Eclipse


Todavía descansando
se encadenaban las tragedias:
desastres personales de un signo
a otro amplificados en pantalla.
Nada se perdía en la concentración
del frío por algunas de nuestras calles.
Sonaron alarmas: no todas.
Se siguieron los protocolos: no todos.
Ahora llovería cada tercer día.
La huelga de transporte se incorporó
a nuestras horas, suspendida los martes.
Mientras, adentro, aquí, tu y yo
deambulábamos en círculos distintos
como a ciegas, casi en secreto.
Había que sumar sueños.
Cada quien debía anotarlos
y depositarlos en su caja correspondiente.
El viento licuaba las ventanas,
Otra tormenta se detendría en seco
dejando a su público en ascuas
atónito pero aliviado.

La orilla


Uno se puso a contar la ficción
del mundo. Los demás
mirábamos no sin cierta alarma
cómo se deslizaba la realidad
—o lo que siempre habían sido
nuestras palabras—en capas
hacia el río.

La corriente ya no era nuestra.
Vimos como se llevaba un barco
incendiado. Los policías saludaban
desde la otra orilla, sin esperanza.
El crujir de la madera en el fuego
el susurro del agua
el silbido del viento
el estruendo lento de la tierra
al hundirse—todo aquello
había que recordarlo
como si fuera lo último que quedaba
para generaciones por venir
para distinguir un tiempo de otro
para chistes de pura supervivencia
para mirarnos unos a otros
como si fuera hoy un día nuevo
de lluvia y sol a la vez.

Cruzando la General Paz


Tanto tiempo guardando la ropa
sin salir a comer
o dedicarse a mirar el viento.
Comienza un turismo trágico
en el que uno queda varado
preguntando si hay sistema.

Es otra forma de entregarse
al culto de la desorientación.
Entre calendarios, días de agua:
hormigueo de horas delicadas
y observación astrológica
en el clima de cada lujo.

Silencio que sigue se va etiquetando.
Sin etiquetar no hay futuro.
Lo demás requiere el registro
—a oscuras de todo precipicio—
en el rumor de cualquier recuerdo.
Y así, hasta que haya quórum.

Entre México y Chile


Me fui porque me ahogaba.
Lejos, adonde había oxígeno
y la lluvia se oía
contra el vidrio, su olvido
pero de otra manera.

(La idea fue siempre
que si podía llover
lloviera.)

El día culpable de ceniza
cae la tarde.
Por aquí el tráfico acelera
se siente el peso de las máquinas
el viento que dejan
su adiós.

Ceniza y amarillo cae la tarde.
No te veo.
Salgo a buscarte, y estás ahí
sonriente, con ideas nuevas
una bolsa en cada mano.

Una tarde en cada vida.


Resistencia


Primero iba a ir
luego no
luego sí, y salí.

Y vi que me olvidaba la pipa
y volví;
luego vi que me olvidaba la SUBE
y volví;
luego vi que decidía enviar ese mail
y volví.

Luego me di cuenta de que algo en mí
no quería salir
y salí.

Casino Royale


Se apuesta a lo sagrado—con la excepción
de llevar siempre en el bolsillo
una herejía, mayor o menor, como salida
de emergencia, y monedas
para cuando no hay cambio.
Apostamos a la sonrisa vuelta mordida.
El helicóptero de la policía cae al río
dejando un extraño espesor en la manera
de hablar, un sabor distinto de alegría.

Las luces de otro por la autopista
encandilan y causan mi accidente.
Uno apuesta por sus propios fantasmas
y los va coleccionando, y más
ahora que somos todos incompatibles:
un atisbo de lo que hubiera sido—
un camino a la ruina de la salvación.

La finta funciona. La dirección
equivocada nos lleva adonde íbamos.
Hormigas acarrean nuestro almuerzo
a una digestión más digna. A esa clase
de periodismo me refiero, si casi
todo lo que sabemos desemboca en error.

“En el futuro no habrá futuro.” Así empieza.
La mañana se despeja de verdades
automáticas. El aire es nuevo y más
barato. Y mientras, vamos levantando
nuestros amores, nuestras horas
de mirar por la ventana y preguntarnos
si afuera hace frío.

Ideas completas #140


Siempre tengo ideas. Todos las tenemos. Algunas mejores que otras; algunas realizables, otras no; algunas realizables pero que no se van a realizar, a menos de que otro las tome y las haga suyas. Esa es la idea de esta serie titulada Ideas completas, una acumulación o colección de ideas de regalo.

Una muestra de fotografía. Un espacio muy grande, con paredes blancas, muy altas.

Las fotos son tamaño carnet y van en marcos pequeños. Son fotos de paisajes.

A la entrada del espacio, sobre una mesa, hay una vitrina de plexiglass con tapa cerrada con llave. Adentro, dispuestas cada una sobre una base especial, lupas. Esa misma base también tiene una ranura para colocar un DNI, que hay que dejar para poder usar una lupa. La persona encargada de esta vitrina lleva uniforme. En un cuadernito, toma los datos de las personas que usan las lupas.

Entre esos datos está la dirección. Con todas las direcciones se hace un mapa. Dicho mapa estará dispuesto sobre la pared a la entrada y se irá sumando la información cada día. Al lado hay otro mapa de los lugares donde se tomaron las fotos.

Música contemporánea


El baterista lleva gafas.
Hasta hoy todo ha sido así.
Se silba en clave
se canta lejos de la realidad
(que no falta poner
entre comillas)
se sufre incluso lejos de la vida.

La clave se desdobla
y desintegra en secreto.
Años después la encuentra
un perro en una película
mientras pasea con su dueño
entre hojas amarillas
mojadas, porque ha llovido.

Viene la policía.
Temas y temas condensan
el polvo; la luna
truena. Caminamos
en blanco.

ENDECASÍLABO


Para Felipe Sáez Riquelme

Nosotros hablamos en octosílabos.



La función del poeta


Todos buscamos certeza. Que todo esté claro. Que no vaya a pasar nada. En Buenos Aires, la gente se queja de la “inseguridad”. Sí, hay crimen en las calles de la ciudad, y en el Conurbano es bastante peor, pero por la ciudad, lo normal es poder caminar sin que pase nada. Yo apuesto que esa “inseguridad” no tiene que ver sólo con el crimen, por eso la pongo entre comillas. Yo diría que es algo mucho más amplio. Que tiene que ver con la economía, con la justicia, con los alquileres, y también con los cambios sociales de las últimas décadas; tiene que ver con el cambio. Los hombres ya no nos sentimos seguros en nuestro lugar en la sociedad por ejemplo. La sociedad cambia bastante rápido, pero a muchos individuos les cuesta adaptarse. Hay poca inversión, nacional o extranjera, porque los inventores no se sienten seguros en la economía argentina. Cambia demasiado rápido, y a menudo en la dirección contraria a lo que nos gustaría.

(texto completo...)

El día que murió John Ashbery


A menudo aspirando a otra cosa
uno sale en busca de un rostro
de una desnudez sin rostro
de un rostro con el cuerpo
de otra manera, los dientes
y el pelo, la lata
de cerveza en la mano.

Y todo el tiempo camina
por la ciudad como si estuviera
sentado en el auto esperando
a que el camarero traiga el café
con sabor a otra cosa, frambuesa
licor de naranja, la hierbabuena
de un instante de hace cuarenta años.

Luego alguien inventa su marca
para que todo permanezca igual
y lo envidiamos. Un ruido
acelera hacia un silencio.
Sabemos que el silencio no existe
y lo añoramos como a un error
amado por todos, tan admirado
que los años lo han ido lavando
hasta conseguir un acierto—
el mejor de nuestros orígenes—
un taxi preferido, la bici
prestada para siempre.

Ciclismo espiritual

O por qué no hay que leer a Beckett

Beckett siempre está ahí, pero nunca está de moda. Parece que lo va a estar, luego se cae. Creo que entiendo por qué.

Todo aquello que hacemos para vivir, para vivir bien, para vivir como vivimos, todas nuestras expectativas, la familia, la casa, el auto, los hijos, el bienestar que podamos conseguir, los viajes, el consumo, todo, todo esto, es para nada. De alguna manera, lo sabemos, lo intuimos, y aún así seguimos adelante. Y no lo hacemos sólo por vivir bien, o tranquilos, es que parece que vivir bien es precisamente la mejor forma de sobrevivir. El consumo, todo lo que trabajamos y gastamos, es puro instinto de supervivencia. Ese enorme esfuerzo que hacemos—no para vivir como reyes, sino simplemente para seguir adelante—para Beckett, es una forma de indigencia: todos somos indigentes. No existe nada real a qué agarrarse. Hagamos lo que hagamos, estamos perdidos, y no queda otra que seguir haciéndolo, o perderse aún más.

Beckett es una especie de calvinista/puritano/ultraprotestante ultramoderno; una especie de profeta del Antiguo testamento para nuestro tiempo. Y nadie quiere leerlo/escucharlo/verlo porque es peligroso. Si te lo crees y no vas con cuidado, puedes caerte de la bici. Todo es para nada, y se sigue en ese trajín de la nada: un conocimiento espiritual sumamente peligroso. Si lo absorbemos a medias, como solemos absorber este tipo de conocimiento, corremos el peligro de caer en la desesperación, en el nihilismo, caernos del sistema, de la bicicleta que no hay que dejar de pedalear para que siga en pie, circulando en un velódromo, pista sin salida y sin vistas en la que no hacemos más que dar vueltas.

Beckett es un escritor mítico, admirado, pero al que preferimos no leer. Criticamos al gobierno de turno y sus bicicletas, pero nosotros montamos bicis de la misma marca en carreras circulares versión micro de lo mismo. Y no leemos a Beckett porque nos lo tira a la cara como si fuera una toalla sudada por quien sabe quién.

Siempre pensé que había que montar Los días felices en un teatro importante y con una gran actriz nacional. (El de Winnie es uno de los grandes, grandes papeles femeninos del teatro del siglo XX). Pensaba que esa era la única manera de lograr que las señoras de clase media, esas grandes ciclistas, fueran a ver la obra, como si así se abrieran a recibir lo que en realidad se merecen. Ahora me doy cuenta de que eso, de mi parte, es pura crueldad. Totalmente innecesario. Crueldad mía, como director, y quizá crueldad de Beckett por haber escrito la obra. Porque la obra dice esas cosas que no queremos oír, que nos ponen en peligro de indigencia social, económica, física y espiritual. La verdad es que indigentes espirituales ya somos, pero o no nos damos cuenta, y seguimos pedaleando sin cesar, o lo sabemos y nos lo ocultamos por pura disciplina de deportistas socioeconómicos.

Beckett nos pone en el lugar de saber, de no ocultárnoslo a nosotros mismos, y eso es de una crueldad terrible. Porque es un conocimiento, para la mayoría (y me incluyo) insoportable. Es una crueldad más del Antiguo testamento que del Nuevo; por eso antes dije que Beckett es un ultraprotestante—Pesso dice que los protestantes son más parecidos a judíos que a cristianos por el énfasis que ponen en el Antiguo testamento.

Entonces, por puro instinto de supervivencia en el velódromo que habitamos (o la caverna platónica resignificada en gimnasio, si ustedes quieren), a Beckett no hay que leerlo. No hay que montar sus obras ni ir a verlas. Si lo hacemos es por pura crueldad autoinfligida y hacia los demás.

Y aún así, hay que prestarle atención. Es mucho más difícil y jodido pedalear con los ojos bien abiertos, sabiendo que no vamos a ninguna parte, y aún así no bajarnos de la bici. No abandonar. ¿No es ese el gran mensaje de Beckett? “No puedo continuar; continúo.”

Por un lado, hay que sobrevivir en donde estamos. Seguimos en el velódromo que tenemos. Podemos intentar cambiar las bicis, pero seguirá siendo un velódromo. Y seguimos ahí, viviendo ahí con los ojos abiertos, sabiendo lo que hay y lo que es. Se lo podemos contar a los demás, pero eso es pura crueldad. Somos nosotros los que tenemos que saber, no los demás. Nosotros somos los artistas.

A los artistas no nos queda otra que laburar en el velódromo, incluso pedalear cuando toca. Y en esa pista de ciclismo infinito (o hasta que todo se derrumbe), podemos trabajar de decoradores, relaciones públicas y vendedores de limonada, o podemos ser los que vemos y sabemos que más allá de las gradas no hay nada, los que sabemos que no se puede seguir así y seguimos. Por pura y mera supervivencia. Ese es nuestro desafío espiritual, físico, económico y social.

- previous posts