Lisa Giménez

Mis palabras y mis cosas
En Bisagra hasta el 28 de agosto


Suele ocurrir que las metáforas de los filósofos me sorprenden, me atraen más que las de los poetas. Hace muchos años, leyendo en Derrida, encontré una que se ha convertido en una especie de fantasma en el fondo de mi memoria. Existe un sistema mnemónico según el cual uno debe erigir un palacio en su mente e ir poniendo cada cosa a recordar en una de las habitaciones. Hay una habitación en el fondo de mi palacio habitada por ese fantasma.
Volví a ese lugar la segunda vez que fui a ver “Mis palabras y mis cosas”, la última muestra de Lisa Giménez en Bisagra. La exposición es aparentemente sencilla, hasta que uno se empieza a preguntar el por qué de esto o aquello. De hecho, parece no ser gran cosa: hay una foto de una estantería, en tamaño real, repleta de objetos; una foto cenital de una maleta, también en tamaño real y llena de objetos; una foto larga, puesta sobre caballetes, horizontal, en la que aparecen más objetos de la vida de Lisa Giménez, con etiquetas como de museo, en las que cuenta por qué cada cosa tiene su valor, con la fecha y el lugar que corresponde a cada una. Y hay más que iré contando en este artículo.


En “Différance”, el seminal artículo que aparece en Márgenes de la filosofía, Derrida explica ese neologismo suyo. Cuando escribe sobre esa especie de mudez de la a en différance, que suena igual que si fuera la e francesa en différence, dice: “La a de différance, por tanto, no se oye: permanece silenciosa, secreta y discreta como una tumba…” En otras palabras, igual que una tumba, esta es una presencia que señala una ausencia. No me voy a meter más en esta cuestión: para no molestar y para decir lo que quiero decir sobre el trabajo de Lisa.

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Canción de Puerto Madero


Se seca la música por las mañanas; en invierno
me caliento las manos con horóscopos de día nuevo.
Este es otro desierto, de otra arena y otros vientos
donde cualquier droga helada cuesta menos que respirar.

Cerca, junto a la riqueza que permanece en el humo
de madrugada, cuando cualquier sinceridad parece un paisaje
de ira y desconcierto, la ciudad ofrece rascacielos como islas
y desde los últimos pisos en venta, horizontes de un amarillo

parecido al del amor. De otra manera, la respuesta
a los mensajes sufriría más la lluvia que el paso del tiempo
y la electrónica. Por eso nuestra invención volverá
de otro sitio con un tímpano perforado y esas sorpresas

que aparecen a veces ahogadas, flotando en el río.
Su llegada será repentina, su aparición debajo del sueño:
como si el médico hallara, al fin, la hoja suelta de todo
y abandonara la sonrisa habitual a su final feliz.

Noticia de un trashumante


Hace tres años y medio que vivo en Buenos Aires. Uno de los aspectos que no dejan de sorprenderme de la vida que he conocido en esta ciudad es mi incapacidad para crear vínculos fuertes con ninguno de sus habitantes. Conozco a mucha gente, pero los lazos que me unen a esas personas son de los más débiles: si me dejara de hablar con alguna de ellas mañana por la mañana no pasaría nada, ni de un lado ni del otro.

La razón por la que esto me parece extraño es que he vivido en muchos sitios y en todos he creado, o ayudado a crear, lazos fuertes con otras personas, verdaderas amistades que han perdurado a través de los años, incluso a pesar de las grandes distancias que nos separan. Son complicidades que siguen en pie por medio del correo electrónico, Skype y unos pocos encuentros cara a cara. Y muchos abrazos, cuando esos encuentros han tenido lugar.

Algo que he observado en los años que llevo viviendo en Buenos Aires es que la mayoría de las personas que conozco forjaron sus amistades más profundas con personas que conocieron durante la secundaria. No tengo estadísticas, por supuesto, ni he hecho encuestas. No es esto un sesudo estudio sociológico, sino simplemente una observación, basada en muchas conversaciones desde que intuí que algo pasaba que no lograba yo entender… y todavía no termino de hacerlo.

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Nuevo Tren Poema 01


Poco a poco voy armando un nuevo proyecto poético que tiene que ver con mis idas y venidas entre Buenos Aires y La Plata. Normalmente voy en tren, mucho más divertido y diverso que ir en autobús.
Como es habitual con cualquiera de mis proyectos, estoy armando un cuaderno con los materiales que voy encontrando por el camino. Estas fotos son del domingo, 12 de julio de 2010, tomadas entre Sarandí y Constitución con la cámara de mi teléfono móvil (2 megapixels). Evidentemente, llovía.


(Los títulos de las fotos se ven poniendo en cursor encima de ellas)

Hartimáñez y el atasco

Hace unos 3 años, Carlos Ortin y yo nos pusimos a jugar con un personaje que nos venía al dedo para reírnos de todo, con alguna que otra sutileza. Luego me vine a Buenos Aires, Carlos siguió en Valencia y no continuamos. Esta movida venía de nuestras conversaciones, de las risas en el bar, de la tensión creativa que siempre hubo entre nosotros. Aquí va un ejemplo:

Dejar las llaves en el coche


Con las botas escondidas a la entrada fuimos cada uno mojando pan en aceite y aludiendo a otras vidas en las que todo parece distinto y no hay fotos y casi lo es, o lo sería si pudiésemos llamarlas nuestras, como revisitadas, o extravagancias por las que uno paga fortunas cualquier lunes nuevo del mes, cuando no hay partido.

Otra solidaridad se ríe, exige el retorno de su ADN, o por lo menos la patente, la llamada al móvil que sería gratis si valiera la pena encajar mejor lo que todavía hoy anotamos como una traición, más ligera que el aire de víctimas que se adopta en público, la subasta en la que cada uno aprende lo que vale.

Ahora llegan los anuncios, la ropa calada hasta los huesos, varias migraciones voluntarias que observamos pasar por la segunda ventana de casa, menos cuando piden plata por ver, que no anula el centrocampismo de algunas ambiciones castigadas, la luz, el plato de lentejas al final del túnel digital que comenzamos a construir cada mañana, a eso de las 6.

Daniel Kiblisky



La Ilustración, y después el Romanticismo, nos enseñaron a encontrar sentido en el paisaje por medio de la idea de lo sublime: aquello en la naturaleza que nos llena de asombro, por su belleza, e incluso de miedo por su terribilidad. Desde entonces hemos sido viajeros y turistas en busca de las emociones fuertes que la visión de la naturaleza aporta—quizá lo que buscamos es huir de la rutina de un mundo que ya desde mediados del siglo XIX nos parece demasiado prefabricado. Hoy, muchos corren de lo prefabricado diario a lo sublime natural casi por instinto de supervivencia. Un ecologismo del espíritu.

Conocí a Daniel Kiblisky a finales del año pasado en la Barraca Vorticista. Inmediatamente me llamaron la atención sus fotos de horizontes, paisajes amplios en los que el cielo domina. Kiblisky es escalador, algo que, para un habitante de Buenos Aires y las planicies sobre las que está construida la ciudad, significa ser antes viajero. La última vez que nos tomamos un café y dimos un paseo que nos permitiera hablar, y a mí fumar, vi que Daniel cojeaba: es lo que le queda de un accidente en la montaña.

Tengo preferencia—tal vez porque provengo del desierto—por los paisajes largos y amplios, los cielos enormes, esos que más que hacernos sentir pequeños e insignificantes (una idea cara al fascismo), nos permite hacernos una idea de la amplitud del mundo, de sus espacios, de lo abierto que aún nos permite el movimiento: y la velocidad que cada vez más se nos prohibe. Padezco de claustrofobia.

Sin embargo, Daniel me comentó que a él lo que más le interesa de sus horizontes es precisamente el horizonte, lo que se ve en la pequeña franja de tierra que, en la foto, queda justo debajo del gran cielo. En otras palabras, más la tierra que el cielo, más lo que podemos recorrer con el cuerpo que con la vista. Y añado: más lo que está a nuestro alcance que lo sublime, en otras palabras, más lo terrenal que lo divino. Quizá los cielos de las fotos ocupan tanto espacio en las imágenes justo para remarcar nuestra fragilidad, la de la tierra, la del planeta. Nuestra apabullante soledad, digamos, cosmológica.

Kiblisky sale de viaje y lleva su cámara de placas, casi como un viajero-fotógrafo del siglo XIX, aunque va en coche. Cuando ve algo que le llama la atención, para, saca su equipo y se pone a trabajar hasta que cree que ha conseguido la imagen que busca. No lo sabrá, claro, hasta que el laboratorio le devuelva los negativos. No es fetichismo por técnicas que parecen haber pasado de moda con la llegada de la fotografía digital, es más la condición de muchos fotógrafos en Latinoamérica que no pueden pagar el dineral que cuesta adaptar sus cámaras a la nueva tecnología. También, Daniel me contó que ha probado muchos equipos nuevos y que todavía no dan la calidad de la fotografía química. El fotógrafo como artesano, claro; pero también como artista: hay que saber escoger dónde se pone la cámara y saber adivinar qué es lo que quedará registrado en la película. El riesgo es máximo porque, claro, no se puede volver jamás a un momento de la luz. Y en la fotografía no hay más que luz.

Una vida de prueba


Disculpe, ¿me puede mostrar su curiosidad
por favor, eso inexpresado que tanta conversación
trae y más cuando es mentira? La felicidad se despliega
como un carné de dormir olvidado al salir de casa

hasta que el vapor de un anhelo llega a ayudar
al invierno con la emoción de lo improbable: de revelar
un vandalismo fundamental, menos rígido, más extenso.
Pero ahora hay turistas que viajando a ese frío exigen

aquella risita subterránea que parece un arroyo si no
hay luna y la huelga de comerciantes vuelve con su billete
de pensar que la vida es personal, un poco puesta en remojo
para que nadie se acerque a preguntar si han traído ya

el calendario. Porque hoy ensayaremos las horas
que faltan para que lo más pintado a mano durante
ese tiempo llegue a parecer transparente, un vaso lleno
que, paseando, se te cayó de la mano. Aunque no siempre

se adivina por dónde saldrán, los puntos de vista
abandonados coagulan con la facilidad de un amor.
Los excedentes de la respiración calientan la estatua
que se construye, de preferencia, lejos. No sé

si el acuerdo al que llegaremos un día pondrá
cada grano de arena en su reloj, pero el siseo exponencial
de la alegría y otras hélices dobles que el respeto
a los artistas va dejando, perdura. Y flota.

Los sin-lugar


En los 90, nos dio por traducir homeless como sin-hogar, así que no veo problema en traducir otro neologismo anglosajón, placeless, como sin-lugar. Los sin-lugar somos aquellos de origen múltiple, ya sea geográfico, racial o cultural; los que no hemos crecido ni vivido después en un único sitio, adaptándonos a y adoptando muchas de las costumbres de varios lugares; los que vivimos en varios lugares casi simultáneamente.

Hace poco, Anand Giridharadas, publicó en su columna del New York Times un artículo sobre los sin-lugar. Pero el artículo pasa de ser descriptivo a ponerse moralista: al parecer, los sin-lugar siempre sienten una especie de nostalgia por el lugar, un lugar, un origen, una forma de vida tranquila, sin dudas, sin ambigüedades, bien anclada en sus costumbres, su idioma, su acento, su comida, su geografía. Lo que yo me pregunto es, si lo que dice Gridharas es verdad, ¿por qué son cada vez más los sin-lugar?

Está claro que la globalización juega un papel importante en esto, pero no creo que se deba sólo a las condiciones externas de un mundo cada vez más conectado y fluido. Por un lado, según Gridharas, están los sin-lugar obligados por esas circunstancias a viajar a otros lugares en busca de trabajo, la pura supervivencia. Estos a menudo sufren ataques por parte de los gobiernos de los territorios a los que emigran, o de grupos armados que se empeñan en defender la “esencia” de su lugar, o de las burocracias que no están preparadas para este tipo de flujos de personas. Luego están los sin-lugar privilegiados, los que pueden escoger dónde viven, los que pueden vivir en varios sitios durante el año, los que siempre están de viaje. Estos lo tienen más fácil para defenderse de los ataques, para moverse de un sitio a otro, para encontrar o crearse un trabajo.

Pero creo que Gridharas se equivoca.

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Cabeza de horizonte


¿A qué hora caduca este universo? ¿Llegará pronto el otro?
Ya tengo zapatos para caminar por estas calles
cuando sean diferentes, como cuando uno abre los ojos
y no sabe dónde está. Nadie lo sabe, por ahora.

Así es posible, de vez en cuando, vivir oculto
en un secreto que se va encogiendo poco a poco—
y día a día—conforme va uno a la compra o siente
ganas de escribir un correo, hablar por teléfono

y contar lo que ha visto en este otro planeta.
Algunas mañanas la fruta brilla distinto.
En la funeraria de enfrente el cadáver es nuevo:
me lo dijo un taxista amigo, si es que hay taxistas

con amigos: será que la ciudad ya está cambiando.
La espera y las voces se empiezan a arrimar.
Surge la idea de una casa propia como si mirar
por la ventana fuera un espejo para construir

sociedades por defectos—algunos de nacimiento
y hasta de carácter, otros deformaciones también
alegres que el tiempo y su gato van trayendo:
ese niño enviado a buscar leña cuando la estufa es de gas.

Ven conmigo un momento. Imaginemos el derrumbe
de nuestro dibujo en la nieve y su calendario;
la belleza de un instante favorito que se va borrando
hasta reemplazarse a sí mismo; el castillo pasivo

de otra noche sin sueño contando sirenas, urgencias
invisibles, la lluvia de madrugada con su imposible
taxi cuando más hacía falta. Hay algo cercano
en pensar que el viento se ríe de uno varios días al año:

como decidir el color de acostumbrarse a aplaudir
al final o después, para volver al trabajo
con aquella sensación de estar respirando agua—esa
que tanto se incluía en el repertorio cuando eramos

—lo que se dice— tú y yo.

Olfa Meocorde



En un recital en el que tocan varias bandas, si uno carece de criterio, puede saber que la banda que viene es buena porque se empiezan a juntar las chicas en primera fila. Ahora sigue Olfa Meocorde, hay chicas adelante.

La última vez que los vi, un pogo me agarró por sorpresa y de un empujón salí volando en una dirección mientras que mi cerveza iba en la otra. Caí de espaldas. Uno guarda con orgullo el recuerdo de las heridas de muchos recitales.

Lo primero que llama la atención de Olfa es su poderío, cómo la densidad de su ruido llena la sala de otra manera, como más densa, más esponjosa, sobre todo si empiezan con “Sheila”, un río amplio de canción, larga, en la que los músicos se dejan improvisar y llega cada uno desde su estado de ánimo a encontrarse con los demás. Esto es post-punk, donde la palabra operativa es, precisamente: punk.

Eso significa que, aparte del ruido, de la rabia urbana, hay humor. No hay punk posible sin humor, aunque sea del más cutre, del más infantil, del más cruel. No me gustaría ser objeto de una canción de Olfa. “Pelotudo del rock nacional” debería ser un himno, debería haber gente que agitara banderas cuando suena, esa misma gente debería cagarse de risa cada vez que agita una bandera.

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Una cena de navidad, a estas alturas...


Normalmente cuando tengo una idea para hacer algo en prosa, con la idea encuentro que es suficiente. Puedo escudarme en el arte conceptual, que en sus orígenes defendía precisamente eso.

Aquí de lo que me di cuenta era que había que dar un paso atrás desde la narrativa. En lugar de narrar algo, mostrarlo: con listas, con estadísticas, con direcciones de casas apuntando a los espacios socioeconómicos de los “personajes”, que tampoco aparecerían. Quería casi retirarme de la prosa como consuelo.

Luego pensé en dar todavía otro paso atrás: no mostrar, sino sólo contar la idea. Y entonces me gustó: queda todo completamente abierto, cualquiera puede rellenar el formulario y contar la historia como quiera.

Aquí está, tal y como la anoté en mi cuaderno (en diciembre):

Un cuento compuesto únicamente por los menos de la cena de navidad de varias familias, grupos de amigos, parejas e individuos solos. Listas de los platos, las bebidas, lo que comen los niños, si los hay y comen algo diferente. Se da el número de personas y su edad. Cada grupo es de distinta condición socioeconómica. Se da la dirección: todas son casas de Buenos Aires capital. No hay narración de ningún tipo, sólo información. Una especie de literatura documental.

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