eso es lo que quiero—
dejarla estar junto a mí.

Un arroyo de lluvia arrastra cachos de realidad;
hojas yertas, con la escritura diluida, papel lleno
de tinta y las formas indistinguibles de las palabras.

Las soledades


Habíamos quedado solos. Toda la gente había quedado sola. No había nadie que no hubiera quedado solo. Ni sola.
La soledad era el tema de moda en todos los medios, en todas las canciones, en todas las conversaciones, incluso entre extraños. Esas canciones: yo las cantaba a solas, en la ducha, entredientes de camino al trabajo; a veces una se me quedaba grabada en la mente y me desesperaba por sacármela de ahí, pero cualquier otra canción que intentara poner en su lugar tenía el mismo tema. Era lo mismo.
Estábamos, cada uno, tan solos que sólo cruzarse por la calle con cualquier desconocido, en medio de la multitud del centro de la ciudad, ya era algo. Ese día, gracias a ese evento minúsculo, uno ya tenía motivo para sentirse afortunado. Tampoco es que esa novedad fuera tan nueva, podía pasar en cualquier momento de cualquier día, pero aún así parecía una pequeña victoria contra el destino. Cruzarse con alguien, aunque cotidiano, ya era algo, como dije. Cruzar miradas era otra cosa, que otra persona reconociera la existencia de uno parecía algo más cercano al portento. En esas raras ocasiones, uno llegaba a casa y se miraba en el espejo, uno buscaba a alguien con quien celebrar aquel minúsculo milagro callejero. Uno incluso a veces quería gritar de alegría, pegar un grito que retumbara en las paredes del baño, que hiciera vibrar el espejo. Pero uno se limitaba a dar una especie de golpe al aire con el puño cerrado, en silencio, por no hacer ruido, nada que pudiera molestar a los vecinos. Nada que pudiera interrumpir su soledad.
Había que evitar cualquier cosa que pudiera sobresaltarlos. Todo el mundo quería, y esperaba vivir tranquilo. La soledad era la base, firme y reluciente, de la tranquilidad. Y había, ante todo, que respetarla. Así que causar la menor alarma, cualquier cosa que pudiera preocupar al vecino, y preocuparlo tanto que incluso se atreviera a llamar a la puerta de uno para preguntar si todo estaba bien, si todo estaba tranquilo: aquello era impermisible. Y lo impermisible, ¿no suele ser también imperdonable?
Pero ante todo, lo que había que evitar era que ese vecino llamara a la puerta, preocupado, e interrumpiera mi soledad.

La repetición del sueño


Soñé que leía un libro sobre la batalla de Okinawa (en la que murieron unas 250 mil personas). Tanques con lanzallamas avanzaban por un paisaje de lodo y rocas donde no quedaba un solo árbol, ni una casa, nada. Leía una frase en el libro. Leía la siguiente frase y era exactamente la misma. La siguiente, igual, y la siguiente y la siguiente y la siguiente. Y cada una completaba la anterior. Una frase idéntica a otra venía con un sentido que la anterior no tenía.
¿Sería por repetición? ¿Por confirmación?
Como si habiendo algo que no funcionó la primera vez, repetirlo y repetirlo nos pudiera llevar al resultado que buscamos.
Hubo cargas de infantería en Okinawa—contra las ametralladoras, los morteros y los cañones—bajas enormes en ambos bandos, miles y miles de civiles muertos. Los norteamericanos se lanzaban contra las posiciones japonesas y casi todos caían. Los mandos no tenían más ideas, como en la guerra de hacía 30 años. Hubo cargas suicidas por parte de los japoneses con todas las bajas posibles; se lanzaban al enemigo con la idea simplemente de matar y ser muerto, el territorio ya no tenía sentido, sólo había lugar para la muerte.
Soñé que leía el infierno. Pero no un libro sobre el infierno. Leía el mismísimo infierno. Y el infierno era esa repetición incesante, infinita.
Desperté.
Pensé: ¿Será eso el infierno, la repetición, vez tras vez, de lo que no funciona? ¿De lo que ya sabemos que no funciona?

Disculpe, ¿tiene hora?


The poetry is not in speaking to the dead but listening to the dead.

Charles Bernstein

Un futuro pedigüeño.
Otro número que viene vacío
anunciando un quinquenio más al desánimo.
El día en que sentí la espina dorsal
de los celos con el dorso azul de la mano.
Antes el agua;
luego el fuego.
¿De dónde venimos? Esa fantasía.
Adónde vamos. La foto en la esquina
del espejo, cartografía
exigente como la página en blanco—memoria
que poco a poco avanza desierto adentro.
Esa dificultad, ese cielo profundo infierno.
“Nuestra es la religión del instante.”
Ocupemos, por un momento, el instante
más débil. El presente
es nuestra droga sagrada.
Mañana cambiaremos de hotel. Siempre.
Una burbuja de aire en la uretra.
¿Qué hombría nos acoje hoy
sin bala interior de silencio?
Rauschenberg borró aquel DeKooning
y algo de permiso pidió.
Hasta aquí las felicidades obligatorias
y su correspondiente andamio de congoja.
La existencia delito.
El chorro de agua limpia que es cerrar los ojos.
La ventana helada que nutre y hace bailar
el ruido, lo que sobra de calle.
Lo que se instala en la respiración;
la sangre.

Derecho al turismo (versión 2)


Hoy no hay calles.
El jueves preferiría ser otro día.
Nubes de mosquitos alimentan rumores.
Lloverá y lo negamos.

Toda iluminación atraviesa
la misma envidia, la misma piel
translúcida, venciéndola
por un instante.

Luego sucumbe y regala su explosión—
su atardecer reflejado en los cristales:

¿Puede haber ventanas que den
a ventanas a ventanas a ventanas?
¿Voces sin voz, revelaciones
con el futuro blanco
dibujado en añicos de añicos?

¿Y no era que todo trabajo, cualquier
empleo del tiempo
en línea o círculo
consistía en averiguarlo?

Pregunto por si acaso—
aunque no sabría elegir.

Quizá sea el silencio de la gramática—
erigido contra toda la gama
de silencios: los accidentales
y los obligatorios, los que se pretenden
permanentes y los que vienen
de la próxima desilusión—
el siguiente futuro a eliminar.

Uno escucha y no entiende la noche.
Algo pasa o se detiene.
Voces. Nada otra vez.
Y de nuevo no duerme.

Derecho al turismo (versión 1)


El verano viene y termina.
Hemos comido más, y bebido.
Meando afuera, hemos sentido
la lejanía cada día mayor
de la civilización. El zumbido
la cesura del vaivén del viento—
arena que viaja en tiras más claras
contra el suelo más oscuro, lija la piel
preparándola para la sal y el sol.

Todo cataclismo y fin del mundo
es personal: Depende, te dicen.
Luego se enciende la tele
para mirar a otro lado.
¿Todavía existe la tele?
¿Qué se ve cuando se ve lo mismo?
¿Qué se cuenta?
¿Cómo le va, tanto tiempo?

Cada levantamiento se propone a favor
de la vida, y es una mañana.
Te matan porque es así.
La mugre es testigo de la pureza
y veceversa.

El momento clave aparece en el precipicio.
En lo que un nombre deja de nombrar.
No ha llegado aún el mail
donde cargamos las contraindicaciones.
El pueblo se agota, se oyen voces
pidiendo uno nuevo.
El viento, cambiante, marca la dirección.
Se persiste.
Bebemos agua con la esperanza
de que esté limpia.
¿Qué filtra ahora un nombre?

Saco un Sharpie y marco
el mío sobre el muro blanco.
Ahora existo un poco más.
Un poco más lejos.

Aislante


castillos curativos
se elevan
evaporan
a la vista
en la arena
del aire
en el agua
del aire
el incendio
del aire
sus árboles negros
caminos crujientes
que empiezan y
terminan
por el medio
nunca una partida
nunca una llegada
y sí todo lo demás
como la voz
que se borra
desaparece lo suficiente
siempre
como la voz

El retorno del otro


No miro suficiente la tele
como para escribir poesía
y salir a regar el patio
disfrutar de las piedras en los bolsillos
al entrar en el río.

Un gordo me saluda cruzando la calle.
Su piercing brilla al sol:
brilla y desbrilla, brilla brilla y desbrilla:
lástima que nadie ya entiende
código morse.

Y puede que ni las siglas infinitas
que nos constituyen
como cuerpo y enfermedad
farmacia y paseo de compras
toyota y agua oxigenada

para atildar el presente
(que ahora llamamos futuro)
bajo su tormenta de sol
y la siesta entera.

Vacante


Luego
luces bajas
se presentan al horizonte
sin avisar procedencia
ni dejar nombre
en recepción
su número.

Y ahora no sabemos.
Ilustramos algunos libros.
Contamos hasta donde nos atrevemos.
Luchamos en silencio.
Equilibramos algunas nubes
medio cerrando los ojos
pero no dejamos mensaje
ni recado.
El horizonte varía
y las luces varían
hasta no estar más.

(Un cine entero se llena de risa.
¡Qué buena esta comedia!
Un cine entero es gente
que no existe ya.)

Pantum


Sabiendo que esto empieza y termina así
rasquemos el pavimento
hasta un domicilio futuro
donde podamos nombrar números y pasiones.

Rasquemos el movimiento
de pulir nuestras tarjetas, la regla de oro
para poder nombrar números y pasiones
y dejar a Dios sordo en la penumbra.

De pulir tarjetas, una regla de oro
niega otro subterfugio elemental
y deja a Dios sordo en la penumbra
casi exigiendo silencio a las moscas.

Niega tú otros subterfugios elementales
ante la distracción que se ilumina como un ojo
casi exigiendo silencio a las moscas
inventando una razón y su realidad

ante la distracción que se ilumina como un ojo
y abandona furtivamente cualquier crédito
inventando una razón y su realidad
abierta a un otoño más, con otro invierno

que abandona furtivamente cualquier crédito.
Pero ahora nos inspira un renovado azar
abierto a un otoño más, con otro invierno
y la lluvia que invierte en sus alegrías.

Pero ahora nos inspira un renovado azar
hasta un domicilio futuro
y la lluvia que invierte en sus alegrías
sabiendo que esto empieza y termina así.

Nación


Un dolor de muelas, un silencio.
Palabras como lo que queda
de un cuerpo tras una explosión.
Lenguaje que nos mira
del otro lado
como a través de una vidriera
como a detenidos en comisaría
como peces en acuario
o maniquíes desnudos en escaparate
incompleto
como animales en el zoológico
que se mantiene
sin demasiadas ganas—agotada
su razón de ser.

Un túnel de sílabas sueltas.

Alsina y Tacuarí


Para pensar ese momento, la sonrisa
vista de lejos en el colectivo que pasó
acelerando, voladora como un tegumento
de palo borracho en el viento de primavera
y tráfico que barre la 9 de Julio.

Para pensarlo me desvié por laterales
y otras calles de carteles y pensiones agotadas
como una política de la memoria: sin espacio
para sentir el vacío y hechas de miedo
alargado a propósito, aceite flotando
en una mancha de otro aceite.

Y pensé esa sonrisa como una pregunta:
un tegumento que uno pisó sin ver al cruzar
la avenida, corriendo, con el semáforo en rojo.
Y en esas calles sin lugar, de repente la sentí
como una canción, como notas inestables
que se desprenden de algo adentro
y flotan a la superficie de la conciencia—
esa mancha de aceite.

Y me quedé parado mirando los carteles
en la calle estrecha, y el sentido de las palabras
se me borraba, y las palabras se pasaban
a otro idioma y flotaban: una
en la mancha de la otra.

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