Formas de la visibilidad: una entrevista con Adriana Lestido


Sin la menor noción de la magnitud del momento, conocí por casualidad a Adriana Lestido, una de las grandes fotógrafas (y fotógrafos) de Latinoamérica, del mundo. Fue en el Centro Cultural Recoleta, de Buenos Aires, donde ella preparaba una exposición retrospectiva de su obra esencial, trabajo de los últimos treinta años. Ella estaba ahí para el rodaje de un documental. Yo entré en la gran sala del Recoleta, la de las exposiciones buenas, di la vuelta por la exposición y no entendí nada, hasta que llegué al final. Volví al principio y la vi de nuevo: estaba fascinado con la fuerza, estética y moral, de las imágenes.

La palabra “imagen” se usa con demasiada soltura, con referencia a cualquier objeto primordialmente visual. ¿Qué tal si la utilizamos para referirnos a lo que de verdad nos marca, para bien o para mal, la imaginación? En ese sentido he querido decir “imagen” al final del párrafo anterior. Y es que las imágenes de Lestido tienen esa potencia, ese potencial de marcar, que es el trabajo que se ha impuesto la fotografía cuando ha querido contar el mundo más allá del círculo íntimo del álbum familiar.

Con el desparpajo del ignorante, le pedí a Lestido su dirección electrónica; le dije que a lo mejor le hacía una entrevista para Sin Género de Dudas. Y eso porque una de las primeras cosas que me pasó por la cabeza cuando salí de la exposición era que me hubiera gustado compartir esa experiencia con Carmen Castro. Me hubiera gustado conocer su opinión, discutir con ella como siempre hemos discutido todo aquello que nos importa. Al poco tiempo, me comuniqué con Adriana Lestido, pero no logramos compaginar agendas. Pasaron dos meses, y me la volví a encontrar en otra exposición. Ahí le volví a insistir sobre la entrevista. Tras nuevas negociaciones electrónicas, por fin logramos poner fecha, hora y lugar para la entrevista. Preparándola, volvió a sobrecogerme esa fuerza de sus fotos, registro de la pasión y el cuidado (lo sabría más tarde) con los que Lestido aborda sus proyectos, la vida, el amor, la pérdida, lo que significa ser humano y humana, ser social y ser en el tiempo que nos ha tocado vivir.

La conversación tuvo lugar, mate de por medio, en el departamento de Adriana en San Telmo. Me llamó la atención que vive como a mí me gusta: hay espacio para cocinar y comer, espacio para descansar, espacio para trabajar, pero todo en uno: porque todo forma parte de la vida— se me ocurre que crear más compartimentos estancos de los necesarios (el laboratorio fotográfico, por ejemplo) es una forma de truncar lo que se es, la experiencia de lo íntimo y, a fin de cuentas, la vida.

Una cosa más, antes de empezar. Mientras conversábamos, yo le conté a Adriana algo de mi vida y de mis propios procesos creativos. Quería que aquello fuera en realidad una conversación, un intercambio, y no sólo una sesión de preguntas y respuestas. Sin embargo, todo eso que yo conté no viene a cuento aquí, no es lo que interesa. Lo omito porque lo que me importa transmitir es lo que Adriana Lestido me contó. ¿Comenzamos?

Leer la entrevista

Cajón de sastre, vacío


El traje, hasta hoy, me quedaba como un informe de fiebre
sin temperatura; la corbata menos:
hay que darse unos días para ayunar en sueños
y decapitar cada accidente.
De otra forma, cuánta elegancia se fija en la niebla
y el mudar alegre de una camisa cancelada, convertida
brevemente, en el dije de nuestro saber de pago.
Ahora hay alteraciones que ondean su invisibilidad.
Varias nos han caducado en busca de algún lujo
y su discordia.

Lo que voy cambiando son los límites del entusiasmo
por invitaciones a vestir en fallos del futuro.
Cualquier cosa en lugar de evitar el descanso
y los espejos que me cierra la agenda.
Las horas, lejos de sus costuras más fieles
instan a pensar así, en eso tan serio de tiza
que cada mañana frente a la ciudad sin sombrero y soluble
pone de cara al abrigo que me ama.

Lo que pensaba



Cuando hice la foto pensaba en Un golpe.

Algunas notas sobre el realismo en pintura


Hablaba ayer con Pep Izquierdo por Skype acerca del artículo que acaba de publicar en Libro de Notas. Hablábamos sobre el realismo en la pintura, tratando de entender qué ha pasado, por qué sigue siendo una forma (más que un estilo) todavía vigente, cómo puede serlo. Esas cosas.

Evidentemente, la pintura realista, en ciertos medios, ante cierta clientela, todavía tiene validez. Principalmente porque “se entiende”: aunque lo dudo. Dudo que se entienda. La leyenda cuenta que tras el advenimiento de la fotografía, en la pintura se dio una crisis que nos trajo el impresionismo y toda la experimentación de las vanguardias hasta que todo llegó a su apogeo (Greenberg) con el expresionismo abstracto. La fotografía había ocupado el espacio de la representación de la realidad. Todo esto es bastante más problemático, pero estoy tratando de llegar rápidamente al problema que me preocupa, el de la pintura realista hoy.

También hay que apuntar que la fotografía ha abandonado en gran medida ese terreno de descripción de la realidad desde que se pasó de la química a la matemática. Desde que una foto es fácilmente adaptable por cualquiera a otras intenciones. En pocas palabras, desde Photoshop.

Entonces, ¿qué significa cuando un pintor toma una foto, se la lleva al taller y reproduce la imagen al óleo? Aunque Duchamp discrepe, no creo que los pintores sean tontos. Hay mucha pintura que no es arte. El arte, desde que Warhol lo hizo indistinguible de la realidad a la que se refiere, según Arthur Danto, se ha vuelto filosófico. Así, para que una pintura realista sea arte, y no sólo artesanía más o menos lograda, tiene que haber algo detrás. Tiene que ser conceptual, sólo que en lugar de utilizar palabras, la desmaterialización, como hacían tantos artistas conceptuales de los 60 y 70, se usa pintura, pincel, tela…

Tomemos por ejemplo los cuadros de Madrid, de Antonio López. En ellos aparece la ciudad representada con todo el realismo que la excelente técnica del pintor puede aportar, pero aparece sin coches, sin gente, absolutamente desierta. ¿Es un Madrid ideal? Quizá para algunos catalanes, pero no creo que la cosa vaya por ahí. ¿Qué pasaría si le diéramos una foto de la misma vista a un pintor dominguero de buena técnica y le dijésemos que queremos ese mismo paisaje urbano pero sobre una tela de un metro cuadrado y sin coches ni gente? ¿Es lo mismo? La obra de López es fácilmente reproducible utilizando incluso sus propios medios. O sea que, aparte de la firma, la cuestión del aura no es importante. Estamos en el terreno descrito por Walter Benjamin en La obra de arte en la edad de la reproductibilidad técnica. El arte de herencia duchampiana hace tiempo que conquistó ese terreno.

Sin el concepto no vamos a ningún sitio. La pintura realista, si no es conceptual ya no es arte. No se distingue de lo que pueda hacer cualquier aficionado más o menos diestro. Le podemos dar otra vuelta (una barroquización) al giro warholiano que tanto obsesiona a Danto: la pintura realista es indistinguible de, ya no su referente, sino de la pintura realista, que después de la fotografía, y en sí misma, carece de interés. Y esto del interés no es una opinión mía, en realidad ya no nos interesa que un pintor sea capaz de representar un árbol o un botijo con máxima fidelidad. Lo que nos interesa es que el pintor, como cualquier otro artista, tenga algo que decir sobre el mundo en el que vivimos: nos interesa que sea un filósofo, o un poeta, y que su obra dé pie a la producción de sentido. Eso, creo, es lo que lo hace contemporáneo, un pintor para nuestro tiempo.

Por cierto, no necesitamos artistas para el pasado; además, da igual, precisamente porque el pasado, siéndolo, los rechaza. Y los artistas para el futuro son los que vendrán entonces, o los que el futuro escoja muy a su manera (no a la nuestra).

Cumpleaños


Antes de triturar los regalos
nos pusimos de pie, manos en el agua
y las ideas de otros nos venían a la cabeza
para darnos la bienvenida y un beso:
cuarenta y cuatro, alegaban
llega como un capicúa menor.

El pelotón de fusilamiento canceló su aparición.
Con la tranquilidad menos alejada
nos dejamos ver la viga en el ojo:
la circunferencia fija de nuestras ambiciones
la luna ambiente que nos fuimos imponiendo
rodaba entre habitaciones a otra casa
más intensa
más parecida a buscar un horóscopo ideal
que la que seguimos soñando.

Afuera, quedaba el césped por regar
y la leña—
toda la fractura de un alma tras otra—
Anticipo del humo y del sobre
que llegaría en cuanto nos quitasen la foto
y alguien señalara un defecto, diciendo:
¿Ves? Ahí estoy yo.

Contra el galerismo a medias


Aparece hoy en Babelia una crónica de ArteBA que me interesó sólo por esto:

La presencia de galerías europeas en el programa general de la feria se limitó a las españolas Blanca Soto, Metta y Fernando Pradilla y a la francesa Brun Léglise, que encontraron dificultades para vender sus obras debido a la elevada cotización del euro respecto al dólar y el peso.

Un error. Si vendieron poco no fue por la situación cambiaria, sino porque lo que mostraron no interesó. Así de sencillo. No se puede acudir a una feria extranjera sin un soporte intelectual y crítico pre-establecido, sin crear interés, y menos en un mercado tan conservador como el argentino. Si un coleccionista compra algo, se sabe bien, es porque tiene fe: en el artista y en la galería que lo representa.
Si una galería no se mantiene firme en sus ideas, en la defensa de sus artistas, no hay futuro y el coleccionista no vendrá.
Así, ¿cómo traer a este mercado tan aislado, a esta isla, la obra de artistas a los que nadie conoce? ¿Cómo venderla? Falta prensa, falta información, falta crítica, falta calentar el mercado como los entrenadores de fútbol calientan los partidos durante la semana previa. Hay que dirigir la mirada y el interés del coleccionista. Reclamar su atención. Y hacerlo durante semanas antes de la feria. Como en Argentina no hay una verdadera prensa especializada en arte, hay que utilizar los periódicos; pagar por artículos como se paga por publicidad.
Las galerías europeas también exhibían arte argentino, más como apuesta secundaria, para reducir gastos, que por verdadero interés. ¿Se supo algo aquí de muestras de estos en las sedes de esas galerías? ¿Salieron en algún sitio diciendo que están promoviendo el arte argentino en Europa? Se nota a leguas cuando se expone algo con un mero fin crematístico, sin apostar por ello con ganas.
¿Y cómo se apuesta con ganas? Muy fácil, con exposiciones y publicaciones, y cuanto más publique una galería, por todos los medios al alcance, acerca de sus artistas, más en serio será tomada por los compradores, y más en cuenta serán tomados los artistas. No es gratis, claro, pero imprescindible sí.
En el mundillo del arte las conexiones sociales son de máxima importancia, para adquirirlas hay que ir a todas las fiestas indicadas. Sin embargo, llega un momento en que el beneficio de la duda, la amabilidad, se terminan, y hay que demostrar que uno vale más allá de sus habilidades sociales, que uno arriesga su dinero y su reputación en el arte en el que cree.
Argentina acudirá a ARCO 2010 como país invitado, ojalá que los galeristas argentinos se aviven y empiecen a trabajarse la feria de Madrid con antelación.

NOTA del 25 de junio: Un amigo me ha pasado el enlace a un artículo de Fernando Francés en el que explica de la manera más clara posible cuales son las funciones y cualidades del galerista de verdad.

Lucía Sorans: Dar consistencia a lo que sí

713 Arte Contemporáneo
Hasta el 30 de junio

Lucía Sorans es una artista muy joven; tiene 24 años. No lo hubiera imaginado al ver sus pinturas: la intensidad con la que se inserta en la vida de los colores. Una palabra me venía a la mente sin cesar, cuando estaba delante de sus cuadros: fuerza. Y Sorans la tiene. No sé de dónde viene esa fuerza, ni cuales puedan ser sus consecuencias; es demasiado pronto, y ella joven.
También me quedé con la idea de que ahora está experimentando con esa fuerza. Algunas obras son mejores y más intensas que otras. Algunas, realmente sobrecogedoras. ¿Y no es ese el trabajo de la pintura abstracta: conmovernos, mostrarnos otras posibilidades de la fuerza imaginativa humana?
Cuando vi el cuadro grande (La fe es el aire, la tierra el presente, 2×2m.), que reproduzco aquí arriba, me quedé un buen rato delante de él. Había conflictos entre colores, entre pinceladas, como una gran confusión que de alguna manera se resolvía. Todavía no sé cómo. La abstracción es a la pintura como la incertidumbre a la ciencia: es lo que hay en el fondo. Podemos seguir investigando el mundo, pintando, escribiendo poesía, pero mientras tengamos claro que siempre hay una duda subyacente, una imposibilidad de llegar a una idea definitiva y total. Por lo menos por ahora.
En los cuadros más pequeños, esa lucha en la incertidumbre queda más clara, porque en muchos no se llega a una armonización, no se construye un encuentro. Cuando los vi, pensé que los pequeños culminaban en el grande. Pero luego me presentaron a Lucía y estuve un rato hablando con ella y me demostró que estaba equivocado: el grande precede en el tiempo a los pequeños. Lo cual me lleva a la idea de que Lucía ve algo en el grande a lo que yo no llego, y que lo estuvo explorando en los pequeños. También podría aludir a alguna clase de ineptitud por parte de la pintora, pero no, creo que hay más, que hay futuro y que hay una exploración profunda de la pintura tal como la percibe Lucía Sorans.

Bruno Dubner: Índice negro

Fotogalería del Teatro San Martín
Hasta el 29 de junio

Hace tiempo que vengo siguiendo el camino hacia la luz que está marcando Bruno Dubner. Su fotografía me interesó—me apasionó—desde el primer momento en que entré en contacto con ella.
Para Dubner no se trata de fotografiar las cosas, el mundo; por lo menos no en el sentido cotidiano. Lo que él intenta es fotografiar aquello que es un elemento sin el cual la fotografía no puede existir, que es su esencia: la luz. Esto casi como querer retratarse el alma, y ¿no esa una de las funciones del arte, captar el alma de las cosas? Por eso creo que Dubner es un artista en toda regla.
Su proyecto tiene algo del alto modernismo que culminó en el expresionismo abstracto, cuyos defensores siempre calificaban de espiritual. Según Clement Greenberg, las artes debían buscar su esencialidad, desechando todo lo que les viniese de fuera. Pero si por ese camino ya hemos llegado a donde había que llegar, no quiere decir que no podamos tomar lo aprendido en él y aprovecharlo hacia el futuro.
Dubner, sacando jugo de ese conocimiento, es el fotógrafo de una vida secreta, la de un elemento con el cual convivimos: la vida secreta de la luz. Su exploración no pregunta tanto por la esencia de la fotografía sino por la manera en que la fotografía es lo que es, una interrogación distinta, quizá más modesta, pero no carente de importancia. Es como si al captar momentos de la vida de la luz, Dubner, a la vez, arrojara también una luz sobre la manera—de nuevo la manera— en que el mundo es .
La presente exposición, bajo la curaduría de Juan Travnik, que conoce la obra de Dubner desde el principio, no sólo es interesante sino que también resulta útil. Incluye fotos más figurativas, fotos en las que se ve un elemento de la vida cotidiana—una ventana, los faros de un coche, una lámpara fluorescente, el resquicio de una puerta—y las fotos más abstractas, las de la luz en sí, que son el meollo de la exploración de Dubner. Lo figurativo pone en contexto lo abstracto y viceversa, de forma que la exposición se ayuda a si misma a explicarle al espectador lo que tiene delante de los ojos.
Yo sabía de esta exposición desde hace unas semanas. Acudí a la inauguración con cierto miedo—a salir defraudado—y con mucha curiosidad. La curiosidad fue satisfecha con creces y en absoluto me sentí defraudado. De hecho, tengo que volver: quiero seguir explorando esta exposición, y si soy capaz, escribir algo más sobre ella. No es muy a menudo que uno siente esa necesidad.

El mecenazgo y un lugar en el mundo


En 1953, el gobierno de los Estados Unidos aprobó e implementó una ley de mecenazgo para las artes (aún vigente) que fue esencial en la conversión de Nueva York de ciudad importante a capital mundial. Este tipo de leyes sirven para canalizar capital financiero en dirección del capital social y cultural sin los cuales ninguna ciudad puede aspirar a nada importante a nivel global. Esos otros tipos de capital atraen turistas, sí, pero también atraen inversores. La historia es sencilla. Con inversiones fuertes en cultura, los extranjeros vienen, y unos cuantos vienen a comprar arte. El mundillo del arte, muchas veces denigrado por ser “cosa de ricos”, es un lugar en el que se habla, se establecen relaciones de confianza, se inician muchas conversaciones que desembocan en pactos de negocios, en inversión. Que no se apruebe una ley de mecenazgo en Argentina atestigua el desconocimiento de sus gobernantes en cuanto a la fuerza expansiva de las redes sociales.

Pero una ley así tiene otros beneficios. Serviría para canalizar el enorme capital cultural que acumula Buenos Aires y que muchas veces se pudre por falta de inversión. Así, el país, y la ciudad, viven en un circuito doloroso que, como mucho, se percibe desde fuera como silencio. Si no somos capaces de decirle al mundo nada, ¿cómo pretendemos ocupar un lugar en él? Y menos un lugar de privilegio. Tenemos que ser capaces, desde Argentina, de entrar en conversación con el resto del mundo, globalizado, si queremos que se nos tenga en cuenta, si queremos tener alguna incidencia en cómo se da esa globalización.

La ley de mecenazgo, además de ser fundamental en la colocación de Argentina en el imaginario global, daría trabajo a miles de personas: artistas, productores, agentes comerciales, técnicos. Los efectos de esta nueva riqueza productiva y exportadora se notarían en los servicios, en el comercio, en la industria, de manera radical en unos pocos años.

Si Argentina sigue empeñada en NO existir a nivel global, está claro: una de las cosas que tiene que hacer es seguir postergando la ley de mecenazgo. Las generaciones venideras, estoy seguro, sabrán agradecérselo a los actuales gobernantes, en la Casa Rosada y en el Congreso, en el silencio al que se les condena.

Esnobismo y apertura



Nunca se sabe. Nunca se sabe lo que espera a la vuelta de la esquina. Creo que si tengo una ideología, o una idea que me guía por la vida, es esa. Y como todo creyente, soy de la opinión de que quien no piensa como yo está profundamente equivocado y/o es tonto. Soy de la opinión de que mi idea-guía conduce a la humildad ante las cosas que ocurren, tanto los grandes eventos como los pequeños y cotidianos; y que la humildad sirve para mantener la mente abierta a las posibilidades que ofrecen esos eventos. La función del arte, arriesgo, es crear oportunidades de apertura.

Ayer tuve la ocasión de acompañar a tres jóvenes galeristas mexicanos por ArteBA. Lo que pretendían era establecer conversaciones con galeristas argentinos y, con suerte, llegar a intercambios que pudieran ser fructíferos para todos. Este tipo de alianzas son comunes en el mundo del arte, y yo diría que esenciales si queremos que el arte latinoamericano llegue a un reconocimiento global no-colonizado por las necesidades y obligaciones de los galeristas y coleccionistas norteamericanos y europeos—aunque excluirlos resultaría más bien contraproducente.

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Miguel Rothschild: Con penas ni gloria

Galería Ruth Benzacar
Hasta el 14 de junio

¿Será cuestión de la edad? ¿De los tiempos que nos ha tocado vivir? Miguel Rothschild (Buenos Aires, 1963) tiene un año más que yo, por eso lo digo. He visto su exposición y he reconocido algunas estrategias que en el pasado utilicé en el teatro. Principalmente la de tomar direcciones contrarias para hacer un mismo camino: tensión, lo que podríamos llamar una dialéctica de la experiencia.

No sé muy bien si se trata de expectativas agujereadas por la experiencia o viceversa, o una mezcla de ambas situaciones. Pondré un ejemplo: el humor cuando es serio, viene siempre de la amargura. ¿Debo añadir que la falta de seriedad en el humor, eso con lo que los medios intentan obligarnos a la alegría, no me interesa? Lo filtro siempre. El humor de Rothschild tiene esa seriedad que importa, que hace reír con conocimiento de que la risa no dura.

En esta exposición también encontré una suerte de comentario sobre las alegrías obligatorias a las nos resulta tan fácil acostumbrarnos. Lo mismo con las tristezas obligatorias. Lágrimas que caen al suelo con el peso del plomo. Decenas de siluetas de San Sebastián perforado por las flechas, los agujeros convertidos en confeti regado por el suelo: una fiesta. Lo que de este santo nadie recuerda es que no murió asaeteado, el golpe de gracia (con perdón) fue un mazazo. Quizá lo que nos ocurre es que celebramos que las desgracias no nos han finiquitado, ignorantes de que ahora viene el hombre del mazo (Ral Veroni, en sus alegorías le da un nombre: el tiempo.

Sólo es cuestión de esperar a que termine la fiesta. Mientrastanto, podemos acudir a las hileras de cotillón que, como contrapunto a las grandes representaciones de los espacios de la globalización de Andreas Gursky, aparecen como opción… y más baratas.

Viajero con souvenir



Enrique Vila-Matas: Soplaba la tramontana, y recordé que en mi juventud yo deseaba ser muchas personas y ser de muchos lugares al mismo tiempo, pues ser sólo una persona me parecía muy poco.

John Ashbery: One morning you appear at breakfast
Dressed, as for a journey, in your worst suit of clothes.
And over a pot of coffee, or, more accurately, rusted water
Announce your intention of leaving me alone in this cistern-like house.
In your own best interests I shall decide not to believe you.



Abro el ordenador y me encuentro con esto:
Parece que existe una rara maquinación
que produce para la venta vacaciones perdidas
lucha de recuerdos entre las dunas
destripamiento del equipaje sonoro de todo un mes
o la ausencia de vegetación donde menos la esperas.
Y claro, es todo mentira, o parte
del mismo complot que nadie esconde.
Que queda abierto como una vaca de consumo y exportación:
anoche vimos un costillar, todavía sangriento
en la calle, junto a la puerta de una cocina;
pero pasamos de largo, como ocurre a menudo
sin saber qué decir.

Nadie tiene la culpa si da con la respuesta por accidente
y resulta que es falsa.

El asunto es que algo buscábamos y eso era lo importante:
la imagen del mundo en un instante
o la señal nueva que apuntara a quien estuviera a tu lado
pero sin señalar, sin escoger
porque robamos tiempo como hijos de una madre que miente.
Y en efecto, ahí está la publicidad con su aviso de neón
reflejado rojo en un charco de noche:
Todo lo que se cancela vuelve
y todo lo que vuelve se cancela.

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